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Full text of "El cerro de Montevideo y su fortaleza: 1520-1935"

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A R T E A G A 


MARIANO CORTÉS 


EL CERRO DE 
MONTEVIDEO Y 
SU FORTALEZA 

15 2 0 — 19 3 5 


IMPRENTA MILITAR 1936 


MONTEVIDEO 




MARIANO CORTES ARTEAGA 

CAPITAN DE INGENIEROS 

Miembro de Número del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay y de la Junta de 
Historia Nacional. — Miembro Correspondiente de la Junta de Historia y Numismática 
Americana y de la Academia Nacional de Historia de Colombia 


Del mismo autor: 

LAS FORTIFICACIONES DE LA DEFENSA DE MONTE¬ 


VIDEO DURANTE LA GUERRA GRANDE. — (Quiénes 
dirigieron su construcción) . 1 vol. 


LAS TRASMISIONES DEL EJERCITO DEFENSOR DE LA 
PLAZA DE MONTEVIDEO DURANTE LA GUERRA 
GRANDE. — (Primer premio Ministerio de Guerra y Marina. 
Medalla de oro y diploma. Concurso de colaboraciones a la 


‘‘Revista Militar y Naval”). Año 1931. 1 vol. 

LOS INGENIEROS MILITARES EN NUESTRO PASADO. — 

Segundo premio. Ministerio de Guerra y Marina. Medalla de 
plata y diploma. Concurso de colaboraciones a la "Revista Mi¬ 
litar y Naval”). Año 1931 . 1 vol. 

ORGANIZACION DEFENSIVA DE LA PLAZA DE MONTE¬ 
VIDEO DURANTE LA GUERRA GRANDE. — (Decla¬ 
rada estudio de méritos relevantes y de utilidad militar. De¬ 
creto gubernativo de 13 de Febrero de 1933). Medalla de oro. 
Ministerio de Instrucción Pública. Producción literaria y ar¬ 
tística. Año 1932 . 1 vol. 

INGENIERO MILITAR ROBERTO ARMENIO. — (Esbozo 

biográfico). 1 vol. 

PLAN DE ORGANIZACION REGLAMENTACION Y FUN¬ 
CIONAMIENTO DE UN MÍUSEO MILITAR. — (Tesis 
presentada en el Concurso de oposición para llenar el cargo 
de. Director del Museo Militar) . 1 vol. 

UN ESCRITOR SOLDADO. José Luciano Martínez. — Coronel, 

Abogado, Historiador, Publicista r . .• VJ 1 vol. 

HISTORIAL DEL ARMA. DE INGENIEROS, — (Aprobado por 

el Ministerio de Defensa Nacional) . 1 vol. 

EL CUBO DEL SUR. Aporte para servir a su restauración. 1 vol. 

— fc 

EL CAPITAN ANTONIO ARRAGA. Marino y Soldado. — 

1772- 1844... 1 yol. 


EN PREPARACION 


Las Fortificaciones de Montevideo, durante la Dominación Española. 
Idem, idem, idem de Maldonado e Tsla Gorriti. 














V — 


Montevideo, Julio 29 de 1935. 
SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. 

Al ser designado Director del Museo Militar cuyo Instituto debe insta¬ 
larse, en cumplimiento de la Ley de su creación en la Fortaleza “General 
Artigas'", declarada monumento histórico, mi primera preocupación fue es¬ 
tudiar a fondo la historia de esta reliquia de nuestro pasado. Pude compro¬ 
bar entonces que muy poco se había escrito acerca de ella, razón por la cual 
me creí aún más en la obligación de estudiar los antecedentes que sirvieran 
para su conocimiento. 

En una conferencia dada en la tribuna del Instituto Histórico y Geo¬ 
gráfico del Uruguay, en Julio de 1933, anticipé algunas noticias sobre dicho 
tema y prometí la realización de un trabajo más completo. 

Investigaciones posteriores realizadas con la colaboración inteligente y 
entusiasta de mis auxiliares los señores Juan Antonio Lazarini y Hugo Vᬠ
rela Semblat, me decidieron a realizar un estudio previo sobre el Cerro de 
Montevideo tan ligado como está a los acontecimientos de nuestro pasado y 
que se destaca en el sistema orográfico de. la República ‘‘no tanto por su 
elevación como por su posición geográfica y su valor histórico”, para con¬ 
tinuar después con las obras levantadas en su cima apreciándose en su tri¬ 
ple función de atalaya, faro y fuerte. 

Terminado este trabajo, lo elevo a consideración del Sr. Ministro, por 
si estima conveniente su publicación en la Imprenta Militar. 

Saluda a Vd. atentamente. 

El Director del Museo Militar 


Cap. Mariano Cortés Artcaga. 


Agosto 7 de 1935. 


Pase a la Insp. G. del Ejército para que recabe informe de la Sección 
Historia y Archivo. 


Por el Ministro: 


Cncl. Zubia. 




— VI — 


Montevideo, Agosto 22 de 1935. 

SEÑOR INSPECTOR GENERA!, DEL EJERCITO. 

La investigación histórico. “El Cerro de Montevideo y su Fortaleza”, 
realizada por el señor C' pitón don Mariano Cortés Arteaga, en su calidad 
de Director del “Mu‘ c 1 ' r: litar” el que por disposición legislativa deberá 
instalarse en aquel h ; -m- merece la atención de los estudiosos; pues se trata 
de un tema, que Hctn el momento solo había sido encarado muy tímida¬ 
mente por a!v;U"o« pero con referencias parciales, sin unidad ni concierto 
para el conocimiento del todo. 

La documentación del Estado Mlayor General del Ejército, consultada 
y transcripta por el autor, está bien empleada y respetada en su fidelidad. 

Como a la vez se estudian épocas muy anteriores a las que corresponden 
al acerbo documental de este Archivo, esta Oficina podría concretarse a no 
hacer ningún caudal informativo al respecto; pero tratándose de un oficial 
de probada honestidad en el manejo y la inclusión de los documentos, — 
que ya ha dado una conferencia pública sobre el mismo tópico, — se im¬ 
pone que su trabajo sea considerado en la importancia que realmente tiene. 

La seriedad de las citas históricas, está abonada con las referencias del 
documento pertinente y el archivo o lugar donde está la constancia o la pie¬ 
za documental original. 

Es por lo tanto, el primer trabajo de corte militar, completo que se ha 
hecho, historiándose en forma lógica, el Cerro epónimo de la Capital, la 
Fortaleza desde sus comienzos hasta el presente, el Faro, y los hechos de ar¬ 
mas; capítulos todos ajustados a un proceso cronológico que dice mucho de 
la disciplina mental y de la versación del autor, colocado hoy su perseveran¬ 
cia en la búsqueda del dato necesario, en una posición preferencial en el do¬ 
minio del tema abordado en este libro. 

Esta obra puede entregarse, confiada en el éxito, a la crítica de los en¬ 
tendidos en esta clase de trabajos. 

Saluda a Vd. atentamente. 

El Jefe del Dpto. II E. M. G. E. 


Coronel Orosmán B. Vázquez Lcdesma. 



— Vli — 


Montevideo, Agosto 23 de 1935. 

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. 

Con el informe dispuesto, devuelvo a Vd. los originales de la obra “El 
Cerro de Montevideo y su Fortaleza” de la que es autor el señor Director 
del Museo Militar, Capitán Mariano Cortés Arteaga. 

Saluda a Vd. atentamente. 

Por el Insp. Oral, del Ejército. 


Coronel Victoriano Rovira. 


MINISTERIO DE DEFENSA NACIONAL. 


Montevideo, Diciembre 13 de 1935. 


Vistos estos antecedentes en los que el señor Capitán Mariano Cortés 
Arteaga, Director del Museo Militar, presenta un trabajo histórico sobre 
“El Cerro de Montevideo y su Fortaleza”. 

Atento: a lo informado por la Inspección G. del Ejército, de que el 
trabajo de la referencia merece la atención de los estudiosos, pues se trata 
de un tema, hasta el presente encarado muy tímidamente por algunos, pero 
con referencias parciales, sin unidad ni concierto ¡vira el conocimiento del 
todo. 

Considerando: que es el primer trabajo de corte militar completo que 
se ha hecho, historiándose en forma lógica, el Cerro epónimo de la Capital, 
la Fortaleza desde sus comienzos hasta el presente, el Faro y los hechos de 
armas; capítulos todos ajustados a un procedimiento cronológico que dice 
mucho de la disciplina mental y de la versación del autor. 

Visto: que la Imprenta Militar presupuesta en la suma de Trescientos 



— viii — 


treinta y seis pesos ($ 336.00), la impresión y encuadernación en rústica de 
un mil ejemplares de la obra a que se refieren estos antecedentes. 

EL PRESIDENTE DE LA REPUBLICA, 

RESUELVE: 

1. ° — Que la Imprenta Militar proceda a la impresión y encuaderna¬ 
ción en rústica de un mil ejemplares de la Obra del Capitán Mariano Cor¬ 
tés Arteaga titulada “El Cerro de Montevideo y su Fortaleza”. 

2. ° — Que se expida una orden de pago a favor de la Imprenta Militar 
por la suma de trescientos treinta y seis pesos ($ 336.00), destinada a abo¬ 
nar la impresión y encuadernación de la obra a que se ha hecho referencia, 
con cargo al rubro “Eventuales y Extraordinarios”. 

3. ° — Que se comunique y pase a la Inspección General del Ejército a 
los efectos de la agregación en el legajo personal. 


TERRA 

ORAL. BALDOMIR 






CAPITULO I 


&erro 


i 

En la costa meridional de la República, a 38 g. 76’ 
60” de latitud y 62g 51’ de longitud del meridiano Green- 
wich, se eleva, en el brazo noroeste de la Babia de su capi¬ 
tal, perfilándose en el horizonte como un gran cono trun¬ 
cado, el Cerro de Montevideo, vértice de primer orden 
(Estación excéntrica), en la triangulación geodésica, rea¬ 
lizada por el Instituto Geográfico Militar para el levan¬ 
tamiento de la Carta. 

Se ha dicho en diversas oportunidades que el Cerro 
es un volcán apagado; estudios realizados por hombres de 
ciencia destruyen esa leyenda, al demostrar que, ni por 
su origen ni por la calidad de los minerales que contiene, 
pudo haber sido en ninguna época de origen volcánico. 

Considerado el Cerro de Montevideo en un aspecto 
geográfico - geológico, puede decirse de él que es una pro¬ 
minencia (-asi cónica, alta de 137 metros, cuya jerarquía 
como montaña se presenta exagerada a la vista del ob¬ 
servador, debido a la circunstancia de estar rodeada por 
una llanura muy poco ondulada. Algunos autores han 
creído ver en ella un “monadnok” o “hartling”. 



4 — 


Por definición la montaña isla de Passargev (liart- 
ling) es una planicie de gran extensión, en la cpie se des¬ 
tacan, de pronto, una o varias montañas, estando clara¬ 
mente señalado el límite entre el borde inferior de sus 
pendientes y el de la llanura sobre la cual se eleva, sin 
que aparezca un tránsito gradual cualquiera. Respecto 
de su origen, se lia escrito mucho. Devis a quien se le de¬ 
be el término, “monadnok” tomándolo del nombre de una 
montaña del NE de Estados Unidos, cree que es una roca 
más dura que las que la rodean, pero otros autores que 
han observado este tipo de elevación en climas desérti¬ 
cos, juzgan que es algo así como una sumersión paulati¬ 
na, un naufragio, de una roca preexistente por la inva¬ 
sión de tierras de transporte cólico o de origen fluvial 
que al levantarse cada vez más sobre su nivel concluye 
por ocultar aquélla completamente. 

Así definido el monadnok o hartling, no parece muy 
clara la inclusión en este tipo del Cerro de Montevideo, 
sobre todo si se tienen en cuenta las ondulaciones acompa¬ 
ñantes (Cerrito de la Victoria y las llamadas cuchillas de 
Juan Fernández, Grande, etc.). En cambio hay que reco¬ 
nocer evidentemente que la elevación del Cerro ha re¬ 
sistido al desgaste por la existencia en su cúspide, de ro¬ 
cas duras que ejercieron una especie de protección del 
conjunto. 

Esta cima, que filé aplanada y mesetiíorme hasta que 
se realizaron los trabajos para la construcción de la For¬ 
taleza está constituida por una capa de esquistos horblén- 
dicos que hoy puede reconocerse al pie de la referida cons¬ 
trucción militar y se prolonga por la ladera norte hasta 
la calle Rusia y por la del sur hasta la prolongación de la 
(-alie Francia o sea hasta más o menos la cota de 60 me¬ 
tros. El núcleo emergente es pues, una excrecencia, del 
Conjunto Basal. En el W. y SW. de sus faldas aparecen 
porciones de escombros; al SE, en cambio, desde la isla 
de Humplirys y la costa firme hasta la calle Francia ha¬ 
cia el Norte y toda la que corresponde a la zona del Bal¬ 
neario Municipal, predomina la anfibolita con intercala¬ 
ciones de esquistos horbléndicos. 



— 5 — 


En gran parte de la pendiente norte, cubren el Con¬ 
junto Basal porciones considerables de limo, pero en los 
rebordes de éste, vuelve a aflorar, aun cuando con ciertas 
características algo distintas. Esta formación es muy fᬠ
cil de reconocer a orillas de la bahía, donde terminan las 
calles Busia, Suecia, Austria, China, Bélgica v Perú. En 
otros lugares la anfibolita maciza está atravesada por fi¬ 
lones de granito finamente granulado de textura porfí¬ 
dica (aplita) o de aspecto apizarrado, sin que falte la pre¬ 
sencia de rocas grises oscuras o marrones, cuando están 
alteradas, que pueden incluirse entre las rocas lampro- 
tídicas. El granito y el granito gnéissico está junto a la 
orilla del agua, en el arranque de los muelles que ocupa 
la zona comprendida entre las calles Francia y Holanda, 
más o menos. 

No faltan tampoco los granitos y granitos gnéissicos 
en niveles más altos; —cruce de las calles Italia y Ecua¬ 
dor, por ejemplo, donde se presentan como filones. 

La presencia, pues, de formaciones aplíticas y lam- 
profídieas filonianas, testimonian los diferentes estados 
químicos del magna primitivo a diversos niveles o uro- 
fundidades. 


En suma .> el Cerro de Montevideo no es otra cosa que 
una saliente redondeada del Conjunto Basal, donde una 
capa protectora formada por esquistos dió a su forma 
cuspital el aeliatamiento típico de otras elevaciones del 
país pero de área reducida y por lo tanto, no apreciable 
con más razón ahora, que se han realizado obras de trans¬ 
formación de la cima desde alguna distancia. (1) 

'S a hemos hablado de la constitución geológica 
del Cerro, creo interesante dar a conocer los estudios 
realizados por el General de Ingenieros Geógrafo y Geó¬ 
logo José María Reyes, transcribiendo a ese respecto di¬ 
versos fragmentos del capítulo intitulado u Observacio¬ 
nes Geológicas” de su obra “Descripción Geográfica de 
la República O. del Uruguay”, págs. 193-208. 


(\) 

Cüuffni 


Extracto ríe 
Monteverde v 


lo “RíjuiMic-i del Uruefcnv* 
Cía. editores. — Montevideo. 


, ror Elzevir S. 
— 1034 . 



— 6 — 


“ En otros parajes, expresa el Gral Reyes, se ve una 
arcilla plástica de un eolor parduzeo que parece integrar 
la composición de la arcilla negra; y no es extraño liallar 
el cemento calcáreo sin ninguna stratificación en la mar¬ 
gen izquierda del Santa Lucía, y en la de los arroyos de 
Tío Ignacio y Brujas, y muy especialmente en las faldas 
del Cerro de donde se extrajeron las piedras de aquella 
especie con (pie se construyeron las portadas de la anti¬ 
gua cindadela, del Cabildo y las gradas del presbiterio de 
la Catedral. Esaei rocas tienen mucha parte de granito y 
se puede extraer muy buena cal, desmenuzándolas para 
calcinarlas. En esos mismos lugares es común el pedernal, 
diversificando en su diafanidad y colorido. Unas veces 
es perfectamente negro, y otras revestido de una materia 
cretácea apareciendo también en masas más grandes de 
color blanquecino”. 

“Un hierro pintoso, se halla al mismo tiempo en el 
Cerro, de forma común y parduzca en matriz quarzosa, 
de grano fino y muy salpicado de algunas pequeñas cris¬ 
talizaciones incrustado en las venas schistosas que abun¬ 
dan en él”. 

“Gneiss grenatífero. — Se observa en una gran can¬ 
tidad pequeñas granatas ferruginosas, sobre todo en el 
gneiss de la base del Cerro”. 

“Ilyalemiete. — En afinidad con el gneiss y las ro¬ 
cas micáceas se le encuentra en las caídas meridionales 
del Cerro; así como muestras muy bellas de la especie 
designada por los señores Cordier, Brougnian de la del 
hyalomiete esta roca es una asociación de laxas y mica y 
granos de quarzo, perfectamente ocultos, sin presentar 
ningún signo exterior. Su estructura es granitóidiea, con 
relación a los elementos que la constituyen; se encuentra 
con frecuencia la turmalina y la granata diseminada en 
los hyalomietes del Cerro como elementos accidentales”. 

“Micacita. — El micacita v la mica selenita, es otra 
roca micácea bastante común al pie del Cerro. Se compo¬ 
ne también de mica y quarzo, pero dispuesta de otra ma¬ 
nera cpie en la especie precedente, su estructura es shis- 
tóidea y presenta a la vez muchas variedades”. 



— 7 — 


Agrega en otra parte respecto del Cerro: 

“El gneiss del Cerro, contiene siempre la mica blan¬ 
ca o amarilla”. 

“Los pegmátidos de las rocas micáceas presentan 
otros caracteres, la variedad más remarcable es la de una 
gruesa vena metálica que se encuentra en las caídas me¬ 
ridionales del (/erro, próxima al punto de unión de las 
micacitas y de los dioritos stratiformes. Ella se compone 
de nudos de quarzo y de cristales de feldspatolumilioso 
cuvo volumen excede muchas veces al de una bala de 
a 24”. 

“Estos dos minerales son de color blanco, y no se 
les distingue a primera vista sino por su particular bri¬ 
llantez”. 

Finalmente expresa: 

“Se hallan en la misma localidad otras variedades de 
pegmatilos gráficos, porque los granos del quarzo están 
dispuestos en líneas quebradas,* imitando los caracteres 
hebraicos”. 

“Entre ellas se ve un bello pegmatilo turmanilífero 
conteniendo nudos o pepitas de turmalina negra compac¬ 
ta y del grosor del puño; un pigmatilo ferruginoso en el 
cual el feldspato se halla colorido de amarillo con incrus¬ 
taciones de hydiato de hierro; y un pegmatilo negro que 
debe su coloración parcial como es probable al magnesio”, 

“Amphibolito. — La reunión más considerable de 
rocas ampliibólicas es la que forma la casi totalidad de la 
eminencia cónica del morro, allí pueden observar dos es¬ 
pecies de rocas que no difieren la una de la otra más que 
por la diferente proporción de sus elementos consti¬ 
tutivos”. 

“El amphibolio del Ferro, después de haber desapa¬ 
recido bajo la capa del limom pampeano que cubre la ba¬ 
se de esta eminencia, vuelve a aparecer asociado al deo- 
rito cerca de la embocadura del Pantanoso, y continúa al 
través del arroyo Miguelete hasta el derrito al que forma 
enteramente con la misma materia”. 

^“Es, pues, positivo que el desahogo de las rocas amp- 
hibólieas ha debido tener lugar en una época en que la 



— 8 — 


consolidación del gneiss estaba terminada después de 
muelio tiempo”. 

“Se comprende desde luego, que ellas no han podido 
aparecer, sino enderezando las capas ya consolidadas, 
abriendo en ellas muchas hendiduras por entre las cuales 
lian aparecido en forma de montículos o conos rebajados, 
como se ve en el Cerro y en el Cerrito”. 

Otros minerales y herbarios han sido hallados en el 
Cerro de Montevideo. El farmacéutico Julio Lenoble, 
miembro correspondiente de la Sociedad de Farmacia de 
Burdeaux, realizó varios análisis de diversas produccio- 
nes de nuestro suelo, entre ellos los siguientes hallados 
en el Cerro: un sulfato de hierro y cobre con el resultado 
de 100 gramos de peso, azufre 15, hierro 60, cobre 15, sí¬ 
lice y carbonal 10; hierro oxidulado (Proto óxido de hie¬ 
rro) con el siguiente resultado: hierro 45, sílice 50, sili¬ 
cato de hierro 5; también fué hallada en la espalda del 
Cerro, la pirita (espejo/le los incas). 

Alguien ha tenido por oro a este mineral que tiene 
un color de bronce, y según los análisis realizados, some¬ 
tido a la acción del calor, pierde su color bronceado y en¬ 
negrece desprendiendo un gas sulfuroso. 

Hállanse también cerca del Cerro, unas piedras cal¬ 
cáreas formadas de conchillas, mezcladas de magnesia y 
de óxido de hierro; estas piedras canaladas producen una 
cal miiv inferior a la que se prepara en las minas. (2) 

El citado Profesor de Farmacia Lenoble presentó en 
1854, a la Junta de Higiene Pública, las muestras de un 
agua mineral ferruginosa hallada en el Cerro. (3) 

En 1708, el padre Luis Feullée, descubrió en el Cerro, 
la contra Hierba, llamada así por los indígenas y que sig- 
'Anfica en el idioma castellano contra veneno. Feullée di¬ 
bujó esa hierba en su historia de las plantas; y en su dia¬ 
rio correspondiente a su expedición realizada en los años 
1707-1708 hizo la siguiente anotación: “La contra hier- 


(2) — A - un: es K.t:adAtio;s del T)r. Andrés Lamas. — “Revista de! 
Instituto Histórico v He:urráfien del Uruguay”, lomo YL N.° 1. Montevi¬ 
deo. 1928. 

( 3 ) — ‘‘Comercio del Plata”. Octubre 22 de 1854, Montevideo. 




El Cerro de Montevideo, magnificado por la imaginación de los Misioneros del 
" DUFF" — Del " Viaje del buc.ue misionero Duff" — 1800 












— 9 — 


ba crece ordinariamente en los sitios pedregosos y areno¬ 
sos. En todo mi viaje a las Indias Occidentales no vi más 
(pie en las laderas del pequeño Cerro de Montevideo. (4) 
El padre Dámaso Larrañaga descubrió en 1816, una 
hierba que denominó “centaurea” o centauría del Cerro. 

“Se cría en el Cerro sobre la costa del puerto; las es¬ 
pinas de los cálices son muy largas y tiesas, con un ca¬ 
nal por arriba y en la base tiene tres espinitas por banda; 
los tallos y hojas son vellosas y éstas no son decurrentes. 
Es el doble mayor que la otra de comerson”. (5) 

El profesor Lenoble, analizó la raíz del guaycurú, ve¬ 
getal éste que se encuentra en toda la República y muy 
especialmente en el Cerro de Montevideo, con el resultado 
siguiente: 

“La raíz tiene mucha analogía con la Bistorta su co¬ 
ios es negruzco en lo exterior, rojizo rosado en el interior 
y posee un sabor muy astringente. Su tallo tiene de uno a 
dos pies de alto. Sus hojas en forma de lanza-pedículo es 
tan largo como la hoja, la flor es pequeñita, de eampani- 
11a monosépalo y dentada en su parte superior. Su corola 
polipetal se divide en cinco, de un color blanqui-violáceo, 
provista de cinco estambres e igual número de pisti¬ 
los”. (6) 


II 

Juan Días de Solís, descubridor del Río de la Plata, 
h'ué el primero que surcó sus aguas y desembarcó en las 
costas de nuestro territorio, si se acepta la hipótesis, de 
que fuera él quien al tomar posesión de esta tierra en 
nombre de los Reyes de Castilla, colocara en la cumbre 


io de las observaciones físicas, matemáticas y botánicas, 
hechas por ord<» del Rey. sobre las costas Orientales de la América Me¬ 
ridional, eic.. desde el año 1707 basta el 1712". 

Atención del Señor Don Carlos Seijo. 

,, (: ú — "Escritos le Dámaso T arraña^a”. — Publicados por el I. TT. v 

morral del Lru.ííuay". Edición Nacional, Tomo I. Montevideo, 1922. 

((,) — Andrés Ijunas. Obra ri 4 :ad:i. 



— 10 — 


del Cerro, la cruz con que figura en algunos mapas, de 
hecho sería también Solís el descubridor de nuestro Cerro; 
pero, en los diarios de navegación correspondientes a la ex¬ 
pedición de este intrépido marino no se ha dejado cons¬ 
tancia alguna al respecto. (*) 

Solís, posiblemente, dió algún nombre al Cerro; pe¬ 
ro hasta la fecha no han aparecido los documentos que 
comprueben esa suposición. 

Recién en el diario de Francisco de Albo, relativo a 
la presencia de Fernando de Magallanes en nuestras 
aguas y a su viaje en procura del canal interoceánico, en 
el año 1520, llegando hasta el meridiano 35, se encuentra 
por primera vez anotado el vocablo “Monte-vidi”, nom¬ 
bre que, según el expresado diario de Albo, — ya conoci¬ 
do y citado por varios historiadores — pusieron al Cerro 
que divisaron al internarse en el Río Solís, frente al cpie 
fondearon las naves de la expedición. 

Este suceso y el origen de dicho nombre ha sido tra¬ 
tado ya, con competencia y erudición por destacados in¬ 
vestigadores; y escapa, además, al objeto principal de mis 
estudios por cuya causa no me detendré mayormen¬ 
te en él. 

Como es sabido el referido vocablo transformado 
hasta llegar al actual Montevideo, sirvió para designar 
su puerto y territorio y quedó finalmente monopolizado 
por la Ciudad. (7) 


(* ) — F. M. Esteves Pereira en su obra “Historia - da - Colonizacáo, 
Portuguesa - do - Brasil”, cap. XII, “Descobrimento de Rio da Prata”, des¬ 
pués de comentar lo dicho por Schiiller que afirma que el Cabo Santa Ma¬ 
ría y el estuario del Rio de la Plata, fueron descubiertos ñor Américo Yes- 
pucio en su primer viaje a la costa del Brasil (1501 - 1502) y lo manifesta¬ 
rlo por la Newen Zeytung, en lo que se refiere a un viaje de dos portugueses 
en el cual descubrieron y reconocieron el estuario del río llamado de la Pla¬ 
ta y que la carta original de Newen Zeytung fué escrita antes de Setiembre 
L - 1509; establece lo siguiente: Que en el año 1514 una armada de dos 
navios, uno de los cuales armado por D. Numo Manuel y Cristóbal de Ha- 
ro, en que iba por piloto Joáo de Lisboa, recorrió la costa del Brasil de 
Norte para el Sur. Ésta Armada llegó al Cabo Santa Mearía y reconoció el 
estuario del Rio de la Plata. — De acuerdo con su erudito estudio y las de¬ 
ducciones a que arriba seria el intrépido marino portugués Joño de Lisboa 
el verdadero descubridor del Rio de la Plata. 

( 7 ) — B. Caviglia (h.) “Mot. vi. di”, Montevideo, 1925. 



— 11 — 


Once años después, el 23 de Noviembre de 1531, el 
marino portugués Pero Lopes de Souza, navegando por el 
Río de la Plata, en viaje de expedición “Ao Esteiro dos 
Carandins”, Río dos Begoás o Begoias, actual Solís Gran¬ 
de, — Esteiro Dos Carandins, — Cabo de Santa Marín 
(Antiguo), después de avistar la Isla de Flores, continuó 
navegando próximo a la costa, divisando un alto monte 
(Cerro de Montevideo), al Oeste, al cual nombró San 
Pedro. (8) 

Groussac, dice que Pero Lopes de Souza, ignoraba 
en absoluto la anterior denominación y al reconocer el 
punto, lo llamó con insistencia “Monte de San Pedro”. (9) 

El doctor Buenaventura Caviglia (hijo), al ocupar¬ 
se de esta afirmación de Groussac, explica hipotéticamen¬ 
te por qué Pero Lopes de Souza, no tomó en cuenta el 
nombre de “vidi” y al referirse al Capitán Portugués ex¬ 
presa: “Pero Lopes de Souza es en la historia de los via¬ 
jes, el primer gran amigo de nuestro país. Si encontra¬ 
mos en otra parte las alabanzas que su tierra merece, na¬ 
die antes que él la ha descripto con tanta simpatía. — 
Bajo el sortilegio primaveral, prodigioso, de aquel año 
(1530), sus páginas son de una ternura conmovedora. — 
Sin perjuicio del “cliché” de tantos viajeros ilustres, pa¬ 
ra la belleza de la mujer (avant la lettre), nos salen al 
paso aquellos ¡ay! inefables llorones de don Francisco 
Piria, y vemos ondular por escollados los cardales, testi¬ 
monios de suelos ubérrimos. 

“El parque que para vergüenza edilicia, no embellece 
todavía nuestro Cerro, deberá llamarse por motivos ele¬ 
mentales de gratitud “Pero Lopes de Souza”, ya que 
no puede prosperar el de San Pedro, su patrono celes¬ 
tial, para el Monte mismo” (10). 


1 ^ ^ — "Diario de Navepacao de Pero T.ópcs de Souza. — 1530 — 
SerD Kduardo Prado, publicado con eruditas anotaciones del Comandante 
D. pocen i o de Casero. Mapa /. — Olma oue con toda gentileza me permitió 
consultar en su Biblioteca el Doctor Buenaventura Caviglia (bijo). 

_ * f -0 Paul Groussac, "Anales de la Biblioteca’’. — Tomo IX, pátr. 

2a4. Buenos Aires. 

i lOj — B. Caviglia, obra citada. 



— 12 — 


El Doctor Buenaventura Caviglia (hijo) que es quien 
ha diclio la última palabra a este respecto, cree que la su¬ 
puesta tradición del vigía magallánico — quien al perci¬ 
bir el Cerro, hubiera exclamado: Monte vidi o Monten Mi¬ 
di o Monte veo o Monte vejo o Monte vieu o Monten vi¬ 
deo — no pasa de una leyenda, muy hondamente poética, 
pero cuyos primeros rastros aparecen apenas hacia el fil- 
timo tercio del siglo XVIII, cincuenta años después de 
la fundación de la ciudad cuando ya había prevalecido el 
nombre actual. 

Reconoce que el Doctor Carlos Travieso, es su opúscu¬ 
lo “Monten video. Origen del nombre Montevideo” 
(1923), defendió la tradición en su forma latina, con un 
brillo extraordinario sin incurrir en la inexactitud — a su 
juicio — de Orestes Araújo, quien encuentra, al parecer 
la mención del vigía en el diario de Francisco Albo. 

Lo demuestran estas palabras de su “Diccionario 
Geográfico del Uruguay”, 1912, Montevideo, relativas 
al viaje de Magallanes: “Un marino portugués, que se 
hallaba de vigía encaramado en el palo mayor, divisando 
a lo lejos el Cerro, exclamó: Monte vi eu; es decir, veo un 
monte”. (11) 

De ahí que en el correr de los años la ciudad fuera 
designada con el nombre de Montevideo. 

Francisco de Albo, afirma el Doctor Caviglia, “no 
menciona para nada a ningún vigía ni, entiendo, lo haga 
ninguno de los primitivos historiadores de Indias”, sin 
que éstos aludan tampoco a la exclamación, en ninguna 
de sus formas. 

El fascimil del manuscrito, conservado en Sevilla, en 
realidad simple copia del autógrafo de 1520, — publica¬ 
do en “Etimos de Montevideo” 1932, y que reproduci- 


( 11 ) — Kn realidad, el grito que profirió el vigía, fué Montendi, según 
Francisco de Albo, el Contramaestre de la Trinidad y redactor del Diario 
de viaje de esta nave, grito que más tarde filé convertido, sin base ni ra¬ 
zón, en monte 70 en, degenerando esta voz en Montevideo; pero téngase 
presente que respecto de este tan debatido punto histórico, 110 hay mas 
versión originaria que la de Albo, adulterada caprichosamente por los pri¬ 
meros historiadores de Indias ( pág. 303 y nota 1, op. cit.). 



— 13 — 


moa aquí, por gentileza de su autor — pondrá término 
a juicio del Dr. Caviglia a la interpretación de Araújo. — 
“Ella continúa el erudito historiador antes citado — 
sólo sería admisible previa demostración del conocimien¬ 
to de la leyenda del vigía durante el siglo XYI cuando, 
existen pruebas materiales, cartas geográficas y textos 
en favor de que en el transcurso de gran parte de ese si¬ 
glo se pensaba en algo muy distinto a saber en el Arzo¬ 
bispo de Braga: Santo Ovidio”. 

Pero Araújo, a mi juicio, no es el autor de esta le¬ 
yenda; él no ha hecho más que divulgarla en nuestro am¬ 
biente, con algunas modificaciones. 

Ya en 1835, — y puede ser que por primera vez — don 
Pedro de Angelis, al comentar el índice geográfico de la 
“Historia Argentina del descubrimiento, población y con¬ 
quista de las Provincias del Río de la Plata”, escrita por 
Rui Díaz de Guzmán, en el año 1612, nos habla de Monte 
vide eu. 

Rui Díaz de Guzmán, dice, en el índice histórico y 
geográfico que acompaña a su obra para más fácil inteli¬ 
gencia de su contenido, “Montevideo: así llamado por los 
portugueses donde hay un puerto muy acomodado para 
una población, con muchas tierras de pan y pasto”. 

Y de Angelis comenta: “El 8 de Febrero de 1520, 
entró Magallanes al Río de la Plata, y uno de su tripula¬ 
ción, al avistar un cerro, después de una larga faja de 
tierra baja le dijo Monte vide eu; donde quedó el nombre 
de Montevideo. (12) 

¿ De dónde tomó Pedro de Angelis estas palabras del 
tripulante de la expedición de Magallanes? Hasta ahora 
no hemos encontrado ningún documento de aquella épo¬ 
ca que las justifique. Es muy posible que de Angelis, ha¬ 
ya leído o tenido conocimiento de la constancia que exis¬ 
te en el libro de navegación de Fernando de Albo, respec¬ 
to a la denominación dada al llegar al Cerro de Montevi- 


— Colección de Obras y Documentos Relativos a la Historia 
Anticua v Moderna ele las Provincias del Río de la Plata, ilustrada con 
notas \ disertaciones , por Pedro de Anpelis. — Tomo P — Buenos .Aires, 
Tni])reñí > del Ksíado. — 183 '). 



— 14 — 


(leo, y dejando la noticia librada al recuerdo sustituyó o 
modificó la verdadera denominación. 

“Montevideo — expresa a manera de síntesis el Dr. 
Caviglia — deriva de un término indígena Oviti - Cerro 
puntiagudo, precedida del castellano Monte. Así aparece 
el vidi magallánico de 1520, con una duplicación del voca¬ 
blo en dos idiomas, si no se alcanzaba su inteligencia tu¬ 
pi o guaraní o adoptándose el vidi como nombre propio 
sugerido por la voz americana”. (13) 

Y después de una serie de consideraciones llega a la 
conclusión de que cronológicamente siguieron las for¬ 
mas: “Monte Santo Ovidio y Santo Vidio, Monte Ovidio, 
Monte vidio, Montevideo. . . sin que ello signifique que 
algunas no coexistieran con grafías más o menos aproxi¬ 
madas”. (14) 

Todas estas pistas para determinar el origen del 
nombre Montevideo, no llegan empero a ninguna conclu¬ 
sión definitiva. 

No seré yo el llamado a determinarla; pero respetan¬ 
do todas las teorías expuestas hasta ahora, me permitiré 
aportar una más que pueda tenerse en cuenta para cuan¬ 
do se haga un estudio definitivo sobre asunto tan com¬ 
plejo. 

Pero, lo fundamental para mí, en este caso, es la de 
poder determinar el nombre histórico del Cerro descu¬ 
bierto por Magallanes. 

En “Frontieres Entre le Brasil et la Cuyane Fran- 
eaise”. — Leí*. Memoire clu Brasil. — encontramos un 
Atlas conteniendo varias cartas anteriores al Tratado de 
Uti ’eeli del 11 de Abril de 1713. — Tratado estipulado 
concluido en el Río de Janeiro el 10 de Abril de 1897, en¬ 
tre el Brasil y Francia. — Impreso en París en 1900. 

En este Atlas encontramos los distintos nombres con 
que ha figurado el Cerro de Montevideo por espacio de 
dos siglos: 


(13) — B. Caviglia (hijo) "Ktinios Monti video", Pátí. 32. Mont. 1 ( )32. 

(14) — Buenaventura Caviglia (hijo) O]), cit. Pá”'. iZ 



— 15 — 


Mapa N.' ? 9, por Pierre Desceliers 1550 “Montaz¬ 
gues”. 

Mapa N. v 53, por Jodoeus Houdius Josse Honcl 1606 
“P. de S. Pietro”. 

Mapa N.° 55, por Harnien Janss y Marten Janss 1610 
“M. Seride”. 

Mapa N. v 61, por Arnol Florentin Van Langren 1630 
“Monte Seride”. 

Mapa N." 66, por Joao Teixeira 1640 “M. Ovidio”. 

Mapa N." 67, idoi* Joao Teixeira 1642, “M. Vidio”. 

Mapa N. v 82, por Le Pere M. Coronelli 1688 “Mo. 
Vidio, o Seredo. 

Mapa N." 88, por Guillaume de L’Isle 1700 “M. 
Vedio”. 

En el relato corto y verídico de la desgraciada nave¬ 
gación de un buque de Amsterdam, ocurrido desde el año 
1598 al 1601 (15) que se establece que llegaron el 19 de 
Julio de 1599, después de pasar entre la Isla de Flores y 
el Continente hasta Monte Seredo, que es una montaña 
elevada. El comentarista de este diario hace la siguiente 
anotación al referirse al nombre de Monte Seredo: “No 
he hallado en parte alguna esta singular desviación del 
nombre Montevideo; conjeturo que seredo sea la voz Ce¬ 
rro o cerrillo estropeada”. 

Ciento treinta años después, y fundada la ciudad en¬ 
contramos que todavía se designe a Montevideo en la car¬ 
tas marinas con el nombre de Monte Seredo, así lo desm- 
na el Padre Cayetano Cattáneo en carta escrita desde 
Buenos Aires el 18 de Mayo de 1729. 

Después de describir su llegada a Montevideo y la 
forma como encontró a sus habitantes, expresa: “No en¬ 
contraréis probablemente en las cartas geográficas a 
Montevideo, sino bajo el nombre más humilde de Monte 
Seredo por ser una población formada de nuevo dos o 


(15) — “Navegación de Buque Holandés”. — Anales de la Biblioteca, 
romo IV, pág. 371. — Buenos Aires, 1905. 



16 — 


tres años ha, a la que por orden de la corte van transpor¬ 
tándose familias canarias”. (16) 

Calixto Bustainante Carlos Inca, alias Concolorcor- 
vo, en su obra titulada “El lazarillo de los ciegos cami¬ 
nantes”, sacado de las memorias (pie hizo Don Alonso 
Carrió de la Vandera, publicada en Oxijona en 1773, ha 
consignado lo siguiente: “Montevideo, voz bárbara o a 
lo menos viciada o corrompida del castellano Monte veo, 
o portugués Monteveio, o de latín Montenvideo”. 

Reasumiendo, tenemos que desde el siglo XVI hasta 
el primer tercio del siglo XVIII ha predominado el nom¬ 
bre de Sí-rede y sus transformaciones Seride y Seredo. 

El señor Aníbal Cardozo opina — según el Rr. Ca¬ 
ví glia — obra citada — que Serede debe leerse Seve- 
de = Se ve. Forma equivalente a Video. 

Si esto es así, tenemos que primero se la llamó al 
Cerro de Montevideo, Monte vidi y luego Monte Se ve, lo 
que hace suponer que estos nombres fueron dados en mé¬ 
rito a su gran visibilidad, es decir Monte muy visible, 
monte que se destaca a gran distancia que se avista con 
gran facilidad. 

Esta hipótesis sería robustecida con lo afirmado ha¬ 
ce un siglo y medio por el Tte. de Navio de la Real Ar¬ 
mada Española, Don Diego de Alvear, Comisario de la se- 
guna partida demarcadora de Límites entre los domi- 
ninos de España y Portugal en la América Meridional, 
quien al detallar con exactitud todos los lugares por (pie 
fuera pasando en su demarcación consignó respecto de 
Montevideo: “Sobre la referida punta de piedra yace el 
célebre Montevideo, llamado así no tanto por su altura, 
que le descubre a larga distancia, cuanto por la gran pla¬ 
nicie de las tierras que le rodean haciéndole parecer más 
alto. (17) 


(16) —- Xavegación de ultramar en el siglo XVIII. “Revista de Bue¬ 
nos Aires”. — Tomo 9. — Pag. 77. — Buenos Aires, 1866. 

( 17) — “Diario de la segunda partida demarcadora de límites en la 
América Meridional, por su Comisario don Diego de Alvear, 1783 a 179!, 
publicado con una biografía de su autor y crítico de su diario por Pedro 
Groussac. — Tomo I. — “Anales de la Biblioteca”, Buenos Aires. 



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I 



Lámina II. 



























Deja constancias después (pie apenas pasado el Ban¬ 
co Inglés, ya se avista el Cerro. 

Otros navegantes lian llamado la atención sobre este 
hecho, indicando al Cerro como el principal punto de 
atracción del Puerto del mismo nombre, por su gran vi¬ 
sibilidad; y esto lo puede comprobar todo viajero que na¬ 
vegue por el Río de la Plata viniendo del Este de la Re¬ 
pública con rundió al puerto de Montevideo. 


III 


“Repitiendo el acto de posesión realizado en la Isla 
de Maldonado antes del año 1600 — dice el historiador 
Luis E. Azaróla Gil — (18) navegantes o soldados lusi¬ 
tanos desembarcaron en el sitio de Montevideo en fecha 
anterior a 1673 y esculpieron en una peña del Cerro el es¬ 
cudo de su país. Era el trasunto oficial de una doctrina geo¬ 
gráfica y política a la vez que un anuncio del propósito 
de ocupar la costa. No era — continúa Azaróla Gil — pre¬ 
sumible, en efecto, que la colocación del emblema no fue¬ 
ra seguida de una guardia que la defendiera. 

“La novedad fue conocida en Buenos Aires en Mar¬ 
zo de 1673”. 


Al denunciar la invasión portuguesa, en nota dirigi¬ 
da al Rey, el Cabildo de la Asunción no se limita a refe¬ 
rir los sucesos acaecidos en la jurisdicción paraguaya, si¬ 
no que señala los avances efectuados en otros puntos de 
las posesiones españolas; y especifica el dato de que en el 
sitio de Montevideo, sobre un peñón del monte se hallaba 
grabado el escudo de anuas del Portugal. (19) 

El proceso dió origen a una real cédula que don Car¬ 
los II dirigió al Gobernador del Paraguay, don Felipe 
Rexe Corbalan y otra al Obispo de la Provincia Fray 
Faustino de las Casas, ordenando se procediera a quitar 
de Montevideo el escudo de Portugal. 


— "Los orígenes de Montevideo". IL.ieno; Aires, 1<)33. Pág. 47. 

— Azaróla O,i]. Oh. Cit. Pág. 48. 


( 18) 
(V)) 



— 18 — 


La cédula llevaba la fecha del 20 de Julio de 1679. (20) 

El doctor Daniel García Acevedo se pregunta qué sig¬ 
nifica la cruz que aparece en la cumbre del Cerro, en el 
plano de las primeras fortificaciones de Montevideo cons¬ 
truido i)or el Capitán de Ing. Domingo Petrarca en 1724, 
y opina que, como aun se desconocen los documentos que 
justifican el significado de esta cruz, podría recurrirse a 
suposiciones, y cree con Madero que fue el de Montevideo 
el puerto en el cual Solís, el 2 de Febrero de 1516, tomó 
posesión de las tierras que descubriera.. 

Y como Solís — opina el historiador citado — entre 
las instrucciones reales relativas a la toma de posesión, se 
encontraba la de hacerlo “donde haya algún cerro seña¬ 
lado”, supongo — y esto no creo aventurar nada — que el 
piloto Mayor Solís, el más excelente hombre de su tiempo 
en su arte, como le llama Herrera, tomó posesión de estas 
tierras en la cumbre del Cerro y allí hizo y clavó la 
cruz. (21) 

Aunque Adán Quiroga, en su erudita obra “La Cruz 
de América ” sostiene que el símbolo universal, se remon¬ 
ta a los primeros habitantes del continente, como signo 
astrológico astronómico muy anterior por lo tanto a la 
supuesta idea de la introducción de ella por el conquis¬ 
tador y predicación evangelista y que ella fué utilizada 
en los mitos, monumentos y la diversidad de objetos de 
arte de peruanos, aztecas, mayas de los indios del Brasil, 
del Paraguay, Tueumán y toda la América Meridional, 
las investigaciones arqueológicas realizadas hasta la fe¬ 
cha, en nuestro territorio no nos permite confirmar las 
aseveraciones que con respecto al signo cruciforme ha he¬ 
cho el citado investigador. 

Para los siglos XVI - XVII - XVIII - fué la Cruz 
Americana un motivo trascendental de religión y su apa¬ 
rición en nuestro territorio data de esa época. 


(20) — Az:irola Gil. 01). Cit. Pá.s?. 40. 

(21) — Revista Histórica del Uruguay. Tomo \ II. — Pácy 272 y 273 ,. 
Montevideo, 1915. 



— 19 — 


Pea* consiguiente compartimos la suposición del Dr. 
Daniel García Ace vedo. 

Nosotros no liemos descubierto los documentos a que 
se refiere el Dr. Daniel García Acevedo, pero liemos en¬ 
contrado en un Diario de Viaje, efectuado a estas tierras 
en 1708, que hace mención a una gran cruz de madera que 
había en Montevideo, y al uso que de ella hacían los nave¬ 
gantes; y, transcribimos la parte de este diario relacionado 
con la expresada cruz, no sólo por la relación que allí pue¬ 
da tener con la que se levantó en la cumbre del Cerro, si¬ 
no también por ser la primera versión que hemos hallado 
al respecto, y desconocido posiblemente, hasta de aquellos 
historiadores que se han ocupado de esta época. 

La anotación (pie transcribo corresponde al 20 de Oc¬ 
tubre de 1708. 

“Anclamos en un lugar llamado Monte - Video. Hay 
una colina sobre la cual se ha clavado una cruz de madera 
muy alta para que los cazadores que se alejen puedan en¬ 
contrar su camino para volver a sus buques”. 

“Todo este país es una llanura de varios centenares 
de leguas pero desierta e inhabitada entrecortada por va¬ 
rios arroyos”. (22) 

En el mismo año 1708, otro francés, el Pdre. Louis 
Feullée, físico matemático y botánico, que permaneció 
durante algún tiempo en aguas del Río de la Plata, ascen¬ 
dió en varias oportunidades al Cerro de Montevideo, de¬ 
jando constancia en su diario de las bellezas del lugar y 
de un fenómeno observado por él en estas regiones, pro¬ 
ducido por los rayos solares, algo así como el espectro de 
Broecken, observado por primera vez en la montaña de 
este mismo nombre. De la anotación correspondiente al 
mes de Noviembre de 1708, traducimos lo siguiente: 

“Los días más felices que pasamos durante nuestra 
estada a orillas de este gran Río (de Santa Lucía), fueron 
los que pasamos en el Cerro de Montevideo, desde sus al- 


* 22 ) — 
dentales. — 
lile jX'-nvvié, 
glia (hijo). 


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i o Lima y 

otros 

lugares 

de las 

Indias 

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i)” 

editado en 

París, 

1720. - 

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raliosi í>i! 1 

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el Dr. 

Buen a v 

entura 

Caví- 



20 — 


turas, toda la parte Sud se presentaba a nuestros ojos, 
orladas de las aguas del Río, las que, en la línea del hori¬ 
zonte se mezclaban con el cielo. 

“Del lado Norte, una llanura, rebosante de flores, de 
varios colores, se extendía a nuestros pies, ofreciendo un 
aspecto admirable y confundiéndose con el cielo”. 

“El sol que sale nos dejaba ver basta la sombra de 
sus habitantes, sombras que iban hasta el horizonte opues¬ 
to al levante y que parecían perderse en el cielo. Esto da 
una idea de lo inmensas que son esas llanuras, pobladas 
de un sinnúmero de bueyes, vacas y muías”. (23) 

Tomamos de una interesante y rara obra titulada 
“El romance del Río de la Plata”, (24) por W. H. Koe- 
bel, Londres, 1914, en cuyo tomo I, Pág. 279, dice lo si¬ 
guiente: 

“El superintendente del buque misionero “Duff” da 
en 1800 el relato de algo extraño de un viaje en que Mon¬ 
tevideo toma parte prominente. El “Duff” destinado 
según parece a las Islas del mar del Sur, cayó en una ce¬ 
lada y fue apresado por corsarios franceses a pocas ho¬ 
ras de vela de Río de Janeiro; la suerte a partir de enton¬ 
ces íué sin duda alguna dura para los infortunados misio¬ 
neros que fueron trasbordados al “Bonaparte” y final¬ 
mente distribuidos después de un crucero involuntario 
con los franceses, en el transcurso del cual capturaron 
gran número de barcos portugueses — unos al “Medu¬ 
sa”, buque insignia del Comodoro Francés, y otros a la 
fragata “Amazón”; por último fueron desembarcados en 
el Puerto de Montevideo, donde quedaron en libertad, por 
lo menos con respecto a sus apresadores franceses”. 

“La colina del Cerro excitó poderosamente la ima¬ 
ginación e hicieron de la pintoresca eminencia una mon¬ 
taña portentosa, como lo muestra la ilustración de este 
libro”. 


(23 ) — “JouriLíl des Obsservations pliisiciues. mathemati'|ues et bo- 
tani(jues’\ por el R. I\ Louis Feullé. — De 1708- 1712 — Tome* í — Ra& 
218. — Consultado en la Biblioteca del Dr. Buenaventura L aviaba. 

(24) — Consultad i e:i la Biblioteca del Sr. Roberto Rietracaprina. 



— 21 — 


Aparte de esto su descripción es bastante exacta, 
pues añade hablando de la ciudad: 

“Aquí también se ostenta la misma fertilidad asom¬ 
brosa de las llanuras adyacentes y el aspecto de las vi¬ 
viendas suburbanas rodeadas de árboles de todas clases, 
daba un tono encantador al paisaje rural que se desple¬ 
gaba gradualmente ante nuestros ojos, haciéndonos sa¬ 
borear las promesas de un placer que estábamos impa¬ 
cientes por disfrutar”. 

La rica v valiosa naturaleza americana, adonde las 

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fuerzas escondidas del bosque parecen gastarse con la 
abandonada generosidad de una exuberancia perenne, ha 
sido y es aiui — dice Alfonso Reyes — por otra parte te¬ 


ma obligado de la admiración en el viejo mundo. Nuestros 
territorios y muy especialmente, el Cerro de Montevideo 
y sus alrededores, llamó poderosamente la atención de 
cuanto viajero arribaba a estas costas, y, como ya hemos 
podido apreciar, subyugados por la atracción del paisaje 
cantaban loas a sus bellezas; a esa belleza solemne a ve¬ 
ces adusta de sus paisajes. 

“Esas perspectivas y ese lujo de vegetación — ex¬ 
presa el Gral. Reves — se delata por la faja adyacente al 
Santa Lucía desde su embocadura hasta el curso de Las 
Piedras, y por la que costeando el Plata, sigue hasta el 
desagüe del Pantanoso, donde la organización y textura 
de sus copas vegetales, y la excelencia de sus produccio¬ 
nes, especialmente de los cereales, muestran con sus moli¬ 
nos, sus labores y sembrados, el desarrollo de la industria 
agrícola”. 

“En el cabo más oriental de ese seño de tierras luju- 
rientas en que el nivel de sus lomadas se sobrepone dul¬ 
cemente al de los valles que sigue por la vera de los pro¬ 
fundos cauces que lo circundan, se levanta el majestuo¬ 
so monte que domina en su extenso radio el horizonte del 
gran Río, y el de las campiñas que por todos lados ameni¬ 
zan los golpes de vista de esa reunión graciosa en que re¬ 
saltan los variados tintes de sus diversos detalles”. 


orí 


“El declive lento de sus faldas abraza los contornos 
entales de la rada, formando de un lado las restingas 



— 22 — 


rocallosas que oprimen la entrada sus canales, extendién¬ 
dose con sus faces reversas hasta dos mil varas en todas 
direcciones”. 

“Desde los taludes de esas faldas se descubren los 
giros caprichosos del ramal de colinas, que de las fuentes 
del Miguelete y del Manga, vienen formando un continua¬ 
do anfiteatro y vertiendo sucesivamente diversos arro- 
yuelos que se dirigen por una parte a internarse en las 
planicies donde se extienden los esteros de Carrasco, ya 
cercanos al desagüe de Toledo; y por la otra, algunos 
más que aumentan el lecho del Miguelete entre cuyos con¬ 
tornos y al lado de sus huertas y jardines, deseollan dos 
montículos de 385 pies de altura sobre aquel mismo nivel, 
que muestran encima ele sus cuellos los fragmentos de un 
reducto y las velas de un molino”. (25). 

Esa vegetación exhuberante, que tanto elogiaron los 
viajeros ha ido desapareciendo para dar paso a la civili¬ 
zación, pero todavía es posible contemplar la única nota 
verde, que en esa hora en que el mar y el cielo son de 
plata, nos ofrece las hermosas laderas de ese morro. 

Panorama indescriptible se presenta al que lo con¬ 
templa desde su cumbre; vistas hermosas cpie se extien¬ 
den por el Norte hasta el pueblo de Las Piedras; distin¬ 
guiéndose en primer término el Cementerio del Cerro, 
parte del Rincón del Cerro, costas del Río Santa Lucía 
y una parte del departamento de San José; por el Nores¬ 
te hasta Pando, dominando todas las poblaciones inme¬ 
diatas Sayago, Cerrito de la Victoria, Maroñas, Peñarol, 
Piedras Blancas, Colonia Suárez; al Este se presenta un 
paisaje más atrayente, en tiempo bueno y a simple vista 
puede apreciarse hasta Punta Fría y todos los lugares in¬ 
termedios más notables: Malvín, montes de Malvín, mon¬ 
tes de Carrasco, Isla de las Gaviotas, Sierras de Minas, 
Cerro Pan de Azúcar y médanos de arena de Atlántida, 
al Sudeste, con tiempo claro la vista se extiende hasta el 
Pontón Faro y Banco Inglés, apreciándose la Isla de Flo¬ 
res, Punta Carreta, etc. Al Sur puede apreciarse hasta 


(25) — Tosé M. Reyes. Descripción Geográfica del Territorio de la 
Rep. O. del Uruguay. Montevideo, 1859. Pág. 179. 



— 23 


e i Pontón-Faro Recalada Argentino y el ('anal del Indio; 
al Suroeste, puede distinguirse hasta el faro de La Pa¬ 
nela; al Oeste, puede apreciarse a simple vista hasta las 
Barrancas de San Gregorio, con todos sus puntos inter¬ 
medios más notables: Barrio Casabó, Rincón del Cerro, 
Montes de Punta Yeguas, Pajas Blancas, Punta Espinillo 
y la desembocadura del Río Santa Lucía con el Plata y 
las Islas del Tigre. 

Y, por último al Noroeste se distinguen los Montes 
del Santa Lucía, dominándose las costas de este Río, 
apreciándose toda la extensión de tierra comprendida en¬ 
tre este Río y la falda del Cerro, con los siguientes puntos 
notables: Camino Cibils, Polvorines Nacionales, y gran 
parte del Rincón del Cerro. 

La apreciación de ese panorama que por instantes se 
renueva por los nuevos golpes de vista que dibujan sus 
llanuras, sus montes, sus médanos, sus valles, sus ca¬ 
lles y caminos y las cúpulas de sus edificios; escenas acu¬ 
muladas en espacios que se transforman en un nuevo 
conjunto de perspectivas. 


IY 

Andrés Oyárvide, Piloto de la Real Armada, con 
ejercicio de geógrafo en la segunda partida de demarca¬ 
ción, — en sus memorias geográficas de los viajes practi¬ 
cados por las primeras y segundas partidas de la Demar¬ 
cación de Límites en la América Meridional, en conformi¬ 
dad del tratado preliminar de 1777 entre las Coronas de 
España y Portugal, — en su levantamiento, efectuado 
desde el Fuerte de Santa Teresa a Montevideo, descrip¬ 
ción de la bahía de Montevideo y sus inmediaciones, etc. 
en 1790, y más tarde el general de Ingenieros José María 
Reyes, autor del mapa de la República y Presidente de 
la Comisión Demarcadora de Límites con el Brasil, deno¬ 
minaron al Cerro: Cerro Grande de Montevideo, para di¬ 
ferenciarlo del Cerrito de la Victoria que llamaron Cerro 
chico de Montevideo. 

Sancionada la Ley de 6 de Julio de 1853 que ordenó 



la mensura general clel territorio de la República, fue ne¬ 
cesario preparar los medios de llevarla a ejecución. A 
este efecto — según lo dieron a conocer los diarios de la 
época — se principió por establecer un meridiano, que 
sirviera de base a toda la operación y se tomó por tal, una 
línea trazada con la mayor exactitud, que pasara por la 
cumbre del Cerro de Montevideo, como punto fijo y el 
más culminante. Bajo esta base se ordenó la mensura del 
departamento de Montevideo. 

El Cerro fue eu la antigüedad, el mejor punto de re¬ 
conocimiento del puerto de Montevideo. 

Lobo y Ruidavets, en su “Manual de navegación del 
Río de la Plata y sus principales afluentes”, publicado 
en 1868, afirma que en tiempo claro puede avistarse su 
figura notable de cono truncado, desde sesenta kilómetros 
de distancia. 

En el año 1834, por Ley de feclia 9 de Setiembre del 
mismo año se fundó en la falda meridional del ('erro la 
Villa de este mismo nombre, la que destruida durante la 
Guerra Grande, renació de sus escombros después del 
año 1851. A esta Villa se le llamó también “Cosmópolis”, 
en virtud de la cantidad de obreros de todos los países 
del mundo que la habitaban. A pesar de que la Constitu¬ 
ción de 1830 prohibía la introducción de esclavos al país, 
éstos se introducían, por esa época clandestinamente y 
muchos de ellos procedentes de Africa fueron desembar¬ 
cados de contrabando por la barra de Santa Lucía y otros 
puntos de la costa del Río de la Plata, los que pasaron a 
aumentar el número de pobladores de la villa Cosmópolis. 

A este respecto dice el Historiador compatriota 
Eduardo Acevedo: “la frecuencia con que venían estos 
cargamentos dió base a la “Gaceta Mercantil” de Buenos 
Aires, para decir que la nueva Villa que Rivera había 
resuelto fundar en las faldas del Cerro, en vez de Cosmó¬ 
polis, como la bautizaba el decreto debía llamársele de 
“Angola” (26). 


(26) — “Anales Históricos del Uruguay”. Eduardo Acevedo. — To¬ 
mo T. — Pag. 415. — Montevideo, 1934. 



25 


Esta hermosa villa, siguiendo paralelai^.g|g- el enor¬ 
me progreso de nuestra Capital se hV ^o^fe(pidiendo 
rápidamente por las faldas del Cerro doemos 
admirar las lindas casitas con jardines de mSPTffíreros, los 
grandes establecimientos fabriles y otros destinados al 
comercio que con algunas suntuosas mansiones de facha¬ 
das palaciegas, pueblan esta villa. 

Por Ley de 19 de Enero de 1916 se dispuso la creación 
de un gran parque público en la cumbre del Cerro de 
Montevideo el cual tendría doscientas hectáreas. 

Por la misma ley se proyectó una Avenida de cin¬ 
cuenta metros de ancho, que partiendo del extremo oeste 
del Boulevard Artigas, en Caparro, empalmara con el 
actual camino al Cerro y se prolongara hasta el parque. 
Esta Lev, por razones de orden económico, dificultades 
que se presentaban para financiar la expropiación de tan 
dilatada extensión de tierra, sufrió varias modificaciones 
hasta que, por último, el Concejo de Administración De¬ 
partamental de Montevideo, en acuerdo de fecha 27 de 
Setiembre de 1929 resolvió que este parque constara de 
veintiocho hectáreas alrededor de la Fortaleza “Gral. 


Artigas”, limitándolo con el Norte, con la calle Holanda; 
al Este con la calle Polonia; al Sur con el Frigorífico 
Swift; y al Oeste con el Camino Cibils. Actualmente se 
viene adquiriendo paulatinamente y a medida que se di« 
pone de recursos, todas las fracciones de propiedad parti¬ 
cular comprendidas dentro del perímetro del parque. Ya 
existen expropiadas una respetable cantidad de manza¬ 
nas, y es de desear se termine cuanto antes con la adqui¬ 
sición de las restantes para que pueda cristalizar en la 
realidad este bien concebido proyecto. 

Refiriéndose al magnífico proyecto primitivo ha di¬ 
cho un escritor: “Querían convertir al Cerro en un Par¬ 
que como el Parque Guell de Barcelona, con funicular, 
como la superga de Turín o el Riglii de Genova”. 


El hermoso Cerro engalanado con este Parque, au¬ 
mentará su poder de atracción, y la cómoda avenida de 
circunvalación que permite el acceso de los automóviles 
hasta la entrada de la Fortaleza que existe en su cumbre, 



— 26 — 


facilitará su concurrencia de visitantes que podrán apre¬ 
ciar, desde esta altura el dilatado horizonte que se divisa. 

Cuando visitó nuestra Capital el eminente escritor 
italiano Edmundo D’Amicis, durante el Gobierno del Ge¬ 
neral Santos, se le ofreció un almuerzo en la Fortaleza 
del Cerro para que desde allí el consagrado literato pu¬ 
diera aquilatar todas las bellezas naturales que desde es¬ 
ta posición eminente se pueden admirar. 

Opinamos con el Dr. Buenaventura Caviglia (hijo), 
que a este Parque ideal destinado a ser el punto de atrac¬ 
ción de cuantos turistas nos visiten, debe ponérsele el 
nombre de aquel intrépido navegante portugués, que hace 
cuatro siglos fuera el primero en describir con el corazón 
rebosante de sinceridad y entusiasmo, las bellezas de esta 
tierra. 

Sería el más justiciero homenaje de gratitud que el 
Municipio de Montevideo pudiera tributar a aquel va¬ 
liente marino que se llamó Pero Lopes de Souza. 

Hasta aquí hemos tratado de reunir todos los antece¬ 
dentes que nos permiten conocer a grandes rasgos la his¬ 
toria de nuestro Cerro; pero no podemos considerarlo 
aisladamente; el Castillo incrustado en su cumbre forma 
con él una sola pieza, un mismo símbolo y esa eminencia 
y esa fortaleza con sus manantiales, sus vallas quebradas, 
— dice el General José María Beyes — llevan cada una 
un recuerdo imperecedero, cuando no muestran las hue¬ 
llas de un suceso grandioso o de una tradición histórica 
que ora sobrecoge o postra el ánimo con un sentimiento 
fatídico o una terrible leyenda o ya lo elevan a la altura 
de los hechos inmortales de la lucha gloriosa de la li¬ 
bertad. 






CAPITULO II 



í'Primeros pro y celos cíe fortificación 

en el (¿ * 


y 

erro 


En 1719 Bunio Mauricio Zabala elevó a España un 
plano de la península de Montevideo, indicando a su Rey 
el lugar donde debían erigirse la población y sus fortifi¬ 
caciones. 

En este plano se destaca, netamente la cruz levanta¬ 
da en la cumbre del Cerro. 

El primer proyecto de fortificación para Montevideo 
fue confeccionado en 1724 por el capitán de Ing. Domin¬ 
go Petrarca, Vizcaíno, compañero de Zabala, primer ar¬ 
quitecto español en esta provincia. 

Tres años después, el mismo Ingeniero ejecutó un 
nuevo proyecto, ampliación del primero, que elevado por 
Zabala, fue aprobado por el Rey de España en sus líneas 
generales. 

En dicho plano ya figura el delineamiento de la po¬ 
blación de Montevideo, con indicación del lugar donde 
fueron levantadas por los portugueses, las primeras for¬ 
tificaciones, en el año 1723. 



— 30 — 


En ambos proyectos, Petrarca proponía la construc¬ 
ción de una batería, de forma pentagonal, en la falda me¬ 
ridional del Cerro, cuyos fuegos, cruzándose con otra que 
se proyectaba en el extremo Noroeste de la península, ce¬ 
rraban la entrada de la bahía. (1) 

El Dr. Andrés Lamas, al estudiar manuscritos refe¬ 
rentes a las fortificaciones de Montevideo, que transcri¬ 
be en su estudio sobre el Escudo de Armas de esta ciudad, 
encuentra que en 1744 el Virrey del Perú Márquez de 
Villagracia expresaba, entre otras cosas, que Montevideo 
era una plaza a dos haces de defensa por ante mural a las 
Colonias portuguesas siempre sospechosas, aun conser¬ 
vando la neutralidad, y por ante mural a las hostilidades 
que pudiera intentar la nación Británica; y que, en los 
planos del Ing. Diego Cardozo y en una nota del Gob. de 
Buenos Aires don Miguel Salcedo, estaba indicada la con¬ 
veniencia de construir un fuerte en la cabeza del Cerro 
de Montevideo, en la que se conservarían mientras aque¬ 
lla obra no se hiciera, algunos cañones de mayor calibre 
con los reparos más indispensables para concurrir al res¬ 
peto y a la defensa del puerto. 

La importancia cada vez mayor del puerto de Mon¬ 
tevideo por el tránsito del Río de la Plata y su virreynato, 
considerado en segundo lugar en los puertos de ambas 
Américas, después de Veracruz, preferente al de Callao 
con respecto al de Lima, acrecentaba día a día, la necesi¬ 
dad imperiosa de reforzar las fortificaciones y su realiza¬ 
ción fué preocupación constante de gobernadores y vi¬ 
rreyes. 

“Es Montevideo, el último ante mural de las provin¬ 
cias del Perú por la parte Norte — expresaba en sus me¬ 
morias el Virrey Vertiz, el 20 de Marzo de 1781 (2) y su 
pérdida traería un trastorno general, porque sería un anun¬ 
cio fatal para todo el reyno, no pudiéndose conservar Mal- 


(1) — Las copias de ambos proyectos las posee el Dr. Carlos Travieso, 

tomadas de los archivos españoles. El de 1727 toé publicado por el Dr. Da- 

niel García Acevedo en el tomo VII de la Revista Histórica. 

(2) — Memorias del Virrey Vertiz publicada por la Rev. del Archivo 

General de Buenos .Aires. Tomo 1TÍ. Año 1871. 



31 


donado ni otra parte de las orillas del Río, ni del mar en 
la otra Banda, por quedar cortada la correspondencia di¬ 
recta con Europa, y con precisión de haberse de hacer por 
el tardo rodeo del Brasil, o por el reyno de Chile y cabo 
de Horno; pues dueños los enemigos de Montevideo, lo 
serían también de los canales del Norte y del Sur, y el 
despacho de los correos marítimos si no eran del todo im¬ 
posibles correrían el riesgo de ser tomados”. 

En 1790, a raíz de un plan propuesto para una nueva 
ciudadela en Montevideo, o el aumento de un hornabeque 
a la que ya existía, aunque deteriorada a pesar de ser 
obra moderna y otras obras de defensa para fortificar 
la ciudad por la parte de tierra, presupuestadas en más 
de un millón de pesos, don Santiago Liniers, se presentó 
al Virrey Arredondo proponiéndole un nuevo plan de 
fortificaciones, que conceptuaba superior, para la defen¬ 
sa de la plaza y evitaba el gasto enorme que demandaban 
las anteriormente proyectadas. 

Su proyecto consistía en defender la plaza por medio 
de lanchas armadas y baterías en la costa. Su preocupa¬ 
ción estaba en la defensa marítima. 

Recordaba aquel axioma muy conocido de que, sien¬ 
do dueños del mar lo serían también de la tierra, y, por 
consiguiente, consideraba como inútiles todas las obras 
de fortificaciones regulares proyectadas, pues, prescin¬ 
diendo del elevado costo que ellos importaban a la corona, 
su defensa exigiría muchos hombres lo cual sería además 
un obstáculo para recobrarla en el caso de que, bien fue¬ 
ra por traición y en buena guerra, se apoderaran de ella 
los enemigos. 

Llamaba especialmente la atención al virrey, sobre 
la conveniencia de construir torres o atalayas, con las 
que, por medio de señales de banderas, durante el día, y 
de cohetes durante la noche, se pudiese, con mayor ace¬ 
leración, tener aviso de las novedades que ocurriesen en 
el mar en tiempo de guerra y asegurar la navegación del 
Río en todos los tiempos; aquéllas se deberían colocar en 
la forma siguiente: una torre en la Isla de Lobos, que se 
correspondería con otra en la Isla Ctorriti, y sueesivamen- 



te en otros puntos de la costa, en Pan de Azúcar, Piedras 
de Afilar, Isla de Plores, el Buceo y últimamente en el 
Cerro de Montevideo. 

A su juicio, debería haber torreros en la Isla de Plo¬ 
res y en el Cerro, por ser éstos dos puntos de la mayor 
importancia para los navegantes: el primero por deter¬ 
minar la situación de la cabeza del Banco Inglés y el se¬ 
gundo, la entrada del puerto de Montevideo. 

Aconsejaba, además, que en estas dos últimas torres 
se colocara, en su cumbre un hornillo o fogón, en el que 
podría (para suplir el carbón de piedra que usaban los 
ingleses en todas sus costas) encender turba, la que po¬ 
dría hallarse alrededor de Maldonado y Montevideo en 
los sitios pantanosos, o transportarla de Malvinas don¬ 
de existía en abundancia o en su defecto usar leña. El res¬ 
plandor de una hoguera de esa especie, produciría mu¬ 
cho más claridad — según Liniers — que las lámparas 
usadas en las linternas que servían de guía para la nave¬ 
gación y, además, su costo sería mucho menor. (3) 

Y, por último, para no citar otros, en Julio de 1793, 
Bernardo Lecocq, Comandante del Cuerpo de Ingenieros 
de Montevideo, proyectó una batería para ocho cañones 
de a 24 y dos morteros, que debían situarse en la falda 
del Cerro, en un fortín atronerado para defender la en¬ 
trada de la Bahía. (4) 

La fortificación es una de las ramas del arte militar 
más compleja, difícil y discutida. 

Los problemas de fortificación han admitido, como 
en todos los tiempos varias soluciones, para llegar a una 
misma finalidad pero sin olvidar sus principios funda¬ 
mentales que se han mantenido' inimitables al través de 
los siglos. Y, cuando ellos fueron olvidados, el fracaso más 
rotundo ha sido resultado obligado de tales impre¬ 
visiones. 


(3) — “Plan de Defensa para Montevideo’*, por Don Santiago Li¬ 
niers. 1790. Publicado en la “Revista de Buenos Aires”, 1870. Tomo 22, 
Pag. -198 y siguientes. 

(4) — Una copia de este proyecto se encuentra en el Museo Municipal 
de Montevideo. 




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LÁMINA III. — Delincación horizontal en que se manifiesta la distri¬ 

bución del Castillo que se construyó en el Cerro de 
Montevideo. — Archivo Gral. de la Nación. — 
Buenos Aíres. — Este plano me fue comunicado 
por el Sr. Juan Ernesto Pivel Devoto y su copia la 
obtuve merced a la gentileza del Sr. Capitán de 
Fragata Argentino Jacinto R. yaben. 































— 33 — 


Un escritor militar del siglo pasado decía al referir¬ 
se a los males incalculables que podían acarrear los ye¬ 
rros de un militar: 

La ineptitud de un economista político puede ser re¬ 
parada por los cálculos bien concebidos de un sucesor: la 
ignorancia de un médico puede quitar la vida a algunos 
centenares de personas y aunque este mal es de conside¬ 
ración, es un mal parcial. Lo mismo puede decirse de to¬ 
das las profesiones. Los yerros de un militar son de otra 
consecuencia; quizás serán irreparables. 

Lina pequeña falta acarrea muchas veces la asola¬ 
ción de una Provincia y aun puede borrar un Imperio de 
la vista de las Naciones independientes. 


II 



La Fortaleza “General Artigas”, fuerte aislado de 
trazado pentagonal sin órganos de flanqueo, reminiscen¬ 
cia de los antiguos castillos, es la última obra de fortifi¬ 
cación permanente levantada en nuestro territorio du¬ 
rante la dominación española, aunque no fué, empero la 
primera obra efectuada en la cumbre del Cerro de Mon¬ 
tevideo. 

El 28 de Abril de 1781, el Intendente Gral. de Mon¬ 
tevideo don Manuel Ignacio Fernández, comunicó al Ofi¬ 
cial Real José Francisco de Sostoa que, de acuerdo con las 
instrucciones recibidas del Sr. Virrev, se había determi- 
nado situar en la altura del Cerro una vigía, en la que de¬ 
bía actuar un Piloto o Pilotín de la Armada, con banderas 
para señales de las embarcaciones que se avistaran, la 
que podría prestar servicios muy importantes. 

Con tal motivo se encomendó a este Oficial diera la 
orden correspondiente para que en aquel lugar se levan¬ 
tara, a la mayor brevedad, un rancho, donde pudiera alo- 


2 



— 34 — 


jarse el Vigía y se colocara un asta para las banderas que 
usase de acuerdo con el plan de señales que llevara. (1) 

Algunos años después, en 1801, se empezó a levantar 
próximo al rancho de paja, en la cumbre del Cerro, una 
casa de material que llamaron la Casa del Cerro, para 
alojamiento del personal de la Vigía y farola cuya cons¬ 
trucción se iniciara simultáneamente. 

Este edificio, levantado con ladrillo v asentado en 
cal, con techos de maderas de palma y ladrillos, tenía las 
siguientes dimensiones: 8 varas de fondo por 6 de ancho 
y 2 1¡2 de alto. Constaba, además, cocina y altillo y una 
pipa para recoger el agua a manera de aljibe. 

El valor de su construcción ascendió a 376 pesos, sin 
contar la encalada del edificio que se terminó el 12 de Fe¬ 
brero de 1803. 

El altillo de la casa se utilizó al principio para depó¬ 
sito de la grasa de la farola, pero, cuando llegó el verano, 
el calor derritió la grasa y ésta traspasó las paredes por 
lo que el encargado de la vigía se vió en la necesidad de 
transportarla, según lo comunicó el 17 de Enero de 1804, 
al rancho viejo que aun existía en la Cumbre del Cerro. (2) 

En Julio de 1809, se empezó a levantar la obra del 
Cerro — el Castillo, como se le denominaba en la época 
de su construcción. 

Los emplazamientos de las dos primeras construccio¬ 
nes están plenamente justificados y cumplieron debida¬ 
mente las misiones que se les asignaron: la primera, como 
Atayala, albergando a los vigías que exploraban el hori¬ 
zonte con un anteojo de larga vista, sobre todo en el mar, 
para poder comunicar a las autoridades cualquier nove¬ 
dad que mereciera su atención y dar la alarma en caso de 
que la ciudad se viera amenazada de algún peligro; la se¬ 
gunda, como faro, en provecho de la humanidad y su co¬ 
mercio, como guía cierto y necesario para los navegantes 
(pie llegaban a estos puertos dirigiendo sus rumbos y apar- 


( 1 ) — Archivo G. de !a Nación. — Caja 107. — Carpeta 7. — Doc. 
61. — Montevideo. 

(2) — Archivo G. de la Xación. — Caja 279. — Doc. 5. — Carp. 8. — 
Montevideo. 



— 35 — 


tándolos (le los escollos donde podían zozobrar. Pero, la 
última, en sn función esencialmente militar, como fuerte 
de costa, para la defensa del puerto de Montevideo, no 
cumplió en ningún momento su importante misión y sus 
emplazamiento violó principios fundamentales del arte 
de fortificación y contrarió la opinión de los técnicos más 
autorizados de su época. 

En 1795, el Coronel José García Martínez de Cáceres, 
Sub Inspector de Ingenieros del Virreinato del Río de la 
Plata, con más de 9 años en el cargo de Ingeniero Mili¬ 
tar en la expresada Comandancia, después de haber me¬ 
ditado sobre el estado en que se encontraba el puerto de 
Montevideo y la ensenada de Maldonado, estudiando sus 
ventajas, defectos y arbitrios para remediar estos últimos 
y aprovechar las primeras en beneficio de esta Provin¬ 
cia y del Reino del Perú, se dirigió, mediante oficio de 7 
de Enero de 1795, al Coronel e Ingeniero en Jefe don Ber¬ 
nardo Lecocq Ing. Comandante de la Plaza de Montevi¬ 
deo, formulándole algunas preguntas acerca de lo que 
opinaba al respecto, y entre ellas, la siguiente: “Si el 
Puerto tiene suficiente defensa o conviene aumentarlas, 
si es conveniente adelantarse más a la orilla el Fuerte de 
San José, establecer algunas baterías para defender su 
entrada en ambas orillas y en su boca y ocupar el Cerro 
con algún pequeño fuerte, y últimamente cuanto V. S. 
juzgue añadir sobre un asunto tan importante”. 

Expresaba además: “Aunque V. S. tiene la suficien¬ 
te práctica y experiencia y completo conocimiento de am¬ 
bos parajes para decidirlo; convendría siempre (y lo 
encargo a V. S.) trate este asunto (como que tienen cono¬ 
cimiento de ellos) con los Ingenieros segundos Don José 
Pérez Brito y Don José del Pozo. .. ” 

Después de haber practicado el Comandante Lecocq 
todo cuanto le ordenara su superior jerárquico, le contes¬ 
tó, con fecha 15 del mismo mes y año, dándole a conocer 
su opinión y la de los segundos Ingenieros a quienes ha¬ 
bía consultado. 

El Ingeniero Pérez Brito, dijo: “En el Cerro no con¬ 
templo necesario fuerte alguno, y sólo que afuera de es- 



— 36 — 


collera y barcos echados a pique se pudiera adelantar o re¬ 
gularizar el fondo de una restinga que sale; en la falda 
de él, sería conveniente colocar una batería respetable 
(que cruzando sus fuegos con la de San José dificulta¬ 
sen la entrada al Puerto)”. 

El segundo Ingeniero Don José del Pozo y Marquy 
se expidió en los siguientes términos: ‘‘Acerca de los fuer¬ 
tes de la parte del Cerro por ser mucha su distancia y me¬ 
nos las utilidades que produciría en ellos su guarnición que 
las ventajas que resultarían de no separarla de esta pla¬ 
za que siempre debe ser el objeto de mayor atención”. 

El Comandante de Ingenieros de la Plaza de Monte¬ 
video, Don Bernardo Le.cocq, primero y luego el Coronel 
García Martínez de Cáceres compartieron las opiniones 
de los segundos Ingenieros y así lo hicieron constar en 
sus informes. (3) 

Como puede apreciarse, todos los Ingenieros Milita¬ 
res del Río de la Plata eran contrarios, por razones de or¬ 
den táctico, al levantamiento de ninguna obra de fortifi¬ 
cación en la cumbre del Cerro. 

Después de las invasiones inglesas, el Gobernador in¬ 
terino de Montevideo don Javier de Elío, temeroso de una 
nueva invasión tomó una serie de disposiciones de carác¬ 
ter militar, dirigidas a robustecer la defensa de la plaza. 
Estas medidas se extendieron a las obras de fortificación, 
ordenando las reparaciones de la Cindadela y la termina¬ 
ción del Cubo del Sur, que estaba inconcluso. 

La ingerencia de Elío en las obras técnicas de la 
Defensa, motivó una reclamación ante el Virrey Liniers, 
del Sub-Inspector de Ingenieros Brigadier don Bernar¬ 
do Lecocq, la que fué desoída por el Cabildo de Montevi¬ 
deo, quien apoyó las disposiciones tomadas por Elío. 

Conocidos son los detalles de las discrepancias sus¬ 
citadas entre el Virrey Liniers y el Gobernador Elío y el 
desenlace y origen de las mismas. 


(3) — Archivo Oral, de la Nación, (Buenos Aires) División Colonia. 
— Sección Gobierno. — Cuerpo de Ingenieros, Buenos Aires. — Monte¬ 
video. — 1786, — K1 original manuscrito. — Atención del Mayor argentino 
Oscar V. .Silva. 



— 37 — 


Pero lo que no lia trascendido hasta ahora, es que 
Elfo, aprovechando esta situación de rebeldía, dispuso la 
construcción de la fortaleza del Cerro, ordenándola di¬ 
rectamente, por oficio, al Coronel de Ingenieros don José 
del Pozo, Comandante del Cuerpo de Ingenieros de la 
Plaza y encargado por Real Orden de las obras de forti¬ 
ficación, asumiendo para sí, de tal suerte, la responsabi¬ 
lidad de la obra. 

El Coronel Del Pozo estudió el emplazamiento y te¬ 
niendo en cuenta, la escasos del terreno superior o cús¬ 
pide del Cerro formuló un primer proyecto que elevó al 
virreinato el 31 de Mayo de 1808, cuyo costo ascendía a 
la cantidad de diez y ocho mil pesos; mas, notándose pos¬ 
teriormente su estrechez, se resolvió ejecutar algunos 
desmontes en peña, con lo cual se consiguiese el fin de 
darle la capacidad necesaria para poder contener mayor 
número de piezas de artillería y edificios militares. 

Con tal motivo, confeccionó un segundo proyecto, 
mucho más amplio, cuyo presupuesto fué calculado por el 
mismo del Pozo, en la cantidad de ciento treinta y tres 
mil cincuenta y dos pesos, con dos reales el que fué puesto 
en ejecución, en la forma que damos a conocer. (4) 

El Coronel del Pozo, en las relaciones de gastos y pla¬ 
nillas de jornales dejó expresa constancia de que esta 
obra se realizaba por orden del Gobernador, en vez de 
denominarla obra del Rey, como se hizo con todas las que 
habían merecido su aprobación y se ejecutaron con los 
fondos de la Real Hacienda; quizás, para eludir respon¬ 
sabilidad y que ella pesara por entero sobre Elío, ya que 
el mismo Del Pozo, en el informe técnico que hemos ci¬ 
tado, se manifestó contrario al levantamiento de obra de 
fortificación, en la cumbre del Cerro. 


(4) — Archivo General de la Nación. — Buenos .Vires. — “Gobierno 
Nacional — Archivo de Buenos ¿Vires — 1810 — Tomo 61”. — La exis¬ 
tencia de este manuscrito me fué comunicado por el Sr. Juan Ernesto Pi¬ 
re] Devoto y su copia la obtuve merced a la gentileza del Capitán de Fragata 
Argentino, Jacinto K. Vahen. 



— 38 — 


III 


(¡Ejecución cíe la ©bra 

En el mes de Junió de 1809 se levantaron en el Cerro 
los ranchos, que por orden del Gobernador de la Plaza 
debían servir para alojamiento de los operarios y peones 
a emplearse en la construcción de la Fortaleza del Cerro. 

Los materiales destinados para la construcción de es¬ 
tos ranchos, levantados con varas de palma, cañas, tije¬ 
ras, laderos, horcones y tirantes de sauce, con techo de 
paja de totora y puertas y ventanas de cuero, ascendieron a 
la cantidad de pesos 154, 2 jo reales. (1) 

Al mes siguiente se dió comienzo a la extracción de 
piedra y excavación de los cimientos de la Fortaleza y 
al acopio de los materiales necesarios para la iniciación 
de la obra. 

Se acopiaron en ese mes 284 3¡4 fanegas de cal, 5800 
ladrillos y varias carradas de arena. 

Estos trabajos fueron empezados por el aparejador 
Miguel Estóvez (2), con 53 canteros (3). 

En Agosto se acopiaron 25000 ladrillos más, y se su¬ 
primieron los canteros por siete albañiles y 74 peones (4). 

Así se siguió trabajando y acopiando materiales du¬ 
rante el resto del año 1809, trabajando en Diciembre el 
siguiente personal: 1 aparejador, 9 albañiles y 4 carpinte- 


(1) . — Archivo Oral, de la Xación. — Caja 332 — Carp. 9 — Doc. 1. 
•— Montevideo. 

(2) . — El aparejador era el encargado inmediato y constante de la di¬ 
rección de los trabajadores empleados en la obra, siguiendo las ordenes e ins¬ 
trucciones del Ing. de la misma. 

(3) . — Archivo Oral, de la Xación. — Caja 332. — Carp. 9. Doc. 1. 

— Montevideo. 

i4). — Archivo Oral, de la Xación. — Caja 332. — Carp. 9. — 

— Montevideo. 


Doc. i. 



— 39 — 


ros, que ya eu este mes empezaron a construir las puertas 
de la obra. (5) 

("reo conveniente hacer constar, que la Fortaleza fue 
construida alrededor de la Casa llamada del ("erro, le¬ 
vantada en 1801, para alojamiento del personal de la fa¬ 
rola y vagías, y, que esta casa pasó a formar una de las 
dependencias del edificio central de la fortaleza. 

Por este motivo se notará que en la planta del plano 
levantado en 1810 por el Ing." José del Pozo, en la parte 
Este, no figuran las dependencias de la farola porque, es¬ 
tando ya ésta construida, no fué considerada en el proyec¬ 
to de obras que se ejecutaron por orden Elio. 

En Enero de 1810 trabajó en la Fortaleza el siguien¬ 
te personal: 

1 aparejador a Ib reales por día. 

12 albañiles a 20 *’ ” ” 

7 peones a 7 ” ” ” 

4 carpinteros a 10 ” cju. por día para hacer las 

puertas. 

2 canteros a 12 reales cju. por día para labrar las 
piedras de las explanadas. (6) 

('on poca variación en los jornales y número del perso¬ 
nal se continuó trabajando en esta obra hasta Mayo de 
1810; habiéndose invertido hasta esta fecha, en materia¬ 
les y mano de obra la cantidad de $ 42.891 con 5 1¡4 reales. 

La construcción se llevaba a cabo con gran actividad, 
hasta que un suceso inesperado vino a interrumpir los 
trabajos. 

El 2 de Abril de 1810, se reunió en Buenos Aires la 
Junta de Guerra presidida por el Virrey Baltasar Hidal¬ 
go de Cisueros e integrada, en calidad de vocales, por el 
Teniente General Bou Pascual Buiz Huidobro, el Briga¬ 
dier Sub-Inspector y Director de Ingenieros Don Ber- 


— Archivo Oral, de la Xación. — Caja 340. — C'arp. 8. — Doc. 1. 
— Montevideo. 

< 0 ). — Ardí. Oral. (U la Xación. — Ca ja 254. — Carp. 10. — Doc. 24. 
Montevideo. 



— 40 — 


nardo Leeoeq y una decena de Jefes de todas las ar¬ 
mas, la que había sido convocada para considerar el esta¬ 
do de las fortificaciones de Montevideo, a la que asistió 
el Coronel de Ingenieros Don José del Pozo, -Comandante 
del Real Cuerpo de Ingenieros de esta ciudad. 

En dicha sesión dió cuenta el Coronel del Pozo que las 
obras aún pendientes en Montevideo, eran la contraes¬ 
carpa y foso de la Cindadela y fortificación del Cerro, ma¬ 
nifestando que liara dar principio a la expresada fortifi¬ 
cación como a la extensión o aumento del Cubo del Sur, 
se le habían comunicado las respectivas órdenes jior el 
señor Gobernador Interino Ello, quien había asumido la 
responsabilidad de las mismas, exhibiendo al efecto los 
of;(dos correspondientes. 

Al tratarse el punto de la Fortaleza del ("erro, se re¬ 
conocieron los oficios de Ello de 31 de Mayo de 1808 por 
los cuales había propuesto a Ja Junta de Guerra la obra 
del Cerro, v habiendo del Pozo informado del estado en 
que se encontraba su construcción, mostrando los planos 
de Ja misma, y después de haber dado todos los datos que le 
fueron requeridos para que los vocales pudieran abrir jui¬ 
cio al respecto “fueron todos de sentir que, sin embargo de 
no considerar que la expresada obra pudiese llenar los 
objetos propuestos por dicho Jefe, en sus citados oficios, 
y, que respecto a que se manifestaba haber obtenido apro¬ 
bación de ese Superior Gobierno en aquella época, y aten¬ 
diendo otras circunstancias de que por varias considera¬ 
ciones no debía preseindirse en el presente tiempo, como 
también el haber expresado el referido señor del Pozo, es¬ 
taba próximo a concluirse, se verificase esto después de 
realizadas las demás de que como de preferente atención 
queda hecha ya referencia”. 

Se dejó igualmente constancia de que no era necesa¬ 
rio sustituir la obra del Cerro por otras baterías en las 
puntas que formaban la boca del Puerto, para la defensa 
del mismo, lo que había propuesto el Virrey, bajo el con¬ 
cepto de no haberse considerado de utilidad, aquella obra, 
puesto (pie para ello bastaban las lanchas y faluchos ca¬ 
ñoneros y, en defecto de unas v otras, las goletas o zuma- 




Lámina IV. 


N.° í Corte E. F. 

N.o 2 Corte A. B. — E. D. 


Copía del plano de la Fortaleza, exis¬ 
tente en el Museo Histórico Munici¬ 
pal de Montevideo. 































— 41 — 


cas del tráfico interior del río, que podrían prontamente 
armarse con uno o dos cañones de a 24. (7) 

De regreso de Buenos Aires, el Coronel del Pozo, con 
techa 25 de Abril del mismo año le escribió al virrey Cis- 
neros, dándole cuenta de su arribo a Montevideo, después 
de cinco días de viaje y adjuntándole una copia de los pla¬ 
nos correspondientes al primero y segundo proyecto del 
Castillo del Cerro. 

En esta carta Del Pozo trata de convencer al Virrey 
de la necesidad de continuar la fortaleza asegurándole 
cpie, a pesar de que ésta, está presupuestada en ciento 
treinta y tres mil pesos, la terminación de la obra no lle¬ 
gará a su mitad, pues según sus cálculos con un mes más 
de trabajo se finalizaría, invirtiendo a lo sumo unos cua¬ 
trocientos pesos. 

Informaba que era indispensable invertir cuando me¬ 
nos, la mitad de esos cuatrocientos pesos, a fin de evitar 
que resultaran graves perjuicios a lo ya ejecutado, como 
era acabar de cubrir los edificios, la bóveda del algibe, y 
la ese-alera que baja al almacén de la pólvora; todo lo cual 
era de indispensable necesidad para la conservación de 
los edificios. 

Le bacía saber también que había suspendido, el aco¬ 
pio de materiales, para que no se perdieran los sobrantes, 
a fin de que una vez consumido los existentes se dejara 
la obra en el estado que se bailare. 

Y, queriendo defender, desde Montevideo, lo que no 
pudo o supo hacer ante la Junta de Guerra realizada en 
Buenos Aires, para justificar, el emplazamiento del fuer¬ 
te en la cumbre del Cerro, le expresaba al virrey en la 
carta que comentamos: “Señor Exmo: no debo omitir ex¬ 
poner a la alta consideración de V. E. la diferencia que 
noto en tratar de los puntos de defensa de esta importan¬ 
te plaza a presencia y vista de su localidad o en ausencia 
o distancia de ella. Tan es que aquí me lia ocurrido algu¬ 
nas reflexiones sobre las ventajas y utilidades del Fuerte 
o Castillo del Cerro, que por no molestar a las graves y 


<7). — Archivo Oral, de la Nación. — Caja 339. — Carp. 7. — Doc. 
2. — Montevideo. 



— 42 — 


unidlas atenciones de V. E. no expondré más (pie la que 
conceptúo más indubitable y es la siguiente: 

“Siendo constante que de la conservación de la isla 
del Puerto, pende la defensa de dicho, lo es igualmen¬ 
te que la fortificación del Cerro, protege y defiende a di¬ 
cha isla, no solamente con sns fuegos directos, más tam¬ 
bién que estando expuesta si los enemigos situasen una o 
más baterías en la falda del ('erro, sería en breve arruina¬ 
da y esto no lo podrá executar fortificada la cúspide de 
dicho, sino tomando antes esta Fortaleza la que con qua- 
renta o cincuenta hombres se defiende de quatro o cinco 
mil por su ventajosa posición”. 

El virrev Cisneros contestó esta carta v,. al acusarle 

t/ t/ / 

recibo de los planos enviados, expresaba su desconformi¬ 
dad por la considerable cantidad en que había sido presu¬ 
puestada la obra en la cual ya se había invertido mucha 
parte sin noticia y aprobación de la Corte y recalcando 
“sobre la cual V. S. dió sus dudas por lo inútil para la de¬ 
fensa de esta palza en la Junta de Guerra, por la que vino 
a esta Capital y en la que concuerdan todos los jefes del 
cuerpo, de V. S. que se hallaban aquí a excepción del Sr. 
Brito por estar enfermo”. 

Agregando, para rebatir los débiles argumentos y 
razonamientos de orden militar, expuestos por Del Pozo, 
para justificar el emplazamiento de la Fortaleza del Ce¬ 
rro, dándole como única misión la protección de la Isla de 
Ratas son sobradamente bastante las baterías flotantes 
que con poquísimo costo se pueden poner en caso necesario 
sobre los buques y particularmente, las lanchas y faluchos 
cañoneras de la cual es una prueba “incostentables”. 

“Aun prescindiendo de los raciocinios facultativos 
que militan a favor de esta opinión, lo ocurrido cuando 
fué tomada esta Plaza por los ingleses, que no se abstu¬ 
vieron de intentar forzarla por el puerto, a pesar de los 
muchos buques (pie tenían para hacerlo y haber intenta¬ 
do su desembarco por el muelle una de las noches del si¬ 
rio, lo que no executaron a pesar de su destreza máxima 
por haber estimado el puerto con sus baterías y línea de 
buques, como lo era caso el punto más fuerte y pues (pie 



— 43 — 


entonces no había fortificación en el Cerro, es claro que 
habían podido estando a la opinión que V. S. produce abo¬ 
lía tomar la Isla de Ratas, pero como se hace esto y se co¬ 
locan y mantienen baterías en la Playa con tal fin habien¬ 
do lanchas (‘aboneras. (8) 

En virtud de la resolución de la Junta de Guerra, se 
suspendieron las obras de la fortaleza; pero meses después 
el 13 de Julio de 1810, el Cabildo de Montevideo, de acuer¬ 
do con la opinión del Gobernador Militar de la Plaza, re¬ 
solvió fuesen aquéllas continuadas y se pusieran en esta¬ 
do de hacer uso de las mismas. 

Dada la escasez de recursos se dispuso (pie se enviara 
un número de presidiarios a realizar estos trabajos, y, en 
vista de las dificultades que se presentaban para costear 
u la galleta”, para el mantenimiento de aquellos infelices, 
se resolvió que el Cabildo los solventase con los recursos 
ya creados para las demás obras de la defensa de la 
Plaza. (9) 

Reanudadas las obras, se trabajó en ellas hasta el mes 
de Mayo de 1811, habiéndose invertido hasta esta fecha 
en materiales y mano de obra la cantidad de pesos 11.273 
con 40 14 reales, incluso la cantidad de pesos 1.897 con 1 
12 real (pie se entregó como gratificación por orden del 
Virrey a los 60 presidiarios que trabajaron en la fortaleza, 
a razón de 30 pesos cada uno. 

Tanto en el año 1810 como en 1811 se trabajó en los 
días domingos y feriados. 

En Setiembre de 1811, se emplearon diez y seis jieones 
por el término de ocho días, bajo la dirección del sargento 
Román Blanco, en los trabajos de la escarpa de la Fortale¬ 
za, pagándose por mano de obra la suma de $ 62 con l|2 
real. (10) 


(8) . — Archivo Gral. de la Nación. — Buenos Aires. — Gobierno Na¬ 
cional. — Archivo de Buenos Aires 1810. — Tomo 61. — La existencia de 
este manuscrito me fue comunicada por el Sr. Juan Ernesto Pivel Devoto y 
su copia la obtuve merced a la gentileza del Sr. Capitán de Fragata Argen¬ 
tino Jacinto R. Vahen. 

(9) . — Revista del Archivo Gral. de la Nación. — Actas del Cabildo. 
— Tomo 9. — Pag. 437, 438 y 439. — Montevideo. — 1919. 

( 10). — Archivo Gral. de la Nación. — Caja 357. — Carp. 10. — 
Doc. 8. — Montevideo. 



— ‘14 


I)e manera que, el total de lo invertido por pago de ma¬ 
teriales, jornales y gratificaciones en la construcción de 
la Fortaleza del Cerro, — según datos tomados de las pla¬ 
nillas y libros de la Real Hacienda, existentes en el Ar¬ 
chivo Oral, de la Nación asciende a f 54.226 con 46 reales. 

El 30 de Agosto de 1812 el Gobernador don Gaspar 
Vigodct ordenó que, sin pérdida de tiempo se construye¬ 
ran dos corrales para asegurar los ganados que se habían 
mandado traer de la estancia del Cerro. (11) 

Uno de piedra de forma triangular, en el paraje don¬ 
de se había amasado la cal, al pie del Castillo del Cerro, 
para (pie sus fuegos guardasen los flancos, y otro de ma¬ 
dera que debía construirse en la loma alta del Paso de la 
Arena. Para estas construcciones se aprovecharían los 
presidiarios que estaban en el Cerro y, si fuera necesario, 
otros peones para la fabricación de ambos corrales, todo 
por cuenta de la Real Hacienda, cargando sus gastos al 
ramo de guerra como ejecutivo v de primera necesi¬ 
dad. (12) 

Desde el 11 al 21 de Octubre se emplearon también en 
estos trabajos pequeños destacamentos de unos 30 hom¬ 
bres cada uno correspondientes a la Compañía de Sevilla, 
Compañía de Cazadores y Voluntarios de Madrid los que 
alternaban diariamente en la tarea. 

El total de lo pagado por jornales de mano de obra 
ascendió a la cantidad de $ 104 con 9 reales incluido una 
gratificación de 2 reales por día que se dió al personal de 
tropa que intervino en la ejecución del foso que rodeó al 
expresado corral. (13) 


(11) . — La estancia que llamaban del Cerro que con el terreno agrega¬ 
do que nombra de San Gabriel “confía de tres leguas de frente al Pantano¬ 
so por la parte del Oeste, y otras tantas de largo en su fondo a la mar v Rin¬ 
cón de la Barra de Santa Lucía haciendo bolsa con dicho mar. Esta estan¬ 
cia es capaz de mantener tres mil caballos y mil bueyes y su ganado está des¬ 
tinado para el servicio diario de la Plaza, relevos y mudas de los destaca¬ 
mentos de toda esta banda para ocurrir a varias comisiones extraordinarias 
i|ue se ofrecen y para auxiliar cuanto se necesita a las partidas de los res¬ 
guardos”. — Montevideo 18 de Setiembre de 1818. — Archivo Gral. de la 
Nación. — Caja 462. — Montevideo. 

(12) . — Archivo Gral. de la Nación.-— Caja 474. — Montevideo. 

(13) . — Archivo Gral. de la Nación. — Cajas de Real Hacienda. — 
Año 1812. — Montevideo. 



— 45 — 


Fue el Coronel de Ingenieros don José del Pozo, co¬ 
mo ya lo liemos destacado, el que proyectó y dirigió los 
trabajos de la Fortaleza del Cerro. Secundaron a este Téc¬ 
nico el aparejador Miguel Este-vez y el Sobrestante Vi¬ 
cente de Ocio. 

Del Pozo nació en Extremadura, Obispado de Zafra 
el 28 de Febrero de 1751, y falleció en Montevideo, el 23 
de Enero de 1832; habiendo contraído enlace con Doña 
María Están:slada Sánchez dejó una numerosa familia. 

Por parte materna era hijo de milanesa, pues allí 
había nacido doña María Teresa Marquv Demarchi. 

Cuando falleció celebráronse sus exequias en la Igle¬ 
sia Matriz y al margen del asiento respectivo en el Libro 
de Defunciones, se lee esta nota: “Gratis” — los únicos 
a quienes se enterraban en esas condiciones era a los po¬ 
bres de solemnidad; — Del Pozo no lo era, antes bien, sus 
liij os Juan, Joaquín, Francisco y Angela estaban en posi¬ 
ción bien desahogada. 

Todo hace creer que aquella palabra entraña la gra¬ 
titud del párroco y vicario de 1832, que recordaba por tra¬ 
dición los buenos servicios que a la Matriz había prestado 
el buen Del Pozo en aquel entonces joven y notable téc¬ 
nico Ingeniero de la Academia de San Fernando. (14) 

El 25 de Febrero de 1811, se probó, en la fortaleza el 
alcance de los cañones y obuses, llevados a ella por el Ca¬ 
pataz de la Estancia del Cerro Marcelino Villagrán. 

Los cuatro cañones y dos obuses que llevó Villagrán, 
con sus correspondientes cureñas, demandaron un gasto 
de $ 37.00, que fué pagado por el expresado Capataz co¬ 
mo importe del transporte de dichas armas. (15) 

Fué tal el estruendo, que se rompieron varios vidrios 
de la Farola según parte del Vigía que lo era todavía el 
Primer Piloto Graduado de Alférez de Fragata Don Jo¬ 
sé Enriquez. 


(14) . — “Revista de la Sociedad «Amigos de lft Arqueología”, Tomo II, 
Montevideo. — “La Catedral de Montevideo’’ 1724 - 1930 — por Guillermo 
Furlong Cardiff, S. J. 

(15) . — * Archivo Gral. de la Nación. — Libro 294. — Manual de Te¬ 
sorería. 



— 46 — 


Hemos tratado de buscar el informe técnico, acerca 
de los resultados de esta prueba sin poderlo encontrar. 
En él hubiéramos podido comprobar, posiblemente el pri¬ 
mer fracaso originado por el pésimo emplazamiento de la 
fortaleza y el poco alcance de su artillería para poder 
cumplir su misión en la Defensa del Puerto de Monte¬ 
video. 


IV 




CA 


ificaeicnes, _ jnipJ/c/c/enes 


ip/li 


U 


epcíL’aeicn es 


Terminada la Fortaleza del Cerro, su constructor, el 
Coronel de Ingenieros José del Pozo, elevó en Diciembre 
de 1811, el plano respectivo. 

Una copia de este plano fechada en el año 1810, posi¬ 
blemente un duplicado del (pie presentara el Coronel del 
del Pozo a la Junta de Guerra realizada ese mismo 
año en Dueños Aires, a cpie ya nos hemos referido se 
encuentra en el Museo Histórico Municipal de esta Ca¬ 
pital. 

Por el plano y cortes (pie publicamos se podrán apre¬ 
ciar las grandes modificaciones que se han realizado en 
esta Fortaleza a través de 125 años de existencia. 

Se trata de una obra defensiva de trazado poligonal, 
un verdadero baluarte, formado esencialmente por un 
ángulo, cuyo vértice está hacia la isla Libertad en direc¬ 
ción Sudeste y cuyos lados llamados caras se quiebran 
hacia el interior, formando los flancos (Norte y Sur) ce¬ 
rrando la obra por la espalda, la quinta línea llamada 
gola. Un puente levadizo construido en el flanco Norte, 
próximo a la gola, permitía el acceso a la Fortaleza. 

Durante la dominación lusobrasileña se arreglaron y 
levantaron los parapetos; se hizo una garita; se arregló 



— 47 - 


la entrada a la Fortaleza y portón de la misma; se arre¬ 
glaron las azoteas y los cuarteles, se hicieron, además, 
tarimas para los mismos, plataformas de piedras, y se 
pusieron dos rastrillos (1). 

En setiembre de 1842 bajo la dirección del Capitán 
de Ingenieros Juan Pedro Cardillar, se hicieron impor¬ 
tantes modificaciones y reparaciones en la Fortaleza 
para ponerla en condiciones de poder ser utilizadas du¬ 
rante la Guerra Grande. 

En estas modificaciones cabe destacar la colocación 
de un portón de 8 pies y 8 pulgadas de alto y 7 pies y 7 
pulgadas de ancho el cual estaba forrado por la parte 
baja por planchas de hierro hasta la altura de cuatro 
pies (2). 

El estado de la Fortaleza al principio de la Guerra 
Grande era el siguiente: los fosos habían desaparecido 
casi del todo, y sólo a los lados del portón existía algo 
rpie los recordaba, por lo tanto, la mayor altura del muro 
era, en el lado del portón contando desde el pie del foso, 
de 6 l j 2 a 7 varas. 

El portón era de 2 1¡2 varas y de alto y 2 de ancho, 
tenía 2 hojas, estalla construido de fierro y se cerraba por 
dentro con llave y barrotes del mismo metal. 

El costado más accesible era el que miraba a la zanja 
de Poanell pues en el centro había una gran piedra sobre 
la cual descansaba la muralla y por la que podría subirse 
aunque con algún trabajo, pero únicamente por el frente 
de ella, porque sus costados estaban cortados perpendi¬ 
cularmente; presentaba un plano que podía contener dos 
hombres y desde este plano hasta la terminación del pa¬ 
rapeto había tres varas. 

A un lado y otro de esta piedra disminuía la altura 
de la muralla, algo más de una vara, por la que el foso 


<1). — "Protocolo de las conferencias tenidas desde el 14 al 31 de 
Marzo de 1829 entre los comisarios del Imperio del Brasil y los del Estado 
de Montevideo para la desocupación de la Plaza, con arreglo a lo pactado 
di el Art. 13 de la Conv.on Preliminar de Paz”. Archivo N. de Río de 
Janeiro. Caja 639. Sec. Administrativa. ( .Atención del Sr. Juan E. Pivel 
Devoto ). 

( 2). — Archivo (.. de la Nación. Caja 1316, año 1843. Montevideo. 



— 48 — 


había desaparecido tanto en este frente como en los otros 
restantes que estaban en puntos opuestos al portón. 

Por haber sido este costado el más susceptible de es¬ 
calarse era también el más vigilado. Hasta el año 44 po¬ 
nían de noche cuatro centinelas en los ángulos de la for¬ 
taleza, y uno más en el centro ele este frente que es donde 
venía a quedar la piedra de que he hecho mención. 

También el costado que mira a Santa Lucía presen¬ 
ta facilidades de asalto. La muralla tendría de cinco a seis 
varas de alto y el terreno era casi enteramente plano. En 
esta parte y junto al muro había un corral de piedra suel¬ 
ta de forma circular que encerraba algún ganado y ca¬ 
ballos. 

El parapeto por la parte interior tenía vara y cuarto. 

El edificio antiguo de material, que había en el cen¬ 
tro de la Fortaleza, estaba rodeado con medias aguas de 
madera donde se alojaba la tropa; las puertas de éstas 
miraban a las explanadas, eran corridas y tenían de an¬ 
cho cinco varas. 

Las bocas de fuego eran once, desde el calibre de 4 
hasta el de 24. Comprendíase, en las del primero, dos 
carroñadas montadas en cureñas de mar. Sobre la zanja 
de Doanell, habían tres piezas: una de 24, otra de 18, y 
otra de 9. En el frente que ocupaba el portón y el que 
estaba a su espalda también existían tres piezas. 

Todas ellas dormían de noche cargadas a bala y con 
un tarro de metralla en la boca. La caja que contenía la 
dotación de municiones para su servicio estaba al lado 
del asta de la bandera en el frente que ocupaba el portón. 

El número de los artilleros que la servían sería de 
20 hombres y sus armas eran machetes de marina. En 
1844 la guarnición era de 250 hombres de las 3 armas; 
sólo en casos extraordinarios se aumenta Ira su número; 
los víveres se traían cada quince días o 20 y se llamaban 
de refuerzo y se guardaban con el objeto de servir en 
caso de grandes temporales que impedían la venida dia¬ 
ria (3). 


(3). — Archivo del Cml. Don Francisco Lasada. Jefe del Kstado Ma¬ 
yor del Ejército Sitiador (1844). 




Lámina V. — N.° í Frente Sur. 

N.o 2 Frente Este. 

Copía del plano de la Fortaleza, existen¬ 
te en el Museo Histórico Municipal de 
Montevideo. 




































49 — 


Después de la Guerra Grande la Fortaleza quedó en 
muy mal estado. 

Los diarios de 1855 lo denunciaban y expresaban (pie 
ya habían hecho tres presupuestos, pero que no se habían 
empezado los trabajos por falta de fondos (4). 

En Setiembre de 1861 se empezó a deshacer el corral 
denominado del Estado, que estaba situado a-inmediacio¬ 
nes de la Fortaleza y que como ya lo hemos dicho, fue 
construido en el año 1812. Pero, en conocimiento de este 
hecho, el Ministro de Guerra y Marina, ordenó por oficio 
de 27 de Setiembre de 1861 al Jefe de la Fortaleza que 
suspendiera este trabajo, dándole contraorden el 2 de 
Octubre de 1861, en los siguientes términos: ‘‘Contéstese 
al Jefe del Cerro que habiendo acordado en este Miirs- 
terio don Antonio C. Aguirre ser dueño del terreno donde 
existe el corral de piedra en ese local, cpieda sin efecto la 
orden, que se le dió el 27 del ppdo. (5). 

El 2 de Junio de 1862, se aprobó el presupuesto para 
proceder a refaccionar el portón del castillo, formulado 
por el maestro Carlos Poggio, en la cantidad de pesos 
180.00 (6). 


(4) . — "El Comercio del Plata”, Junio 2 de 1855. — Montevideo. 

(5) . — Archivo G. de la Nación, Ministerio de Guerra v Marina, 
Año 1861, carpeta 90, Montevideo. 

(6) . — Archivo del Estado M. del Ejército. Construcciones y Repara¬ 
ciones. Montevideo. A raíz de un pedido de reparaciones de la Fortaleza, 
considero de interés dar a conocer el siguiente informe del Gral. José M. 
Reyes, presentado en 1862: 

‘‘Ministerio de Guerra y Marina. — Montevideo, Octubre 28 de 1862. 
Al Señor General Inspector de Artillería, para que haga levantar el presu¬ 
puesto de las refacciones más indicadas que necesita la Fortaleza del Cerro, 
y lo remita para proveer. Egaña. 

Exmo. Sor. — Siendo extensiva la Superior disposición que precede a 
todas aquellas reparaciones indispensables que reclame la conservación del 
Castillo del Cerro, creí conveniente, antes de mandar levantar el presupues¬ 
to a que ella se refiere, practicar personalmente un reconocimiento de todas 
sus obras para ordenar instruir al arquitecto de los trabajos que hubiera que 
presupuestar. — Verificado dicho reconocimiento, observé ante todo, que 
lo más urgente era la inmediata reparación de las troneras de la batería que 
han perdida sus formas y perfiles, con el uso de la artillería; y que en el 
estado en que se encuentran están expuestas a destruirse rápidamente exi¬ 
giendo más tarde trabajos serios y dispendiosos para restablecerlos. Ade¬ 
más de esa obra que de suyo es de un costo reducido debe reponerse el techo 
de la entrada cubierta del portón que sirve para la defensa de sus accesos 



— 50 — 


El 10 de .Marzo de 1804, el señor Santiago Soudries, 
presentó un presupuesto después de reconocer los muros 
y troneras de la fortaleza, comprometiéndose a construir 
once troneras de ladrillos y cal con el espesor de tres 
ladrillos y recorrer todos los muros por la cantidad de 
$ 700.00. Se comprometía además a nivelar, terraplenan¬ 
do lo necesario y conveniente para que las piezas de caño¬ 
nes pudieran correr por toda la explanada del muro pi¬ 
diendo por este trabajo $ Ü00.00, moneda antigua. 

La ('omisión de Obras Públicas desechó este Presu¬ 
puesto y a su pedido se mandó verificar de nuevo, tras¬ 
ladándose el interesado a la Fortaleza acompañado de un 
miembro de la Comisión (7). 

La preocupación del Gobierno en 1864 y 1865 de or¬ 
ganizar la Defensa de la Plaza de Montevideo, para opo¬ 
nerse al avance del Ejército del Oral. Venancio Flores, 
llevó su atención también a la Fortaleza del Cerro y así 
encontramos en esta época un interesante informe hecho 
sobre dichas fortificaciones x>or el Cnel. de Ingenieros 
don Joaquín Teodoro Egaña, Presidente del Cuerpo de 
Ingenieros, creado para dirigir las obras de defensa el 25 
de Diciembre de 1864. 

Egaña encontró la Fortaleza bastante bien conser¬ 
vada, la que necesitaba, sin embargo, a su juicio, algunas 
ligeras reparaciones de que (lió cuenta. 

“Se han levantado últimamente — informa Egaña — 
sobre la barbeta, que de suyo es de poco espesor, unas 
porciones de parapetos, para formar cañoneras, y como 
éstas no son merlones completos y distan mucho entre sí, 
han cerrado los espacios intermedios con unos ligeros 
antepechos o pretiles que apenas son bastantes para re¬ 
sistir el fuego de fusil, siendo además de piedra que es el 


v colocación de su guardia, y renovarse la juntura y blanqueo de todas las 
habitaciones interiores y cuarteles que lo reclamen también con urgencia, 
como lo expresa ei jefe que lo manda. En este concepto, si la Superioridad 
lo tiene a bien podrá destinarse por esta Inspección un artista inteligente 
para que forme el presupuesto de esas reparaciones, si ellas merecen su apro¬ 
bación. — José María Reyes. — Miguelete, Diciembre 13 de 1862 b 
(7). — Archivo Oral, de la Nación. — Caja 738. — Montevideo. 



— 51 — 


material más contraindicado para este objeto, se compren¬ 
de que se lia contado con la dificultad que ofrece el punto 
culminante en que está situada esa obra para ser batida 
con artillería; pero no es por esto absolutamente impo¬ 
sible". 

Este defecto no demandaba según Egaña, una pronta 
reparación, pero en cualquier ocasión que se considerara 
necesaria se podía remediar más fácilmente, de diferen¬ 
tes modos. 

Sobre la puerta de entrada a la fortaleza, existía 
constancia de haber habido una plataforma de madera, 
de la cual no existían en ese momento más que tres vigas 
de las que la sostenían. 

Esta plataforma tenía por olí jeto defender el portón 
de entrada, el cual tenía dos troneras en el muro corres¬ 
pondiente a esta parte, que se empleaba para colocar los 
pequeños cañones que aumentaban su defensa, pues la 
naturaleza del terreno, sumamente escarpado, no había 
permitido fosear esa parte para establecer un puente. 

Consideraba Egaña, (pie el restablecimiento de la 
plataforma era indispensable para la buena defensa de la 
Fortaleza. 

Las garitas estaban expuestas a derrumbarse, fal¬ 
tando en algunas de ellas unos pequeños maderos, que 
afianzados en las jambas, sostenían el dintel de las 
puertas. 

En el muro exterior de la Fortaleza, existían unos 
agujeros o machinales, que según opinión del informante 
convenía tapar. 

En el muro Este existía un pararrayos cuyo traslado 
aconsejó Egaña al muro Oeste, donde podía proteger la 
farola al mismo tiempo que el depósito de pólvora, que, 
como ya lo hemos dicho se encontraba donde está actual¬ 
mente; próximo al ángulo sudoeste de la Fortaleza (8). 

De acuerdo con el informe del Coronel Egaña, se rea- 

(8). — Archivo Oral, de la Nación. Legajos del Ministerio de Guerra 
y Marina. — Año 1864. — Montevideo. 



52 — 


liza ron estas ornas en la Fortaleza: reboque v reiamón 
de las garitas; reconstrucción del portón, con dobles plan- 
olías de fierro; reboque prolijo del aljibe y compostura; 
construcción de galpones de inedia agua, para depósitos 
de grano y forrages; cambio del pararrayos, para prote¬ 
ger el almacén de pólvora y municiones; además se pro¬ 
veyó a la Fortaleza de sacos de arena para reforzar los 
parapetos en los casos necesarios. El Jefe de la Fortaleza 
comunicaba en Enero 8 de 1865 la terminación de estas 
obras, salvo algunos detalles que se terminaron des¬ 
pués. (9) 


Sería muy extenso detallar en estos trabajos todas 
las reparaciones y modificaciones hechas en la Fortaleza; 
señálanse las más importantes: 

En 1872 se cambió el piso de la explanada de la For¬ 
taleza. En 1873 se colocó un portón entero de fierro y 


once rejas. 

En 1875, se realizaron en total reparaciones (pie as¬ 
cendieron a $ 1.983.00. 


Durante el Gobierno del General Santos y bajo la 
dirección del Ingeniero Militar Roberto Armenio, la For¬ 
taleza del Cerro, que se hallaba desmantelada y artillada 
con piezas antiguas y pequeñas, fué reconstruida colocán¬ 
dose en baterías j)iezas de artillería modernas y de gran 
calibre. 


Otras ampliaciones se fueron haciendo después, cons¬ 
truyendo obras junto a la barbeta de la fortaleza, tales 
como cuerpo de guardia, calabozos, alojamientos para el 
vigía, para el personal del faro, etc., hasta llegar al estado 
de transformación en que actualmente se encuentra. 

Construcciones que, al restaurarse este manumento 
histórico deberán ser demolidas. 


(9). — Archivo Gral. ele la Xación. Legajo del Ministerio de Guerra 
v Marina. — Año 1865. — Montevideo. 



Y 


S'tírlillev. 


ia 


Desde que fue artillada por primera vez la Fortaleza, 
en 1811 con cañones y obuses, los calibres de los primeros 
que más se utilizaron en esta obra fueron, los de 18 y 24; 
artillería de plaza cañones de a v an-earga de hierro que 
arrojaban un proyectil esférico, de un peso igual a 18 ó 24 
libras francesas. 

Y estos mismos se utilizaron hasta la Guerra Grande, 
agregándose a su dotación otros de calibres menores y 
también algunos de bronce. 

En el año 1861, según el estado de existencia del Par¬ 
que Nacional, la Fortaleza contaba con siete cañones des¬ 
montados. 

En 1863 se llevó uno de bronce. 

En 1864 existían piezas de artillería de 6, 18 y 24. 

En 1865 existían piezas de hierro de 12 de mucho al¬ 
cance; uno de bronce clasificado débil por su poco metal; 
y tres carroñadas de fierro de 4, 6 y 16. 

En el mes de diciembre de 1864, decía el Coronel de 
Ingenieros Joaquín Teodoro Egaña, en informe que elevó 
a la Superioridad, después de Inspeccionar la Artillería 
de esta Fortaleza: “Lo que allí se necesita es una guarni¬ 
ción regular y dotarla de alguna artillería, entre ella dos 
piezas de alguna fuerza. Las que allí existen se componen 
de un cañón de bronce de a 16, bastante bueno así como 
su montaje, pero carece de la rosca de puntería y de una 
pequeña carroñada de fierro calibre de a 6 a propósito pa¬ 
ra la plataforma del portón. 

“La primera tiene 51 balas y 53 botes de metralla, y 
la segunda 28 balas y 17 botes. Los proyectiles de esta úl¬ 
tima debían estar ensalerados y una y otra tener 200 ti¬ 
ros por lo menos, cada una. 



— 54 — 


“Sería conveniente proveer a esa fortaleza de grana¬ 
das de mano, para no dejarla escalar o minar la escarpa, 
pues esta obra no se flanquea recíprocamente y no tiene 
otra defensa que sus fuegos directos y fijantes que son 
los de menos efectos. (1) 

En Enero de 1865, el Director de Artillería, Coronel 
Guillermo Muñoz, después de detallar el estado de las 
piezas de la Fortaleza y de los cambios que se habían he¬ 
cho en ellas de acuerdo con el informe del Coronel de In¬ 
genieros, expresaba a continuación: 

“No creo impertinente agregar, que por la posición 
de aquella Fortaleza, se puede decir que los alcances de 
los cañones sea talvez el triple del de cada calibre, pero 
de inciertos efectos por tiros fijantes, y que por consi¬ 
guiente no habría conveniencia en tirar con ciertas excep¬ 
ciones a muy largas distancias. (2) 

El tiro fijante, a que se refieren estos técnicos, pro¬ 
viene de la elevada pendiente en que se encuentra la for¬ 
taleza. Se da el calificativo de tiro fijante, al tiro hecho 
de modo (pie la trayectoria del proyectil corte a la super¬ 
ficie del terreno formando un ángulo bastante grande. 

El tiro rasante, la trayectoria es o se aproxima a ser 
paralela al terreno, en este sentido el tiro rasante se dis¬ 
tingue del tiro fijante en cuya trayectoria corta al terre¬ 
no más oblicuamente. 


En 1867 habían piezas de artillería del calibre de 18; 
en 3870 existían cañones de bronce; en 1872 había una 
pieza de fierro con montaje de plaza calibre 36; en 1873 
existían 9 cañones del calibre de 12, 18, 24, 30 y 36; en 
1879 la artillería que existía estaba en muy mal estado. 

En 1882 el Ingeniero Militar Roberto Armenio, Di¬ 
rector de la Oficina de Ingeniería Militar, creada en nues¬ 
tro país durante el Gobierno del General Santos, en la 
primera parte de su proyecto de defensa de Montevideo, 


( 1 ) — Archivo Oral, de la Nación. — Legajos del Ministerio de Gue¬ 
rra y Marina. — Año 1864. — Montevideo. 

(2) — Archivo Oral, de la Nación. — Legajos del Ministerio de Gue¬ 
rra y Marina. — Año 1865. — Montevideo. 



00 


después de una serie de consideraciones sobre la organi¬ 
zación de esta defensa llegaba, a esta conclusión: 

1.—Que el fuerte del O erro puede tener sus baterías 
a barbetas (vista su elevación) para sostener el 
ataque contra un buque acorazado, cuando sea ar¬ 
tillada y arreglada convenientemente. 

20—Que la torre blindada giratoria siendo niuv útil 
para la defensa de las costas, y de menos costo 
que un fuerte de mar encorazado, es muy apro¬ 
piado para la defensa del Puerto de Montevideo. 

Pero la Fortaleza del Cerro, artillada con los mayores 
cañones que boy existen, por ejemplo: los de 100 tonela¬ 
das que arrojan un proyectil de mil kilogramos ella sola 
nunca será suficiente para la completa defensa de Mon¬ 
tevideo. 

En 1890 existían 18 piezas de artillería, y se pidieron 
4 piezas sistema Krupp que fueron recibidas el día 8 de 
noviembre del mismo año. 

En 1892, existían las piezas Krupp y obuses de 8, 
12 y 18. 

En 1896, la Fortaleza del Cerro estaba artillada por 
las siguientes piezas: 6 cañones Krupp cierre Krainer; 2 
Armstrong, en pésimas condiciones; 2 ametralladoras, en 
ídem; 14 piezas de ante - carga, antiquísimas en iguales 
condiciones. 

En 1897, se desmontó una Armstrong, por ofrecer mu¬ 
cho peligro dado el mal estado en que se encontraba su 
montaje y se solicitaron dos cañones Krupp, que habían 
sido de la cañonera ‘‘General Artigas”, más un cañón 
Banger, un cañón Canet y 6 piezas. 

Recién en Febrero de 1904, el Tte. Cnel. Carlos Mo¬ 
rador y Otero llevó a la Fortaleza una batería compuesta 
de 6 piezas sistema Bange las que se emplazaron en el 
cuadrante Nord-Este de la expresada Fortaleza. 

En Abril del año 1906, el Jefe de la Fortaleza Coro¬ 
nel Martín Cardoso, en nota que pasó al Jefe del Estado 
Mayo] , decía que, de acuerdo con la orden verbal del Mi¬ 
nistro de Guerra y Marina, había entregado cinco piezas 



— 56 — 


de bronce de a van-carga a la Comisión del Monumento a 
Garibaldi; habiendo dejado en la expresada Fortaleza las 
piezas que tenían los siguientes lemas: 

1. “Sevilla 26 de Noviembre 1774 A. N.”; 

2. “Liberte Egalite París 1793”; 

3. “Restaurador Rosas, 1814”; 

4. “Sitio de Montevideo, 1836”; 

5. “Sitio Grande de Montevideo, 1843”, y dos ca- 
ñoneitos de la Cruzada Libertadora. (3) 

Todos estos cañones que en la guerra dispararon con¬ 
tra los enemigos de la patria, en la paz, cantaron con ron¬ 
co estruendo, la gloria de la fecha nacional. 


VI 


5 a lucios a la líBlaza cíe zÁIonicuíde o, 
salvasdisparos cíe ordenanzas 
y honores mi litares 


Después de demolido el fuerte de San José, en 1880, 
los saludos a la Plaza de Montevideo, salvas, disparos de 
ordenanzas y honores militares que hasta entonces se ha¬ 
cían en aquel Fuerte, se empezaron a hacer en la Fortale¬ 
za General Artigas. 

Ella debía saludar a la Plaza en los siguientes días: 
el Sábado Santo al tiempo de Aleluya; el 19 de Abril; el 
1." de Mavo; el 25 de Mavo v el 18 de Julio, a las 12 m.; el 
día de Corpus Christi, con intervalos de 2 minutos duran¬ 
te la procesión; el día 25 de Agosto se hacían tres salvas: 
una a la salida del sol, otra a medio día y la última a la 
puesta del sol. 


(3) — Datos tomados del Archivo del Estado Mayor del Ejército. — 
Montevideo. 



— 57 — 


Estas salvas se hacían manteniendo izada, en el mas¬ 
telero principal, la bandera Nacional. 

Para saludar o retribuir el saludo de algún buque de 
guerra que entraba o salía del Puerto de Montevideo, iza¬ 
da la bandera nacional en el mastelero del centro, se en¬ 
canastaba, anticipadamente, la de la nación a que perte- 
tenecía el buque que se saludaba, o cuyos saludos se re¬ 
tribuían, desplegándola al primer disparo de cañón, en el 
mastelero de la derecha, contestando, tiro por tiro siem¬ 
pre que era posible. 

Los disparos de ordenanzas que diariamente bacía 
esta Fortaleza, con una de las piezas de artillería en ser¬ 
vicio, eran tres; el primero al venir el alba, el segundo a 
la entrada del sol y el tercero al toque de retreta. 

El tercero había sido suprimido, en los últimos años 
que se hicieron dichos disparos en la Fortaleza. 

Cuando lo disponía el Estado Mayor General del 
Ejército, la Fortaleza bacía los honores que establece el 
Código Militar (1). 

El 3 de Abril de 1882 la empresa Costa y Cía., que 
tenía a su cargo el funcionamiento de la farola del Cerro, 
se presentó en queja al Gobierno manifestándole que, a 
consecuencia de los disparos de cañón de grueso calibre 
que se hacían diariamente en la Fortaleza, el faro allí co¬ 
locado sufría inconveniente que alteraba su servicio re¬ 
gular. 

La fuerza de las detonaciones era tal a juicio de los 
reclamantes, que, además de causar la intermitencia de 
la luz, al extremo de apagarla, el estremecimiento causa¬ 
ba la rotura de los cristales de un espesor de 1 centí¬ 
metro. 

La frecuencia con que se repetían estos hechos, que 
constituían un peligro para la existencia del faro, impor¬ 
taba, además para la Empresa reclamante, nuevas eroga¬ 
ciones, ya que, el servicio que ésta prestaba era espontᬠ
neo y gratuito. 

La Empresa reclamante hizo saber al Gobierno, que 
si éste no tomaba medidas al respecto, en adelante, ella 

(1) — Reglamento Interno de la Fortaleza Gral. Artigas. 



— 58 — 


no se responsabilizaba por lo que pudiera ocurrir] e al fa¬ 
ro, por su derrumbe o falta de luz por efecto de los dis¬ 
paros, como así también por la rotura de los cristales que 
a diario se producían (2). 

El Gobierno tomó las medidas correspondientes para 
(pie esto no se repitiera. 

Hasta 1892 las piezas de cañón con que se hacían los 
disparos diarios de ordenazas eran de calibre 12 y 18 de 
diámetro, las que originaban un gasto diario de 16 libras 
y media de pólvora. 

Con el propósito de realizar una economía sensible en 
el gasto de este explosivo el Jefe de la Fortaleza propuso, 
en el mes de octubre de 1892, que estos disparos se hicie¬ 
ran con una pieza de 8 que al efecto se les podría propor¬ 
cionar del Parque Nacional, en sustitución de otra de 
igual calibre que se encontraba en la Fortaleza completa¬ 
mente inutilizada por estar desfogonada y en mal estado 
su montaje. 

En el mismo mes el Parque Nacional, de acuerdo con 
lo solicitado, entregó al Jefe de la Fortaleza una pieza 
de cañón lisa de avancarga, calibre 8 centímetros, monta¬ 
da, con la cual en lo sucesivo se hicieron las salvas regla¬ 
mentarias (3). 

La cantidad de disparos de cañón que se hacían en 
las conmemoraciones de los aniversarios patrios, hasta 
ciento un cañonazo por vez, ocasionó en diversas oportu¬ 
nidades desperfectos de consideración y hasta accidentes 
que puso en peligro la vida del personal encargado de 
efectuarla. (4) 


(2) — Ardí. Oral, de la Xación. — Ministerio de Guerra y Marina. 
Abril de 1882. 

(3) — Archivo del Estado Mayor del Ejército. — Libro 1%. 

(4) — Por no citar todos estos hechos, mencionare sólo dos corrobo- 
rantes de lo dicho : 

Las continuas salvas habidas en las fiestas patrias del mes de Agosto 
de 1894, ocasionaron desperfectos en una garita y cuatro troneras: y en las 
efectuadas el 25 de Agosto de 1897 fueron heridos el Tte. 2.° Don Kladio 
C. Moreno en el nervio óptico del ojo izquierdo y el Sargento 2. Distinguido 
Don David C. Costa que recibió quemaduras de bastante gravedad, en se¬ 
guida fueron atendidos por el médico de Policía y trasladados al hospital. 
( Archivo listado Mayor del Ejército. — Libro 198. — Montevideo ) 



— 59 — 


A pedido del Director del Observatorio Meteorológi¬ 
co del Colegio Pío de Villa Colón, el Ministerio de (inerra 
y Marina autorizó al Jefe de la Fortaleza para (pie diese 
aviso a dicho Colegio, antes de hacer los disparos regla¬ 
mentarios (10 minutos) a fin de que el expresado Direc¬ 
tor pudiese confeccionar la Tabla Velocidad del Sonido 
a distintas temperaturas que se habían propuesto. (5) 

La última guarnición militar de la Fortaleza, com¬ 
puesta de un oficial y 10 artilleros, fue retirada a media¬ 
dos del año 1930, impidiendo ello que el fuerte pudiera 
saludar a los buques de guerra extranjeros que en ocasión 
de las fiestas de nuestro Centenario nos trajeron el saludo 
de sus respectivos países, puesto que estos honores fue¬ 
ron hechos por la Batería de saludos del Arsenal de Mari¬ 
na construida al efecto para reemplazar a la que hasta en¬ 
tonces funcionaba en la Fortaleza. 


VII 


( /(f (íseudo de firmas de 
(¿lindad de 3 Montevideo 



El ilustre historiador y diplomático I). Andrés La¬ 
mas, en el estudio de antecedentes para determinar el 
escudo de armas de Montevideo, comprobó que la primer 
medalla de esta ciudad de que se tiene noticia, conmemora 
la jura del Rey Carlos IV, en 1789, la cual tiene en el re¬ 
verso el Cerro, y en su cima un castillo con tres torres. 

Comprobó, también que la medalla acuñada con mo¬ 
tivo de la jura de Fernando VII, en 1808, tenía igualmen¬ 
te en su reverso el Cerro con el castillo ya descripto, y, 
por último, que el Real Decreto de 24 de abril de 1807, al 


(5) — Archivo Estado Mayor del Ejército. — Libro 203. — Octubre 
7/893. — Montevideo. 



— 60 — 


declarar a Montevideo muy fiel y reconquistadora ciudad 
manda “que al escudo de sus armas pueda añadir las 
banderas inglesas abatidas que apresó en dicha Recon¬ 
quista, con una corona de oliva sobre el Cerro atravesada 
con otra de mis reales amias Palma y Espada”. 

Después del estudio de estos antecedentes el Dr. An¬ 
drés Lamas llega a la conclusión de que el escudo de ar¬ 
mas de Montevideo, tenía el Cerro y en su cima un castillo 
con tres torres. 

Esta conclusión — dice el Dr. Lamas — nos parece 
sólidamente establecida, y sólo nos resta averiguar si el 
castillo con tres torres que se encuentra sobre el cerro re¬ 
presenta una distinción o un simple hecho material. 

Para considerarla como una distinción — expresa — 
necesitaríamos algún suceso meritorio con el cual pudiera 
relacionarse, como por ejemplo, alguna acción de guerra 
que mereciera ser mencionada, recomí:)ensada o perpetua¬ 
da en esta forma; y el suceso debía ser anterior a la pro¬ 
clamación del Señor Dn. Carlos IV, puesto que la medalla 
conmemorativa de su jura ya el Cerro estaba sumontado 
por el castillo. 

Reconoce que no ha dado con ningún suceso político 
a que atribuir una conmemoración de ese género, “al paso 
que estudiando algunos papeles relativos a la fortifica¬ 
ción de Montevideo — dice Lamas — encontramos — con¬ 
tinúa — que en los planos del Ingeniero don Diego Lar¬ 
doso y en una nota del Gobernador de Buenos Aires Don 
Miguel Salcedo, estaba iniciada la conveniencia de cons¬ 
truir un fuerte a la cabeza del Cerro de Montevideo, en 
la que se conservarían, mientras aquella obra no se hicie¬ 
ra algunos cañones de mayor calibre con los reparos mas 
indispensables para concurrir al respeto y a la defensa 
del puerto”. 

“Desde que las fortificaciones proyectadas — conti¬ 
núa — tendían a hacer de Montevideo una respetable pla¬ 
za de armas, el castillo (pie corona su escudo, bien pudiera 
ser la representación simbólica de ese hecho o de ese des¬ 
tino”. 

No obstante considera don Andrés Lamas, que sin 



— 61 — 


darle a esa representación — aún sin estar hecha la cons¬ 
trucción del castillo — al configurarse el Cerro en el es¬ 
cudo de armas, si su cima estaba artillada, ese accidente 
no podía ser omitido y al representarlo con las expresio¬ 
nes figurativas o el simbolismo de la heráldica, la mo¬ 
desta batería toma la forma de torre o castillo. 

El castillo, a su juicio, forma con el Cerro, en el (pie 
queda incrustado una sola pieza, una sola ciudad. 

Después de todo lo expuesto, concluye don Andrés 
Lamas por afirmar que las primeras armas de la ciudad 
de Montevideo eran: “El Cerro, en la cima del Cerro un 
castillo con tres torres; y en su base las aguas, que en la 
descripción de las medallas llamamos del mar, porque 
hasta allí llegan mezclándose con las del Río de la Plata, 
las del mar Atlántico”. 

Como ya lo hemos demostrado en la cima del Cerro 
no hubo ninguna obra de fortificación hasta el año 1809, 
época posterior a la acuñación de las medallas conmemo¬ 
rativas de la jura de don Carlos IV y Fernando VII, como 
así también a la reconquista de Buenos Aires que dió mé¬ 
rito a la modificación del escudo de armas de la ciudad 
de Montevideo. 

Por consiguiente el castillo de tres torres que figura 
en el escudo de referencia nada tiene que ver a mi juicio, 
con la fortificación levantada en la cumbre del Cerro, ni 
puede ser la representación simbólica de ese hecho o de 
ese destino. 

Ya sabemos que los escudos de armas representan los 
blasones de un estado, provincia, ciudad o familia, y que 
las figuras de este escudo pueden ser: heráldicas, natura¬ 
les, artificiales o quiméricas. 

Entre las figuras artificiales, que son las más nu¬ 
merosas, figuran: poblaciones, castillos, puertas, torres, 
puentes, etc., así como armas de todas clases. 

No pretenderé, en este Capítulo, hacer un estudio de 
heráldica porque escapa al motivo fundamental de mis 
investigaciones. 

Ya sabemos que el Castillo y el nombre de Castilla 



62 


dado a las comarcas (le la Península proviene de la can¬ 
tidad de castillos que había en la misma. 

Cuando se unieron los dos reinos de Castilla y León, 
en 1037, bajo el reinado de Fernando I el Magno, y luego, 
en 1072 cuando reinó en Castilla Alfonso VI, rey de León, 
quien dió preferencia al Castillo en el escudo y por último 
y definitivamente, en 1230, Fernando III el Santo, acuar¬ 
teló las armas dando también preferencia al castillo. 

Ya en las monedas españolas del siglo XIII aparece 
el castillo y el León heráldicos; el primero en las de Al¬ 
fonso VIII. 

Los “castillos” en la heráldica, como ya lo liemos 
dicho, son “figuras artificiales”. Para ('astilla en los 
“blasones” son armas “parlantes” pues trae de “gules” 
y un castillo cuadrado de oro, “almenado” de tres alme¬ 
nas y “donjonado” de tres torres, la de enmedio la mayor; 
cada una con tres almenas de lo mismo, el todo “mazo- 
nado” de “sable” y “adjurado” de “azur”. 

Y, si el Castillo de tres torres, en la representación 
heráldica española, era expresión figurativa o símbolo de 
fortaleza, fuerza, vigor, resistencia, energía y hasta de 
aptitud voluntaria para vencer, ¿por qué no había de 
adoptarlo en el blasón de Montevideo, plaza fuerte llave de 
la Navegación del Río de la Plata? 

Las fortificaciones existentes en la plaza de Monte¬ 
video, la acuñación de la medalla conmemorativa de la 
Jura de Carlos IV, eran muy superiores a la que podía 
levantarse y más tarde se construyó en la cima del Cerro. 

La ley de Abril de 1886, que creó el escudo de Armas 
de ia Ciudad de Montevideo, establece que “en su centro 
el Cerro, en la cima de éste la fortaleza y a su pie el mar 
como símbolo de la ciudad de Montevideo. 

Y, al dibujarse este escudo se lia colocado en la cum¬ 
bre del Cerro el Castillo de tres torres. 



— 63 — 


VIII 


PPrisiün 


No estaba aún terminada la Fortaleza del Cerro, cuan¬ 
do fue ocupada por los presidiarios que, en cumplimiento 
de lo resuelto por el Cabildo de Montevideo, debían ter¬ 
minar la obra, para acrecentar los medios de defensa a 
oponerse a los patriotas. 

Estos presidiarios, como ya lo liemos dicho, fueron 
utilizados también en la construcción del corral de piedra 
que se levantó próximo a la Fortaleza en el año 1812. 

Y, como el resto de las fortificaciones de la Plaza de 
Montevideo, Ciudadela, Fuerte San José, Bóvedas, etc., 
sirvió de prisión para los patriotas que lucharon por 
nuestra emancipación durante la dominación española y 
portuguesa. 

En 1852, el Gobierno se propuso trasladar a la Forta¬ 
leza del Cerro, la cárcel, y al efecto comisionó al Arqui¬ 
tecto Clemente A. César, de la Inspección de Obras Públi¬ 
cas, para que previa inspección elevara el informe corres¬ 
pondiente. 

Aquel técnico efectuó su visita a la fortaleza el 18 de 
Setiembre de 1852, y después de un detenido estudio de 
todos sus alojamientos, elevó un extenso informe, en el 
cual se pronunciaba en contra al establecimiento de la 
prisión en dicho paraje. 

Después de enumerar todas las modificaciones que 
serían necesarias introducir, tanto en los alojamientos 
destinados a la guarnición, como en el faro y vigía, los (-na¬ 
les a su juicio “No podían sufrir modificaciones sin des¬ 


truir un edifico de tanta utilidad e importancia que por 
todos medios se debe tratar de conservar para el objeto 
que fué destinado, y que con pequeñas composturas po¬ 


dría servir para la erección de una Escuela Militar' 


Después de una serie de consideraciones técnicas pa- 



— 64 — 


ra demostrar lo inconveniente que sería alterar las cons¬ 
trucciones de la fortaleza para instalar en ella la cárcel, 
opinaba qne ésta estaría mejor en la Isla de la Libertad y 
detallaba las construcciones que allí deberían hacerse con 
economía para el Estado, dado que podrían ser ejecutados 
por los mismos presidiarios. (1) 

Las atinadas observaciones hechas por el Arquitecto 
César no fueron atendidas y el 20 de Octubre del mismo 
año, se expidió un decreto en el cual expresaba que, es¬ 
tando el Gobierno dispuesto a conservar el depósito de la 
pólvora en la Isla de la Libertad, consideraba que debía 
establecerse la prisión en la Fortaleza del Cerro; y al 
efecto ordenó al Inspector de Obras Públicas, cpie proce¬ 
diese a levantar el presupuesto necesario para dar la ma¬ 
yor seguridad a la cárcel con arreglo al nuevo destino. (2) 

El 16 de Noviembre de 1853, el Arquitecto Cesar ele¬ 
vó el presupuesto formulado para convertir en cárcel 
1a. Fortaleza del Cerro el que ascendía a la cantidad de 
$ 2,665.550 reis. 

Por este proyecto se hacían importantes alteraciones 
en el edificio; se tapiaban puertas; se echaban al suelo 
paredes que dividían los alojamientos principales; se 
abrían nuevas ventanas; algunas puertas se convertían en 
ventanas y otras de estas en puertas. Y se mandaban colo¬ 
car también 16 rejas: 10 en las ventanas exteriores del 
edificio y 6 en las interiores. 

Estas reformas no se efectuaron en la época de su pro¬ 
yecto; las partidas de $ 5.000.00 que en 1853 se asignaron 
para la construcción de cárceles, con las que debían aten¬ 
derse los gastos que demandara esta prisión, fueron su¬ 
primidas por el Presupuesto General de Gastos de 1855. 

La prensa de la época reclamaba a diario mejoras en 
las cárceles y daba a conocer el estado calamitoso en que 
éstas se encontraban, sin que por ello los. Poderes Públi¬ 
cos tomaran las medidas correspondientes. 


(1) — Archivo Gral. de la Nación. — Ministerio de Gobierno. — Caja 
990! — Montevideo. 

(2) — Archivo Gral. de la Nación. — Ministerio de Gobierno. — Ca¬ 
ja 990. — Montevideo. 




Lámina VI 


La farola de 1802 - 1907 






- 05 — 


El “COMERCIO DEL PLATA", de .Julio 7 de 1854, 
expresa que el Jefe Político de la Capital había invitado 
al Juez de Crimen a visitar las dependencias de la Cárcel 
y que éste, después de haberlas visitado, pasó un informe 
a la Exilia. Cámara de Justicia dolorosamente impresio¬ 
nado por la desgraciada situación en que se hallaban los 
encausados con respecto a sus alojamientos. 

Por decreto del Superior Gobierno en acuerdo gene¬ 
ral de Ministerios de fecha marzo 6 de 1895, se dispuso 
que, hasta nueva disposición, los penados militares que 
se encontraban en la Penitenciaría fueran trasladados a 
la Fortaleza General Artigas donde deberían cumplir su 
condena con arreglo a la reglamentación a dictarse. 

El 16 de Marzo de 1895, llegaron a la Fortaleza los 
primeros penados (3); el 11 de marzo del mismo año se 
autorizó al Jefe de la misma para hacer las reparaciones 
invirtiendo en ellas hasta la cantidad de $ 800.00. 

En Agosto 13 de 1896 se construyó una pieza de ma¬ 
terial para alojamiento de los presos militares y en di¬ 
ciembre 2 de 1897 el Jefe de la Fortaleza solicitó autori¬ 
zación para levantar el muro y construir cuatro piezas 
de material y un aljibe en virtud de ser muy necesario 
para dar alojamiento a los penados militares. 

Todo ello debía ser construido empleándose los pe¬ 
nados militares y extrayéndose la piedra necesaria en las 
proximidades de la fortaleza. 

En noviembre 30 de 1899 se terminaron los trabajos 
de reparación y obra de carpintería de la Fortaleza bájo 
la dirección del Sargento Mayor de Ingenieros C-oralio 
Enciso. 

En Julio de 1901 el Jefe de la Fortaleza Coronel 
Sebastián Buquet elevó la reglamentación de los penados 
militares, la que fué aprobada en Enero 29 de 1902. 

Según ella el Jefe de la Fortaleza, como auxiliar de 


( 3 ) — Archivo. Estado Mayor del Ejército. — “Fortaleza General Ar¬ 
tigas”. — Montevideo. 


3 



— 66 — 


la Administración de Justicia Militar, ajustaría su con¬ 
ducta a lo establecido por las leyes y disposiciones dicta¬ 
das por los Poderes Públicos, siendo personalmente res¬ 
ponsable, por los actos que ejecutara y omisiones en que 
incurriere, sin que pudiese eximirse de responsabilidad 
alguna. 

De acuerdo con lo que determina el Código Militar 
debía haber tres clases de penados: 

1. "—Los penados a prisión. 

2. '—Los penados a Penitenciaría. 

3. "—Los penados a Presidio. 

Las dos últimas clases de penados llevaban el mismo 
uniforme; compuesto de blusa enteriza suelta, pantalón 
ancho, y gorra circular sin visera y botines gruesos. 

Los penados a prisión circulaban libremente durante 
el día, por el radio de la fortaleza que se le determinaban 
y no tendrían contacto alguno con los demás penados. 
En las horas de la noche dormirían en el paraje que se les 
señalaba y no podrían levantarse ni salir fuera del dor¬ 
mitorio sin el consentimiento previo de la guardia. 

Los penados a presidio estarían separados de los de 
Penitenciaría y llevarían una cadena al pie, pendiente de 
la cintura o unida a otro penado. Estas cadenas eran he¬ 
chas en el Parque Nacional y se ponían y remachaban 
con intervención de un herrero. A los penados a presidio 
se les sometía a trabajos duros de conformidad con lo 
establecido en el Código respectivo. 

Los penados a penitenciaría quedarían sujetos a tra¬ 
bajos, dentro de la Fortaleza, involuntarios, pero no du¬ 
ros, ni penosos, en las horas Reglamentarias. 

Toda la limpieza de la Fortaleza se hacía con los 
penados, prefiriéndose especialmente los de presidio. 

En Julio de 1903, a raíz de un incidente sin fatales 
consecuencias, el Jefe de la Fortaleza solicitaba la cons¬ 
trucción de celdas apropiadas para mantener aislados a 
los penados que, por su carácter, fuesen un peligro cons- 



— 67 — 


tante para la conservación del orden y la disciplina que 
debía reinar en todo el establecimiento. (4) 

El 23 de Febrero de 1907, el Poder Ejecutivo dictó 
un decreto disponiendo que los penados que se alojaban 
en esta prisión fueran trasladados a la Penitenciaría, 
por considerar que no era posible mantener alojados en 
la Fortaleza el número de penados existentes en aquella 
fecha, por deficiencias irreparables del local. 

No obstante pocos años después a fines de 1912, se 
alojaron en ella a los efectos de la vigilancia un grupo 
de diez penados a Penitenciaría que por espacio de algu¬ 
nos años trabajaron en la construcción de la carretera 
de acceso a la Fortaleza. 

Varios gobiernos utilizaron en distintas épocas la 
Fortaleza del Cerro, no sólo para aplicar sanciones dis¬ 
ciplinarias a los Jefes y Oficiales del Ejército, que come¬ 
tían infracciones a las disposiciones militares, sino como 
prisión preventiva de militares y hasta de civiles que 
fueran actores en movimientos subversivos o políticos (5). 


IX 




a r A a r e i o 


En 1860, cuando la epidemia de fiebre amarilla en 
el Brasil, el Gobierno tomó medidas para que la peste no 
se propagara en nuestro territorio. 

Entre las medidas adoptadas se convino que el local 
a destinarse para Lazareto, fuese la Fortaleza del Cerro, 
hasta tanto el Gobierno indicara otro para estos fines (1). 

El 11 de Abril de 1860 fondeó fuera del Puerto de 
Montevideo, el vapor brasilero “Princesa de Jouvilles”, 
procedente de Río de Janeiro. 


<4) — Archivo Estado Mayor del Ejército. — "Fortaleza General 
Artigas". — Montevideo. 

(5) — Aludimos a los de Latorre, Santos, Tajes y Cuestas. 

(1) — Archivo Gral. de la Nación. — Ministerio de Guerra y Marina. 
— Carpeta 32. — Año 1860. — Montevideo. 



— 68 — 


De inmediato subió abordo el médico de Sanidad 
acompañado del Ayudante de la Capitanía, y practican¬ 
do la visita de estilo encontró la patente de Sanidad de 
dicho buque con una nota del Sr. Cónsul Gral. de aquella 
ciudad, en la que decía que los casos de fiebre amarilla 
continuaban. 

Por esta causa el “Princesa de Jouvilles” fué pues¬ 
to en cuarentena y los pasajeros trasladados al Lazareto 
improvisado en la Fortaleza del Cerro. 

El total de ellos, según lista pasada en esa fecha, 
ascendía a 38, entre los cuales había mujeres y niños (2) 

En Setiembre de 1864 en cumplimiento de disposi¬ 
ciones superiores se pasaron a la Isla de la Libertad todos 
los útiles enseres del Lazareto que se había improvisado 
en la Fortaleza que hasta la fecha se hallaban allí depo¬ 
sitados a cargo de la señora Teresa R. de Acosta. 

La Fortaleza que debía de ponerse en condiciones de 
defensa quedó con la compañía de inválidos alojada en 
una pequeña cuadra habilitándose dos cuadras más y una 
pieza para oficiales y cocina disponible, para ser ocupada 
por la GG. NN. a órdenes del Comandante Sienra quien, 
al ocupar alojamientos, llevaba instrucciones para blan¬ 
quear y reparar los locales (3). 


X 

(J'crJaleza “ (Señera/ Sírligas 

La Ley X.° 1579, sancionada el 5 de Julio de 1882, 
bajo la Presidencia del General Máximo Santos, deno¬ 
minó a esta fortificación “Fortaleza Gral. Artigas” y 
autorizó al Poder Ejecutivo para dotarla de guarnición 
militar propia, que se componía de un Jefe, cuatro ofi¬ 
ciales y 67 individuos de tropa. 


( 2 ) — Archivo Gral. de la Nación. — Ministerio de Guerra y Marina. 

— Año 1860. — Montevideo. 

(3) — Archivo Gral. de la Nación. — Ministerio de Guerra y Marina. 

— Año 1864. — Montevideo. 



^ 69 ^ 


Hasta esa fecha esta fortaleza se le había designado 
con distintas denominaciones, según lo hemos podido 
comprobar a través de la documentación consultada. 

Los españoles la denominaban: “El Castillo del Ce¬ 
rro”; los portugueses y brasileros (1817 a 1828), “O For¬ 
te do Cerro”; pero más comunmente se le conoce en las 
luchas de nuestra independencia por “Fortaleza del Ce¬ 
rro”, nombre tradicional que conserva hasta ahora. 

El Capitán General Comandante de la Fortaleza, 
Gregorio Araoz de La Madrid, en documento oficial que 
suscribe en 1850, la denomina “Fortaleza del Cerro 
Cosmópolis”. (1) 

Recién en la fecha citada se le asigna dotación mili¬ 
tar propia a la Fortaleza del Cerro, con el siguiente pre¬ 
supuesto : 


Un jefe de la Fortaleza. 

1 

150.00 

Un Capitán. 

i i 

68.00 

Un Teniente 1.* . 

yy 

36.98 

Un Teniente 2." . 

y y 

34.47 

Dos Alféreces a $ 29.56 c|u. 

11 

59.12 

Un Sargento 1.’. 

1 1 

16.17 

Dos idem 2dos. a $ 14.41 c|u. 

1 1 

28.82 

Tres Cabos Iros, a $ 12.58 c¡u. 

1 1 

37.74 

Un Corneta .. 

y y 

11.67 

Sesenta soldados a $ 10.63 c|u. 

1 1 

649.80 

Rancho de sesenta plazas a $ 6 c u. 

y y 

420.00 

Gastos de Mavoría . 

1 1 

20.00 

Mesa de los Srs. Oficiales. 

11 

50.00 



1.617.78 


(1) — Castillo. — Es una fortaleza aislada que se situaba casi siempre 
en un lugar eminente. — Construida para defensa de pueblos y comarcas o 
las del señor que en él habitaba. 

Fuerte. — Es una fortaleza aislada, que no tiene en su interior núcleo 
de población civil. El fuerte aislado corno el Cerro es una reminiscencia del 
Castillo. 

Fortaleza. — Genérico que se aplica a toda obra defensiva de carácter 
permanente. 















— 70 — 


Durante la dominación española, se destacaban en 
ella dotaciones de artilleros de marina de los buques de 
la Real Armada Española; después se le dotó de piquetes 
de artillería y compañías de Infantería. 

Durante la Guerra Grande, su guarnición estaba 
compuesta por destacamentos de Artillería, Caballería e 
Infantería. 

En Enero de 1902, se aprobó el Reglamento para 
el servicio interno de esa Fortaleza, formulado por el 
Jefe de la misma Coronel Sebastián Buquet, según el 
cual la “Fortaleza Gral. Artigas” era un puesto militar 
destinado a prestar los siguientes servicios: 

A) —Contribuir a la defensa de Montevideo. 

B) —Alojar a los penados por los Tribunales Militares. 

C) —Rendir honores reglamentarios y retribuir los salu¬ 

dos hechos a la Plaza por los buques de guerra. 

D) —Custodiar y administrar los Polvorines Nacionales. 


XI 


servaícvic 


tstrcn om ic c 


( <P r o q e c t o ) 


El 22 de Agosto de 1873 Pon Octaviano de Oliveira, 
Capitán de Fragata del Imperio del Brasil, solicitó auto¬ 
rización para establecer un observatorio astronómico en 
el Puerto de Montevideo, cuyo establecimiento serviría 
eficazmente para poner en práctica la idea de crear la 
Marina Nacional. 

Acompañó a su solicitud los títulos oficiales de las 
Academias Científicas de su país, y expuso las siguientes 
condiciones para realizar el contrato: El observatorio se 
instalaría en la Fortaleza del Cerro. 



Tendría en su parte exterior un aparejo especial por 
el cual se liaría conocer la hora inedia y exacta en el 
meridiano. 

La hora sería dada a las 20 (tiempo medio) y se 
anunciaba por un pequeño globo. 

Para que se pudieran arreglar los relojes de los ha¬ 
bitantes de esta Capital, por esta hora oficial proponía 
que quince minutos antes de la hora anunciada se eleva¬ 
ría el globo al extremo del aparejo. 

A la hora precisa se bajaría el globo. Como prueba de 
la hora dada, el globo se demoraría en la mitad de su caí¬ 
da cayendo 15 minutos después al extremo del aparejo. 

Cuando hubiera cerrazón o la señal no fuere visible; 
se señalaría la hora por medio de un tiro de cañón, dado 
desde el mismo observatorio. 

Como esta ventaja sería utilizada por la navegación 
de ultramar para arreglar sus cronómetros pedíase se 
autorizara a cobrar un impuesto de 4 centesimos por to¬ 
nelada a dichos buques, corriendo de su cuenta la adqui¬ 
sición de los instrumentos científicos. 

Se comprometía, además, a practicar observaciones 
meteorológicas y a establecerse en la Fortaleza del Cerro 
en el local que el Gobierno le señalare. 

Pedía privilegio por 20 años, después de cuyo plazo 
toda la estación pasaría a poder del Gobierno. 

Se le debía acordar el plazo de un año para ir a Euro¬ 
pa en busca del material científico, y para el caso de que 
se estableciera en la Fortaleza la Escuela de Náutica 
propuesta, pondría al servicio de dicha Escuela sus co¬ 
nocimientos profesionales durante el tiempo de Ja con¬ 
cesión. 

El Fiscal de Gobierno — con muy buen criterio — 
se opuso a esta concesión, en primer término porque a su 
juicio era semejante a la presentada por Rafael Lobo el 
27 de Mayo con diferencia en el cobro de los impuestos 
y sueldos que este último pretendía. 

Consideraba que el observatorio debía establecerlo 
la nación como ocurría en todos los países del mundo. 



puesto que servía para los estudios científicos de los hi¬ 
jos del país; y que a su juicio no se debía hacer pesar 
sobre la navegación el pequeño beneficio que les podía 
brindar el observatorio. 

De acuerdo con estos fundamentos lógicos y justos, 
se desestimó la propuesta del ilustrado marino brasileño, 
dejando a criterio del Gobierno el utilizar los conocimien¬ 
tos profesionales de este técnico para la enseñanza de 
principios de náutica. 






— 75 — 


CAPITULO III 




y 


el lía 


aro 


A pesar de ser Montevideo la llave de la navegación 
del Río de la Plata y el punto terminal o de escala obliga¬ 
da en el tránsito de navios a Chile y Perú, no contó hasta 
principios del siglo XIX con elementos para prevenir los 
siniestros marítimos tan frecuentes en aquella época. 

Cuenta Don Isidoro de María en su “ Montevideo 
Antiguo” (1) que la estadística popular sumaba cerca de 
cuatrocientos naufragios ocurridos hasta esa fecha, sien¬ 
do el famoso Banco Inglés, el causante de la mayoría de 
ellos por cuya causa le llamaban el “Traga Barcos”. 

Puede ser que haya un poco de exageración en esta 
afirmación del Sr. De María, librada a.1 recuerdo; pero lo 
que nosotros hemos podido comprobar en vista de la do¬ 
cumentación consultada, es que desde 1786 a 1802, nau¬ 
fragaron 25 buques y vararon 8 que navegaban en derro¬ 
ta del Puerto de Montevideo (2). 


(1) — Isidoro de María, "Montevideo antiguo, tradiciones y recuer¬ 
dos”. — Montevideo. 

(2 ) — Véase en Apéndice la relación documentada de dichos accidentes. 



La causa del abandono en que se encontraba el Puer¬ 
to de Montevideo, principal y casi único Puerto en las 
regiones del Sur del continente, era debida a la política 
egoísta seguida por el consulado de Buenos Aires, de la 
cual nos habla extensamente el historiador compatriota 
Doctor Pablo Blanco Acevedo en su valiosa y documen¬ 
tada. obra “El gobierno Colonial en el Uruguay y los orí¬ 
genes de la nacionalidad” y porque, además, el impuesto 
de avería recaudado en Montevideo, pasaba en su produ¬ 
cido íntegro a Buenos Aires. 

“La falta de auxilio para socorrer o prever las des¬ 
graciadas catástrofes marítimas, naufragios de embarca¬ 
ciones, pérdidas de sus cargamentos y tripulantes, es el 
esqueleto más patético de la calamidad de la opresión con 
que el consulado de Buenos Aires intenta esclavizar los 
Cuerpos que representamos, — decían los apoderados del 
Comercio y Hacienda de Montevideo al pedir la reden¬ 
ción de una dependencia sustractora de la libertad—con¬ 
tinuaban — armoniosa y ordenada civilidad con que debe 
consultarse la conservación y prosperidad de un Puerto”. 

La necesidad de disponer de faros permanentes en 
las costas de América para guiar a la navegación en su 
ruta incierta durante la noche, fué tomada en considera¬ 
ción por el Gobierno de Madrid enviando un Ingeniero 
de la Coruña, para que indicase los puntos en que aqué¬ 
llos debían colocarse. Dicho Ingeniero proyectó un Faro 
en la Isla de Flores, pero como su costo era muy subido 
se optó por colocar una farola en la cumbre del Cerro que 
costaba mucho menos y prestaba iguales o mayores ser¬ 
vicios. 

El Faro de la Isla de Flores fué presupuestado, en 
10.000 pesos y el del Cerro en 1.671 (3). 

El Consulado de Buenos Aires aferrado a su política 
localista, pretendió restarle esta ventaja al Puerto de 
Montevideo proponiendo que se colocaran los faros úni¬ 
camente en las islas, con el objeto de obtener así un be- 


(3) — Expediente del Cabildo sobre el Puerto de Montevideo y cons¬ 
trucción de fanales. — Dic. 1802, Libro 150. Archivo General de la Nación, 
Montevideo. 



— 77 


neficio indirecto para Buenos Aires; pero la ('orle dese¬ 
chó esa sugerencia y dispuso !a construcción de la Farola 
del Cerro. 

A pesar de la autorización dada al Consulado dé 
Buenos Aires, por Real Orden firmada en San Ildefonso 
el 30 de Setiembre de 1799 para construir la Farola del 
Cerro, dicho organismo no había tomado, a tres meses de 
recibida aquélla, providencia alguna para ejecutar la obra. 
Ello dió lugar a la siguiente protesta de los representan¬ 
tes del Comercio de Buenos Aires: 

•‘Señores de la Junta de Gobierno del Real Consu¬ 


lado: Nos los abajo firmados, vec nos y del Comercio de 
esta Capital, con el mayor respeto, y veneración ante 
Y. S. decimos: Que ha llegado a nuestra noticia que la 
piedad del Soberano en Real Orden fecha en San Ilde¬ 
fonso tres de Setiembre del año próximo pasado de mil 
setecientos noventa y nueve, comunicada a este Real Tri¬ 
bunal por el Correo ITrquijo, que llegó en el mes de Febre¬ 
ro del presente año, defiriendo con las solicitudes que en 
distintos expedientes hizo Y. S. sobre la suma necesidad 
de los auxilios que en ellos designó, como indispensables 
en el Puerto de Montevideo, y en esta Capital, y luces 
en el Cerro de aquél, Isla de Flores, Punta de Piedras, 
y demás parajes que en ellos se expresan; ha autorizado a 
Y. S. para que, como tan exigentes o interesantes a la 
humanidad, y seguridad del Comercio, y navegación de 
este Río, ponga en ejecución cuanto se expuso a S. M. to¬ 
mando a interés de dinero necesar o para todo. 

En virtud de una semejante franqueza, con la que el 
Soberano ha mostrado su paternal amor, y deseo de la 
felicidad de los vasallos de esta Provincia, concediendo 
sin ninguna demora y con la amp’itud que se ve en dicha 
real orden cuanto se la presentó por Y. S. conducente 
a la seguridad de vidas, e intereses; nos es muy extraño 
(hablando con la debida moderac'ón) que después de tres 
meses, que hace recibió V. S. dicha Real orden tan desea¬ 
da generalmente, no se haya dado la menor disposición 
para la ejecución de lo necesario, para dichos auxilios, 
y luces, siendo Y. S. mismo test'go ocular de las continuas 
pérdidas de buques, y cargamento que, sin traer a con- 



— 78 — 


sideración los de los años anteriores en Montevideo, Isla 
de Flores, Punta de Piedras, y Lara y otros parajes de 
este Río; en el presente tenemos cuatro ejemplares de 
total pérdida y acaecidas en esta Capital y son la Fra¬ 
gata de Don Ventura Marcó, el Bergantín de Don Ma¬ 
nuel de Aguirre, y la Zumaca de Don Agustín García, 
todas tres de este Comercio; y la Zumaca Portuguesa 
cargada de negros; pérdidas tan lastimosas por no ser 
causadas por ningún temporal, y cpie el evitarlas se con¬ 
seguía con el corto auxilio de un ancla y un cable, que 
con oportunidad se les hubiese llevado con cualquiera 
bote, o lanchita, de cuyo simple auxilio se carece en esta 
Capital, que en su Puerto fondease al año más de los 
buques entre fragatas, bergantines, goletas y balandras; 
exposición ésta de cuya realidad son testigos cuantos 
habitan en esta Provincia; y si hasta ahora ninguno de 
los que han experimentado semejantes pérdidas, que con 
auxilio tan corto, como va expresado se podían evitar no 
ha tenido recurso alguno, para repetir contra nadie, y en 
adelante con noticia de los recursos de V. S. a S. M. que 
con bastante brevedad y franqueza ha autorizado a V. S. 
para ejecutar cuanto concierne a la seguridad de vidas 
e intereses que incalculable suma surcan este Río; alguno 
de los que le acontezca semejante pérdida, si ocurre a 
S. M. con la justa queja, de su causante de ella la inacción 
de V. S. no podrá menos de ser sus efectos muy perju¬ 
diciales a este (’omeicio; y, para evitar semejantes con¬ 
secuencias a V. S. suplicamos, que en cumplimiento de 
3a citada real orden de tres de Setiembre del año próximo 
pasado, se sirva tomar las más eficaces y oportunas pro¬ 
videncias para la construcción de los fanales, y auxilios 
que en ella se expresan y V. S. representó a S. M. en los 
citados Expedientes como tan indispensables y precisos a 
los Buques del Puerto de Montevideo, de esta Capital, y 
seguridad de todos los que navegan en este Río. Buenos 
Aires trece de Mayo de mil ochocientos = Pedro Dubal = 
Tilomas Romero = Casimiro Necochea = Juan Antonio 
Leisica = Tilomas Fernández = Agustín García = Jo- 
sef Llano = Francisco Pelaustegui = Manuel Aguirre = 



— 79 


v otros varios. — Es copia. — Soria Santacruz, — Origi¬ 
nal Manuscrito. (4)”. 

Decidióse por fin el Tribunal de Comerc'o de Buenos 
Aii •es a dar cumplimiento a la antes citada disposición y 
la Farola del Cerro fue construida. 

El 4 de Abril de 4802, se armó la máquina de la farola 
y esa misma noche se encendió con 20 luces. Así lo comu¬ 
nicó al día siguiente al Capitán de Puerto don Fernando 
de Soria, Don José Lougarr, Piloto de la Real Armada y 
primer encargado de la Farola, el que a la vez informaba 
a su Superior que había observado durante toda la noche 
los efectos que causaban el fuego y como consecuencia 
de estas observaciones opinaba: que sin riesgo alguno po¬ 
día aumentarse el número de luces pues según la coloca¬ 
ción en que estaban situadas no podían perjudicar a los 
cristales de la linterna, en virtud de lo cual las luces se 
aumentaron a 24. (5) 


(4) — Expediente firmado por el Cabildo sobre el Puerto de Monte¬ 
video. — Año 1802. Libro 150, Págs. 44 v 46. — Archivo General de la 
Nación. — Montevideo. 

(5 ) — Caja 265 — Carpeta 7. — Doc. 74. Archivo Oral, de la Nación. 
Montevideo. 

“El Telégrafo Mercantil”, editado en Buenos Aires, en su número 
correspondiente al 23 de Mayo de 1802, dió la noticia de la iniciación del 
servicio de la Farola del Cerro en los siguientes términos: 

“Montevideo. — Navegación. — Habiéndose construido en la cúspide 
del Cerro situado a la entrada del Puerto de Montevideo, a expensas del 
Real Consulado de este Virreynato, mediante la aprobación de S. M., una 
vigía, y linterna propuesta por el mismo Real Consulado, en beneficio y 
seguridad de la navegación del Río de la Plata, y principalmente de los 
buques que se dirigiesen a este Puerto, se encendió el Fanal, por primera 
vez la noche del 19 de Marzo último , desde cuya fecha se han hecho las va¬ 
riaciones en la colocación, número y forma de sus luces, nue ha acreditado 
la experiencia ser conveniente para asegurar el efecto indicado; y como en 
e 1 día se halla completamente concluida la obra, se participa al público por 
deposición de dicho Real Cuerpo, quien ha comunicado la noticia al Exmo. 
Se^o 1 " Secretario de Estado, y del Despacho de Hacienda y a todos los Con¬ 
sulados de la Península, a fin de que con el aviso de tan útil establecimiento, 
puedan los Capitanes, y Patrones de las embarcaciones aprovecharse, con 
acip"*t 0j del medio que ofrece para facilitar en las noches su ar^'bo a esta 
rada”. — “Telégrafo Mercantil”. Buenos Aires, 23 de Mavo de 1802. N.o 4. 
— del Tomo IV. — Edición facsimilar de la Junta de Historia y Numismᬠ
tica de Buenos Aires. — Atención del Dr. Pablo Blanco Acevedo. 

Esta noticia, dada a conocer 1 mes y 19 días después de encendida por 
primera vez la farola del Cerro posiblemente es equivocada; como equivo¬ 
cada es la noticia que da referente a la instalación en esa fecha, de una vigía 
que ya funcionaba en la cumbre del Cerro desde 1781. 



— 80 — 


Para atender los servicios de vigía y faro, el vigía 
Lougarr tenía a sus órdenes, en aquella fecha, cuatro sol¬ 
dados de la Fragata “Medea” los que percibían una gra¬ 
tificación de cuatro pesos fuertes. (6) 

Para el alumbrado de la Farola se utilizaba grasa la 
que era colocado en candilejas de cobre, con mecheros del 
mismo metal, en los que se empleaba esponja como me¬ 
cha. A dichas candilejas se les colocaba un platillo o re¬ 
verbero de estaño — también se les llamaba espejos — 
en cuya superficie bruñida bacía reflejos la luz. 

El Piloto Lougarr, desde que se encendió la farola 
se preocupó por obtener un mayor aumento de luz y a 
fuerza de observaciones y experiencias llegó a la conclu¬ 
sión de que los mecheros de cobre eran inútiles pues, al 
llenarse la esponja de grasa, se oprimía impidiendo la li¬ 
bre introducción de ésta por el mechero, amortiguando la 
luz como consecuencia de ello. (7) 

Esta observación la comunicó Lougarr a sus supe¬ 
riores y propuso que los mecheros fueran sustituidos por 
hilos de alambres que se podían construir con el mismo 
personal de la farola, lo que no sólo resultaba más econó¬ 
mico, sino que la esponja podía absorber perfectamen¬ 
te la grasa, permitiendo, al mismo tiempo, con este dis¬ 
positivo, establecer fácilmente el mechero en un punto 
determinado para que el rayo de luz pudiera coincidir en 
el punto céntrico del reverbero. (8) 

Repetidas veces se le pidió al piloto Lougarr que tra¬ 
tara de establecer el consumo diario de grasa para la fa¬ 
rola, a fin de llamar a licitación para la compra de una 
partida que durara todo un año; pero el vigía contestaba 
que no lo podía determinar con precisión; en primer lu¬ 
gar —- decía — porque las grasas que se le mandaban eran 
de distinta calidad, una más líquida y otra más sólida, 
etc., y en segundo término — agregaba — porque en las 


(6) —Caja 270. — Carp. 9. —• Doc. 23. — Arch. Oral, de la Xación. — 
Montevideo. 

(7) — Caja 265. — Carp. 7. — Doc. 93. — Arch. Oral, de la Xación. — 
Montevideo. 

(8) — Caja 265. — Carp. 7. — Doc. 93. — Arch. Oral, de la Xación. — 
Montevideo. 






Lámina Vil. — 


El actual faro construido en 1907 























— 81 — 


noches de viento la llama de las esponjas se extendía por 
la grasa y se hacía más voraz, quedando supeditado el 
consumo de la grasa a la duración e intensidad del viento, 
imposible de prever. (9) 

Pero lo que pudo establecer con entera seguridad era 
que la vela y media que se le proporcionaba diariamente 
no le alcanzaba para su servicio, puesto que sólo con en¬ 
cender las luces de la farola consumía media vela y con 
el resto tenía que alumbrarse toda la noche y acudir con 
ella en busca de grasa para alimentar la farola, por cuya 
causa tenía que gastar de su peculio para alum¬ 
brarse (10). 

La manía de economizar en lo imprescindible, y de¬ 
rrochar en lo supérfluo, ya nos viene de antaño. 

Antes de proseguir en mi relato, recordaré lo ya di¬ 
cho por Isidoro De María en su obra ‘‘Montevideo An¬ 
tiguo, Tradiciones y Recuerdos”, respecto a la farola del 
Cerro; de cómo el Padre Arrieta transformó el mecanis¬ 
mo de esta linterna haciendo que su luz dejara de ser fi¬ 
ja, como lo era al principio; del tiempo que permaneció 
apagada durante la dominación portuguesa, para ser 
compuesta y prendida nuevamente en 1818, gracias a la 
inteligente intervención del nunca bien ponderado padre. 

Recordaré también que en el año 1837, según el his¬ 
toriador citado, la farola estuvo apagada por espacio de 
5 meses, tiempo en que demoró la reparación de los des¬ 
trozos causados por una centella, para luego apagarse 
nuevamente, y por un plazo mayor de tiempo, al comien¬ 
zo de la Guerra Grande. 

Fué la farola del Cerro, sin duda alguna, el primer 
faro que hubo en el Río de la Plata, cuyo comercio tomó 
poderoso auge, en el año de su inauguración. Sólo a Mon¬ 
tevideo vinieron, en 1802, 188 navios y 646 buques de ea- 
botage. 

El 25 de Febrero de 1811, se efectuaron en la Forta- 


(9) — Caja 265. — Carp. 7. — Doc. 92. — Ardí. Oral, de la Nación. — 
Montevideo. 

(10) — Caja 265. — Carp. 7. — Doc. 93. — Ardí. Oral, de la Nación. — 
Montevideo. 



— 82 — 


leza del Cerro, los primeros disparos de cañones y obuses, 
lo que ocasionó la rotura de gran número de cristales de 
la farola, cuya reparación y reposición se efectuó de in¬ 
mediato a pedido del jefe del Apostadero D. José María 
Za lazar. 

Muchos desperfectos sufrió la farola en sus 41 años 
de funcionamiento; unos originados, como ya hemos vis¬ 
to, por los disparos de cañón; otros por los temporales y 
también por las aves marinas que, atraídas, encandiladas 
por la luz se golpeaban contra aquélla originando a veces 
desperfectos de consideración. 

Un parte de la vigía, y encargado de la farola de fe¬ 
cha 15 de Enero de 1842, hizo saber a la Capitanía del 
Puerto de Montevideo, que el temporal de la noche ante¬ 
rior había destruido totalmente aquella instalación; pero 
que se trabajaba con actividad para su compostura. (11) 

La farola siguió funcionando regularmente hasta el 
6 de Junio de 1843, fecha en que fue totalmente destruida 
en el ataque realizado a la Fortaleza por el Ejército Si¬ 
tiador de Montevideo del que informamos en el capítulo 
correspondiente a los hechos de Armas. 

Durante la Guerra Grande se intentó, por repetidas 
veces, restablecer el alumbrado de la farola del Cerro, 
consiguiendo sólo encenderla en muy cortos períodos. 

El 14 de Octubre de 1843, el Jefe de la Fortaleza del 
Cerro pidió para formar la luz de la farola y mantener¬ 
la encendida durante toda la noche; también pidió se le 
proporcionara una damajuana de linaza o grasa de potro 
y dos o tres arrobas de pabilo para formar las mechas; 
así como también, y con el objeto de evitar que el fuerte 
viento apagase la luz o le diera menos resplandor, se le 
remitieran dos grandes faroles que podrían iluminarse 
con unas candilejas. 

En esta forma, a juicio del Jefe de la Fortaleza, el 
alumbrado sería más económico y seguro, y se podría 
también mantener en las noches lluviosas. (12) 


(11) — Caja 1311. — Año 1842. — Arch. Gral. de la Nación. 

(12) — Legajo N.° 53. — Carp. 7. — Archivo Estado Miayor. 



83 — 


Después de levantado el sitio de la que Alejandro 
Dumas con justificado motivo llamó “Nueva Troya”, el 
gobierno se preocupó de restaurar la farola del Cerro, lla¬ 
mando para ello a licitación. 

Varios fueron los lidiadores presentados, adjudicán¬ 
dose la construcción de la obra a don Manuel Gervasio 
da Silva, por resultar su propuesta más conveniente para 
los intereses del erario público y porque el proponente se 
comprometía a establecer el sistema de alumbrado que en 
1837 el Tribunal de Consulado, de acuerdo con el propo- 
nente, había resuelto ejecutar; para cuyo efecto mandó 
construir en Inglaterra las principales piezas de acuerdo 
con los diseños y dimensiones que había entregado da 
Silva. 

La obra sería construida de hierro, con la mavor so- 
lidez, tanto en el interior como en el exterior del fanal; 
la cúpula debía ser cubierta con chapa de zinc. A tal 
efecto el Gobierno debía poner a disposición del construc¬ 
tor todas las piezas que habían sido construidas en In¬ 
glaterra. 

Se hacía responsable, además, de la seguridad del 
alumbrado de la farola, comprometiéndose a entregarla, 
encend'da, previo aviso al Gobierno y a los navegantes, a 
la noche siguiente de quedar construida. 

El Gobierno le debía pagar por este trabajo la canti¬ 
dad de | 800, de los que le entregaría $ 400 en el acto de 
aceptarle su propuesta y el resto cuando quedara estable¬ 
cido el alumbrado. 

El 31 de Marzo de 1852 fue aceptada esta propuesta, 
mandándose entregar a da Silva los efectos solicitados, de 
los cuales, una parte, se encontraban aún depositados en 
la Aduana y otra, los quinqués y los tubos, en la Maes¬ 
tranza. (13) 


(13) — Archivo Oral, de la Nación. —.Caja 1402. — Montevideo. 



— 84 — 


Terminadas las obras, la farola se encendió por 
mera vez el 16 de Julio de 1852. (14) 


r - - ■ 


El “Comercio del Plata” en su número 1952 — co¬ 
rrespondiente a los días 9 y 10 de Agosto de 1852 decía, 
a propósito de ello: “Personas competentes observan la 
conveniencia que habría para la navegación, en que el 
tiempo del eclipse de esta luz fuera menos largo y mayor 
el de la aparición de aquélla. 

Pícese que 30 segundos ó minuto no permite hacer 
demarcaciones precisas durante el viaje. 

“Cumplimos gustosos con el encargo que se nos ha 
hecho, a fin de ver si puede darse a la luz del Cerro más 
tiempo de iluminación”. 

Estas indicaciones fueron tomadas en consideración 
por el Gobierno, quien modificó el eclipse haciendo pú¬ 
blica tal modificación que encontramos en los diarios de 
la Capital de fecha 14 de Agosto del mismo año. 


“Esta farola — dice el comunicado — ha sufrido una 
alteración necesaria en su tiempo de luz. Esta es actual¬ 
mente de un minuto y 10 segundos en vez de minuto 
ó 30 segundos; y el eclipse es de dos minutos y 50 segun¬ 
dos en vez de 2 y bo minutos”. 


(14) — La Capitanía del Puerto comunicó con anticipación a los na¬ 
vegantes por medio del siguiente aviso aparecido en la prensa de la época: 

— CAPITANIA DEL PUERTO — 

(Documentos Oficiales) 

Montevideo, Julio 14 de 1852. — 

Estando concluida la obra del fanal del Cerro y pronto para encenderse; 
como es natural que el Superior Gobierno quiera hacerlo público para co¬ 
nocimiento de los navegantes, según los datos que se ha podido adquirir: 

Que el fanal está colocado a 34°, 52’,30” de Latitud Sur y 49° 56’48” de 
longitud Oeste del meridiano de Cádiz elevado 486 pies de Burgos sobre 
el nivel del mar; que se descubrirá a distancia de 9 a 10 leguas; que su 
luz se manifestará gradualmente y durará 30 segundos tardando 2 mi- 
-nutos de ocultación. — 

Dios Gde. a V. E. muchos años. 

Gabriel Velazco. 

Este aviso se siguió publicando hasta el 13 de Agosto y apareció re¬ 
formado con las nuevas disposiciones el día 14 de Agosto hasta el domingo 
29 de Agosto de 1852. 



Desde entonces volvió a contar el Puerto de Monte¬ 
video con una guía cierta y eficaz para las embarcaciones 
que navegaban por estos ríos. 

Pero, hasta muchos años después, Montevideo no 
contó con las luces necesarias para indicar a los buques 
que llegaban de noche, el lugar de fondeadero. 

Lobo y Ruidavets en su traducción del “Manual de 
la Navegación de los ríos de la Plata y sus principales 
afluentes”, (15) daban al respecto las siguientes ins¬ 
trucciones : 

“Luz del Puerto; no hay destinada a este objeto pe¬ 
ro los navegantes utilizan la que ilumina la esfera del re¬ 
loj de la ciudad colocado en la Torre Meridional de la 
Matriz. 

Esta luz que es de gas puede verse desde 4 millas de 
distancia y facilita en unión de la del Cerro, el medio de 
poder fondear de noche en la Rada”. 

El 6 de Noviembre de 1852, el “Comercio del Plata” 
expresaba, que personas competentes le habían partici¬ 
pado que la farola del Cerro se encendía demasiado tar¬ 
de y se apagaba demasiado temprano, lo que hacía pre¬ 
sente a la Capitanía del Puerto para que averiguara el 
hecho; y, teniendo en cuenta los perjuicios que esto pu¬ 
diera traer, dispusiera que la luz de la farola, se encen¬ 
diera desde que la natural empezara a cesar y permane¬ 
ciese encendida hasta el día. 

Recordaba que la proximidad de los escollos de tie¬ 
rra, en la cercanía del Puerto, exigía que la farola hicie¬ 
ra su servicio durante el crepúsculo. 

El Gobierno dispuso se sacara a remate el alumbra¬ 
do de la farola del Cerro, en Julio de 1852. 

Varios fueron los proponentes, siendo adjudicado a 
D. Manuel G. da Silva, el mismo que la reconstruyó te¬ 
niéndose, por lo tanto en ello una gran práctica, puesto 
que instalaría su domicilio en el mismo sitio. 

En Julio de 1854, vuelve nuevamente da Silva a ha¬ 
cer proposiciones de mejoras, en el fanal y establecimien- 


( 15 ) _ París, 1868. 



— 86 — 


to sobre bases excepcionales para el erario público, pues¬ 
to que ellas no demandarían gasto alguno, siempre que se 
aceptara un nuevo contrato por ocho años y una asigna¬ 
ción mensual de 130 pesos. (16) 


(16) — Dicha propuesta fué aceptada y estaba redactada en los tér¬ 
minos siguienes: 

“Exmo. Sor. D. Manuel G. da Silva actual asentista del fanal del Cerro 
ante V. E. respetuosamente digo que vencido en Julio último el contrato 
por el cual me obligué dar la luz del fanal, sin que hasta hoy hubiese habido 
deliberación alguna a su respecto, vengan a hacer proposiciones de mejoras 
en todo el establecimiento para que consideradas por V. E. se sirva acep¬ 
tarlas como útiles para la duración y regular servicio de la máquina del 
fanal sin que por ello cueste al erario público un solo peso más de gasto. — 
Por la propuesta que a continuación de este escrito hago, verá V. E. los 
términos de esa mejora que me constituyo hacer, mejoras indispensables 
pues que su máquina es defectuosa desde su origen por haber carecido su 
autor (el Padre Arrieta) de los conocimientos en mecánica, y por consi¬ 
guiente indispensable su reforma. 

Por tanto = A V. E. pido se digne aceptar las obligaciones a que aquí 
me constituyo, se sirva resolver sobre ello = Exmo. Sor. Manuel G. Da 
Silva = Propuestas de mejoras en el fanal del Cerro = l.° — Me consti¬ 
tuyo hacer una reforma en la máquina de movimiento simplificando la com¬ 
binación de sus piezas construyendo nuevas todas las que fuesen necesarias 
para facilitar un regular movimiento. = 2.° — Me obligo también a hacer 
las reparaciones necesarias tanto en el aparato de las luces como en todo 
el cuerpo del fanal exceptuando a aquéllos que hubiesen de hacerse ocasio¬ 
nados por casos fortuitos de rayos o guerra = 3.° — Me constituyo igual¬ 
mente a construir una varanda de fierro en la circunferencia de la base 
exterior del fanal por ser muy necesaria para la seguridad de la persona 
que hace la limpieza de los cristales en las ocasiones de mucho viento = 
4.° — Las dos piezas habitaciones que corresponden al fanal serán refacciona¬ 
das por el proponente haciendo nuevas sus puertas, revoques, pisos = 5.°—Pa¬ 
ra recibir los gastos que demandan estas mejoras tan necesarias y útiles al 
establecimiento, el asentista que ofrece hacerlas exige, solamente del Supe¬ 
rior Gobierno la prolongación del contrato existente al servicio de ocho 
años contados desde la aceptación de estas obligaciones. 

Exmo. Sor. — En cumplimiento del Superior Decreto de V. E. de 
fha. 29 de Marzo, el que suscribe informa a V. E. que la farola del Cerro 
fué rematada por cuatro años, por don Manuel G. Silva, en la cantidad de 
130 pesos mensuales la que hasta la fecha sigue alumbrando y administrando 
por dicho señor, habiendo sido el mismo el que la puso, en el buen estado, 
de servicio en que se halla en el día pues según los informes tomados por 
los Capitanes que entran a este Puerto, la luz de dicha farola se deja ver a 
45 millas en tiempo claro, algunos comandantes de buques de guerra han 
dicho que dicha farola puede compararse con la que esté mejor establecida 
en Europa, es cuanto tengo que manifestar a V. E. Montevideo = Junio 3 
de 1854. — San Vicente. — firma conforme, Federico Nin Reyes. 

Hay otro decreto por el cual se prolonga a 8 años el contrato de remate 
a cargo de Silva. — l.° de Junio de 1854. 

Legajos del Ministerio de Guerra y Marina. — Año 1853. — Archivo 
Gral. de la Nación. — Montevideo. 



— 87 


.Esta farola del 52, prestó importantes servicios a la 
navegación del Río de la Plata por espacio de 55 años. 
Estaba clasificada como faro de primer orden posible¬ 
mente por su altura (148 mts.) sobre el nivel del mar, 
pero no por su falta de intensidad, por sus mecanismos y 
su mal estado, que exigía ser cambiado por otro nuevo 
que reuniera las condiciones que correspondían a la im¬ 
portancia del Puerto de Montevideo y a la considerable 
altura en cpie se encuentra, satisfaciendo así los unáni¬ 
mes anhelos de todos los marinos que navegaban en las 
aguas del Río de la Plata. 

El aparato luminoso del faro estaba formado de sie¬ 
te lámparas a aceite mineral común, de una sola mecha, 
plana de 2 centímetros de ancho. 

Estas lámparas estaban colocadas firmes sobre un 
armazón de hierro en un mismo plano vertical, colocadas 
seis en los ángulos de un exágono regular y la séptima en 
el (-entro del mismo. 

Cada lámpara estaba provista de un reflector para¬ 
bólico de cobre plateado de O.m. 54 de abertura y O.m. 80 
cmts. de distancia focal. 

Todo este s'stema de lámparas se movía horizontal- 
mente alrededor de un eje vertical por un aparato de re¬ 
lojería de una deficiencia consiguiente a su antigüedad y 
uso. Basta consignar — expresa un informe técnico de la 
época — que el peso motor que sirve ahora para darle 
cuerda para su movimiento de cinco horas, está formado 
por un viejo cañoncito que por no tener suficiente peso, 
vino acompañado de un fragmento de fierro fundido, cu¬ 
yas piezas que pesan más de 300 kilogramos al concluir 
su descenso chocan rompiendo los escalones de material 
de la torre. (17) 


(17) — El 12 de Diciembre de 1881, Guihermo Laffone Quevedo eleva 
una propuesta para establecer un faro a luz eléctrica en el Cerro, bajo las 
bases siguientes: 

1. ° Se construiría en el Cerro, en la Fortaleza o punto que fue r a más 
conveniente una to rr e de suficiente altura para colocar la farola, edificada 
en buenas condiciones de solidez y con una escalera de hierro interior. 

2. ° Las l^ces se~án fijas y se compondrán de tres poderosas lámparas, 
despidiendo una luz equivalente a 2200 bujías. 

3. ° Las lámparas mencionadas en el Art. anterior serán munidas de 



— 88 — 

En sus últimos años las deficiencias de este aparato 
eran más notables. Los catálogos marinos establecían 
que las revoluciones del aparato o sea el eclipse se efec¬ 
tuaba cada tres minutos, cuando en realidad debido al 
mal funcionamiento del aparato se realizaba cada minuto 
y 40 segundos. 

La linterna estaba en armonía con el aparato lumi¬ 
noso, construida por un simple armazón de hierro con vi¬ 
drios de tres milímetros de grueso, con techo de zinc, sin 
ninguna ventilación especial y necesaria para el buen 
funcionamiento del faro. Este armazón, al que muchos 
han atribuido origen colonial, puede verse aún en el Mu¬ 
seo Histórico Municipal. 

Lo único que se encontraba en buen estado era la to¬ 
rre de mampostería de una altura de 7 m. 13 sobre el pi¬ 
so de las habitaciones de la Fortaleza. 

En virtud de resoluciones dictadas por el Gobierno 
a fines del año 1903 y principios de 1906 el Servicio de 
Faros pasó a depender del Ministerio de Fomento, (hoy 
Obras Públicas), y se encomendó a la Oficina de Hidro¬ 
grafía, cuyo Jefe entonces era el Ing. Víctor Benavídez, 
el estado del mejoramiento de las señales marítimas del 
Plata. 

La modernización del Faro del Oerro resuelto en 
aquella fecha no pudo realizarse; la guerra civil fué la 
causa principal del atraso que sufrió la ejecución de este 
proyecto. Recién en Junio de 1906 se contrató con los 


reflectores adecuados, fuera para proyectar la luz en las noches de cerrazón 
hasta 30 o 40 kilómetros y en tiempo sereno de 40 a 50 kilómetros o bien 
proyectar las luces sobre la bahía alumbrando el fondeadero. 

4. ° Para alimentar las lámparas citadas se haría uso de máquinas de 
gran poder a corriente continua o alternada Dínamos eléctricos de Sie- 
menns. 

Unas darían luz equivalente a 12000 bujías y otras dos más pequeñas 
equivalentes a 10.000 luces ambas. 

5. ° Para impulsar las tres máquinas Dínamo eléctricas se emplearían 
los siguientes motores: Para una grande una máquina horizontal de alta 
presión con caldera vertical, fuerza de ocho caballos y de 80 a 100 evolucio¬ 
nes por minuto; y para las pequeñas uno de dos motores del mismo sistema 
de 100 a 120 evoluciones y representando una fuerza suficiente para el ob¬ 
jeto propuesto. 

Esta propuesta no fué tomada en consideración por el Gobierno. 



— 89 — 


establecimientos de Henry y Lepante, de París, por in¬ 
termedio de su representante en Montevideo, iniciándo¬ 
se los trabajos de transformación el 8 de Febrero de 1907. 

Habiéndose resuelto que el nuevo faro se levantara 
sobre la torre del viejo, fué necesario construir una pro¬ 
visoria de madera para que en ella funcionara la farola 
basta la terminación de la obra. 

Este traslado presentó ciertas dificultades, porque 
debía hacerse en el mismo día entre la salida y la puesta 
del sol, para no interrumpir el servicio del faro; sin em¬ 
bargo merced a la competencia y habilidad del maestro 
carpintero señor Raimundo Despagne y mecánico Hipó¬ 
lito Tournier, ese mismo día a las seis de la tarde el apa¬ 
rato luminoso estaba pronto para funcionar en su torre 
improvisada que se levantó en la plaza de armas de la 
Fortaleza, costado Este. 

Terminado éste, fué inaugurado el 19 de Abril de 
1907 y continúa en servicio hasta hoy. Y desde esa fecha 
el antiguo aparato que durante más de medio siglo había 
guiado a los navegantes que llegaban a este puerto se apa¬ 
gó para siempre, pasando a la categoría de reliquia 
histórica. 

Las características del moderno faro, testimonio pal¬ 
pable de los progresos alcanzados por la República son 
los siguientes: 

Altura focal sobre la pleamar 148 metros. 

Visibilidad en el estado medio de transparencia at¬ 
mosférica 37 millas marinas. El mismo alcance geográfi¬ 
co para un observador elevado de 5 metros, sobre el nivel 
del mar. 

En tiempo claro su alcance es de 64 millas. Carácter 
de la luz: grupo de tres destellos blancos cada 10 segun¬ 
dos o sea 18 relámpagos por minuto. Aparato de 3.er or¬ 
den. Poder luminoso en bujías Violle 14.400. Sistema de 
iluminación, petróleo incandescente. 

El aparato luminoso se compone de una linterna y 
de un aparato lenticular compuesto de tres lentes que, 
apoyados convenientemente flotan en un baño de mer¬ 
curio y giran por medio de un movimiento de relojería, 
dando una vuelta entera en 10 segundos. 



— 90 


La luz se produce por un aparato adecuado a incan¬ 
descencia con gas de petróleo comprimido. 

Al adoptarse este sistema de faro se tuvieron en 
cuenta las siguientes consideraciones de orden técnico: 

Es un hecho adoptado umversalmente que cuando se 
trata de faros con brillo, que a los navegantes conviene 
los faros relámpagos intensos y frecuentes, los contren- 
tones modernos, con la aplicación de los flotadores sobre 
mercurio han podido conseguir grandes velocidades de 
rotación y por consiguiente frecuentes y poderosos bri¬ 
llos sin recurrir al procedimiento anteriormente usado, 
de aumentar el número de los lentes que disminuye su 
potencia. 

Esta instalación costó al Estado la suma de 12,975 
pesos. 






— 93 — 


CAPITULO IV 


^JJígías y x^elégrafos 

Desde la época colonial, las vigías se instalaban en 
las alturas de la ciudad, en las torres de las iglesias, etc. 

Su misión era explorar el horizonte con un anteojo 
de larga vista, sobre todo en el mar, y comunicar a las 
autoridades de quien dependían, las novedades que re¬ 
querían su atención y dar la alarma en caso de que la 
ciudad se viera amenazada de algún peligro. 

Muy poco se diferenciaban las torres de los vigías 
de los semáforos; se les puede considerar como un mismo 
elemento de señales. 

Desde los tiempos históricos la telegrafía óptica fue 
empleada, principalmente en las necesidades de las gue¬ 
rras; con ella, si bien no era posible expresar un pensa¬ 
miento, se podía hacer conocer un hecho ya previsto de 
antemano. 

En 1781 se instaló la primer vigía, en la cumbre del 
Cerro, construyéndose en el mismo lugar un rancho de 
paja por orden del virrey, en la cual debía actuar un pilo¬ 
to o pilotín de la armada, con banderas para señales de 
las embarcaciones que se avistasen, las que estarían lla¬ 
madas a prestar servicios muy importantes. Junto al 
rancho mandado levantar para alojamiento del vigía, se 
mandó colocar un asta para las banderas que debían 



94 — 


usar de acuerdo cou el plan de señales (pie se le encomen¬ 
dara (1). 

El 20 de Julio de 1802, el Piloto José Lougarr, que, 
auxiliado en sus funciones por cuatro marineros de la 
Fragata “Medea”, desempeñaba desde el primer momen¬ 
to las funciones de vigía del Cerro, fue relevado en su 
cargo por el alférez de fragata y primer piloto don José 
Enriquez, levantándose con este motivo un inventario de 
todas las existencias a su cargo, por el cual nos entera¬ 
mos que, además del asta de bandera con cuatro vientos y 
(Irisa, tenía cinco banderas, un gallardete azul y un plan 
para señales; un anteojo grande de cinco cuartas, con 
cinco espejos forrados de balleta y un anteojo chico con 
cuatro espejos, para las observaciones del rugía; además 
de una serie de útiles para comodidad del mismo. (2) 

Pocos días antes de la Batalla de Las Piedras, el 
comando de la Plaza de Montevideo, en previsión de un 
encuentro que consideraba inminente, estableció un plan 
de señales para inteligencia de la Plaza, con las fuerzas 
destacadas en sus proximidades. 

Este plan constaba sólo de ocho señales que se hacían 
con bandera, gallardete, corneta y bola; las imprescindi¬ 
bles para dar a conocer la situación de las fuerzas de 
Artigas, su aproximación al lugar de Las Piedras, y pe¬ 
dir municiones, refuerzos o víveres. 

En el plan de señales a que aludimos, se establecía: 
una bandera al tope del asta del Cerro será la inteligencia. 
Repitiendo el Cerro la misma señal que se haga en Las 
Piedras, será indicar que sale de esta Plaza lo que allí 
se pidió. 

Vemos así, claramente, que la vigía del Cerro, servía 
de estación intermedia en el telégrafo óptico que se había 
establecido entre Montevideo y Las Piedras. (3) 

La vigía del Cerro estuvo desde su iniciación hasta 


(1) — Caja 107. Carp. 7. — Doc. 61. Arcli. Oral, de la Nación. — 
Montevideo. 

(2) — Caja 270. Carp. 9. Doc. 28. Arcli. Oral, de la Nación. — Mon¬ 
tevideo. 

(3) — Apéndice al Arch. Administrativo. Año 1811. — Archivo G. 
de la Nación. — Montevideo. — "Operaciones Militares”. 



— 95 — 


que fué retirada de este lugar, desempeñada por personal 
perteneciente a la marina. Sería largo enumerar en este 
trabajo todos los pilotos o pilotines que la lian desempe¬ 
ñado, prestando importantes servicios a la navegación 
mercante y a las fuerzas armadas que ocuparon la Plaza 
de Montevideo en distintas épocas. 

Al principio de la Guerra Grande, se encontraba al 
frente de la Vigía del Cerro el piloto Joaquín Ferreyro, el 
cual tenía a sus órdenes cuatro marineros de la Capitanía 
del Puerto. Cuando en Enero de 1843 pasó el destaca¬ 
mento militar a tomar posesión de la Fortaleza del Cerro, 
el Comandante de las fuerzas ocupó todos los alojamien¬ 
tos y quitó a este piloto las piezas en que funcionaba la 
vigía dificultándose así su cometido. 

Esta incidencia dió lugar a una queja del piloto Fe¬ 
rreyro; que fué atendida por el Ministerio de Guerra, 
quien ordenó al General José María Paz, Comandante de 
Armas del Departamento, dispusiera se entregaran al pi¬ 
loto, las piezas que consideraba aparente del servicio de 
que estaba encargado. 

El piloto vigía, en estas circunstancias, tenía funcio¬ 
nes independientes de la autoridad militar del punto, y 
su Jefe inmediato era el Capitán del Puerto, estando li¬ 
mitada su vigilancia al mar. Poco después pasó a depen¬ 
der de la autoridad militar y su rol se extendió a la vigi¬ 
lancia a los movimientos del ejército sitiador de la Plaza 
de Montevideo; instalándose en dicha vigía el telégrafo 
para las trasmisiones del Ejército sitiado, el cual instaló 
otra estación de telegrafía óptica, receptora y trasmiso- 
ra en la torre de la Iglesia Matriz. 

Sobre el funcionamiento de este telégrafo y su gran 
importancia durante toda la Guerra Grande me he ocu¬ 
pado en otra monografía, en la que se detalla, además, 
cómo no pudiendo los sitiadores tomar la Fortaleza del 
Cerro, por falta de medios, tramaron un complot, con per¬ 
sonal de la guarnición de este fuerte para hacerlo volar (4). 

Para que se pueda apreciar la importancia del obser- 


(4) — "Las trasmisiones del Ejército Defensor de la Plaza de Mon¬ 
tevideo, durante la Guerra Grande”, Montevideo, 1933, obra del mismo autor. 



96 — 


vatoi io militar a cargo de la Vigía del Cerro, de la cual 
querían posesionarse las fuerzas sitiadoras, sin reparar 
en los medios empleados para conseguirlo, transcribire¬ 
mos las palabras del Cral. argentino Angel Pacheco 
— publicadas en la época — integrante del Ejército Si¬ 
tiador y deseoso de iniciar operaciones de importancia 
sobre el Cerro, posición a la que daba un gran valor. 

“Mientras los salvajes sostengan el dominio que 
ejercen allí — decía — nuestra línea estará siempre 
amenazada por su derecha; aparte de que la observación 
de nuestro campo es constante: no podemos mover un 
soldado sin que el vigía lo anuncie”. “Si poseyéramos el 
Cerro, — agregaba el General Pacheco — nuestra impor¬ 
tancia moral crecería mucho, y los hechos materiales se¬ 
rían más eficaces”. 

El Ejército Sitiador no consiguió, empero, como eran 
sus deseos, apoderarse de la Fortaleza del Cerro. Inicia¬ 
da la revolución del Gral. Venancio Flores contra el Go¬ 
bierno de Berro, el 19 de Abril de 1863, ante el peligro de 
un ataque a la Capital, el comando de la plaza, tomó me¬ 
didas para organizar su defensa. Entre otras trasmitió a 
la vigía una orden del Sr. Gral. en Jefe del Ejército en la 
que se disponía que cuando la partida de observación, 
instalada en la Barra de Santa Lucía anunciara por medio 
de cohetes la aproximación del enemigo, o buques sos¬ 
pechosos, la Fortaleza del Cerro, hiciera señales a la Pla¬ 
za, tanto de día como de noche, disparando dos cañonazos 
con intervalo de cinco minutos. (5) 

En enero de 1865, el Comandante de la Fortaleza del 
Cerro, Coronel Juan G. Sierra deseando ampliar la mi¬ 
sión encomendada a la vigía del Cerro, propuso al Presi¬ 
dente de la República las siguientes modificaciones: ins¬ 
talar una embarcación en la Barra de Santa Lucía, esta¬ 
bleciendo una combinación de señales con faroles entre 
esta embarcación, la Fortaleza del Cerro y la Plaza. 

El Gobierno aceptó la iniciativa del Jefe de la For¬ 
taleza y dispuso pasase a la Capitanía General de Puerto, 


(5) 


Archivo Histórico. Estado Mayor Gral. del Ejército, Carp. 53. 














— 97 


para que ésta procediese de inmediato a establecer el plan 
de señales indicado. 

La Capitanía General de Puerto, con fecha 7 de Pine¬ 
ro de 1865, al dar cumplimiento a la orden superior del 
mismo día, comunicó (pie ya estaba establecido un plan 
de señales ópticas entre la Barra de Santa Lucía y el Ce¬ 
rro, que en virtud de lo ordenado, se agregara algunas 
frases más para mayor inteligencia. (6) Quedó así esta¬ 
blecida, una red de trasmisiones, entre los elementos 
avanzados de la guarnición de Montevideo, destacados en 
la Barra de Santa Lucía y el Comando de la Plaza, insta¬ 
lado dentro del recinto de fortificaciones de Montevideo, 
teniendo como estación intermedia, el observatorio de 
la Fortaleza del Cerro a cargo de la vigía de la misma. 

Al producirse el movimiento revolucionario acaudi¬ 
llado por el Gral. Timoteo Aparicio, ante el avance de las 
fuerzas rebeldes sobre la Capital de la República, y ne¬ 
cesitando el comando de la Plaza disponer de medios que 
le permitieran mantener con los distintos destacamentos 
emplazados fuera de la ciudad una constante y rápida 
relación para la trasmisión de partes, órdenes e informa¬ 
ciones, vuelve a falta de otros medios apropiados a esta¬ 
blecer la telegrafía óptica tomando, como en otras épocas, 
a la Fortaleza del Cerro, con su vigía por estación inter¬ 
media. 

En Abril de 1870, el Capitán de Puerto, pidió que se 
estableciera un plan de señales de Guerra, para las tras¬ 
misiones a efectuar y el Gobierno de acuerdo con lo in¬ 
formado por el Jefe de la Fortaleza del Cerro, dispuso 
que se pusiera en vigencia, el plan que existía en la misma 
confeccionado, cuando el Gral. Aparicio llegó por la Flo¬ 
rida y en previsión de cualquier ataque que pudiera hacer 
por estas inmediaciones. (7) 

La instalación en nuestro medio del teléfono propor¬ 
cionó otro sistema de comunicación que el utilizado basta 


( 0 ) — Legajos del Ministerio de Guerra y Marina. — Año 1865. — 
Knero-Febrero. — Archivo General de la Nación. 

( 7 ) — Legajos del Ministerio de Guerra v Marina. — Año 1870, Abril. 
— Archivo General de la Nación. 

4 



— 98 — 


entonces por el Vigía de la Fortaleza del Cerro, supri¬ 
miéndose de hecho la telegrafía óptica. 

Hasta el año 1934 funcionó en el Cerro la vigía; sien¬ 
do trasladada desde esa fecha a la torre del nuevo edifi¬ 
cio de la Aduana, donde actualmente presta servicio, con 
elementos más modernos y de acuerdo con su delicada 
misión. 

El nombre de Alejandro Ferdinando, está ligado ín¬ 
timamente a la historia de esta vigía; desde hace cerca 
de ochenta años figura en la vigía del Cerro, habiéndose 
sucedido en el cargo tres generaciones: Alejandro Ferdi¬ 
nando, abuelo, fallecido, después de prestar más de cua¬ 
renta años de servicios como vigía; Alejandro Ferdinan¬ 
do (hijo), disfrutando el merecido descanso que le acuer¬ 
da su jubilación después de muchos y meritorios años de 
servicios, y Alejandro Ferdinando, nieto, último vigía del 
(Vrro, continuando hoy sus servicios en la Capitanía del 
Puerto. 






- 101 — 


CAPITULO V 





rmas 


Numerosos son los hechos de armas que, a través de 
nuestra historia se conocen con la denominación de ‘‘Ac¬ 
ción del Cerro’’, en los cuales no siempre tuvo una inter¬ 
vención directa la fortaleza del mismo. 

Al principio de las Invasiones Inglesas, cuando aqué¬ 
lla aún no estaba construida, el 28 de Octubre de 1806, 
el Almirante inglés Popliam, intentó desembarcar en la 
costa del Cerro y fué rechazado por las fuerzas locales. 

Terminada la construcción de la Fortaleza, sus pri¬ 
meros fuegos se dirigieron contra las fuerzas patriotas; 
pero el brillante triunfo de Artigas en la Batalla de Las 
Piedras, conmovió hondamente al comando de la Plaza de 
Montevideo y su alarma se acrecentó al tener noticia del 
avance de las tropas victoriosas hacia el recinto de la 
muy fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y San¬ 
tiago de Montevideo. 

El 19 de Mayo, se realizó una Junta de Guerra para 
estudiar las medidas a tomar en esa emergencia difícil. 
Entre otras, tendientes a conjurar la situación, el Co¬ 
mandante General del Apostadero de Marina en el Río 
de la Plata Don José María de Zalazar, propuso que se 
retiraran del Cerro los cañones allí existentes y 800 quin- 



— 102 — 


tales de pólvora que había en la falda del mismo, ante 
el peligro de que pudieran pasar a manos de los patriotas 
en caso de que éstos tomaran la Fortaleza. 

El Virrey Ello se opuso a ello expresando que, en el 
(-aso de no poder traer la pólvora, se trataría de inutili¬ 
zarla; en cuanto a los cañones, consideraba imposible que 
los patriotas tomaran el Cerro. 

Con tal motivo, y contra el dictamen facultativo de 
que esta Artillería no podía en ningún modo favorecer a 
la Plaza, se resolvió dejarla en el punto fortificado en que 
se encontraba. 

Ello no obstante, al día siguiente, se optó por retirar¬ 
la pólvora de los almacenes del Cerro y al efecto se envió 
“una negrada” — como dice el documento de la época — 
compuesto por cien negros y custodiados por treinta 
hombres de la marina, para atender a su defensa, mien¬ 
tras ellos efectuaban el acarreo a los lanchones y falucho 
(pie esperaban en la costa. 

Cuatro días después, en un bote debidamente cus¬ 
todiado se envió personal para reforzar la guarnición del 
('erro, euva custodia llevaba la orden de mantenerse en 
las proximidades del mismo hasta que este refuerzo to¬ 
mara el Fuerte y e,n caso que fueran atacados o impedidos 
de llegar a su destino, el falucho los auxiliase con sus 
fuegos. (1) 

Desde entonces, durante el primer y segundo sitio de 
Montevideo, los patriotas hostilizaron a la guarnición del 
Cerro, aunque débilmente por falta de elementos y en es¬ 
pecial artillería, librándose algunos tiroteos de escasa 
importancia. 

La solidez de la fortaleza para tan escasos medios de 
ataque y la poderosa metralla de sus cañones, eran un 
obstáculo insalvable para las fuerzas de Culta, Artigas, 
Fondean y Soler a quienes, si le sobraba valentía y entu¬ 
siasmo por la noble causa que defendían, les faltaban, 
como es sabido, los recursos más indispensables para 
poder hacer una guerra regular. 


(1) — Correspondencia de José María Zalazar, existente en copia en 
el Archivo del instituto Histórico y Geográfico del U ruguay. — Montevideo. 



— 103 


Sin embargo, su asedio a este fuerte fue tal que liubo 
momento en que su guarnición estuvo a punto de capitu¬ 
lar por falta de víveres que los patriotas impedían llegar 
a su poder. El poeta Francisco Acuña de Figueroa, en su 
diario histórico confirmaba este hecho: 

1,1 Tres lanchas hoy han salido 
Queriendo al Cerro llevar 
el relevo militar 
Y víveres que han pedido (2) 

No bien nuestros cien campeones 
Pisaban la orilla osados 
Cuando se ven asaltados 
Por infantes y dragones. 


En vano el (.■erro 
Tronaban los bronces 
Que ellos no se arredran 
Ni el miedo conocen 
Los nuestros resisten 
(■on fuerzas menores 
Y al fin en sus lanchas 
En fuga se acogen. 


Así el Cerro, en aflicción 
Sin el socorro ha quedado 
Porque lo tiene sitiado 
De Soler la división. (3) 


(2i — Todos los meses iba al Cerro la muda de la guarnición y cada 
15 días el repuesto de víveres en esta ocasión ya habían sufrido 5 días de 
retardo. 

<3) — Acuña de Figueroa. "Diario Histórico”. Domingo Junio 5 de 
1814. — Tomo fI, Pag. 296. — Montevideo. 1890. 



104 


La misión principal asignada a esta fortaleza, según 
su constructor, era la de proteger la Isla de Ratas, forti¬ 
ficada debidamente y con una guarnición respetable y 
protegida a la vez por las baterías de la plaza, con las 
cuales cruzaba sus fuegos cerrando la entrada al puerto 
de Montevideo. 

Faltos de pólvora los patriotas que a órdenes del 
Oral. Rondeau sitiaban la plaza de Montevideo para el 
empleo de su artillería, acordaron asaltar la Isla de Ra¬ 
tas, y tomarla de sus almacenes, pese a la protección de 
la plaza y muy especialmente de la Fortaleza del Cerro. 

Y a la media noche del día 15 de Julio de 1811, rea¬ 
lizan su audaz empresa. Setenta y cinco hombres a las 
órdenes del Capitán de Dragones de la Patria don Juan 
José Quesada y del Piloto Pablo Zufriategui, asaltaron la 
Isla rindiendo la guarnición (pie sorprenden, matan en el 
combate al Jefe de la Fortaleza Comandante Ruiz, inu¬ 
tilizan la artillería y se apoderan de 20 quintales de pól¬ 
vora, pertrechos de artillería y el armamento de la guar¬ 
nición, tomando a la vez algunos prisioneros. 

El procedimiento enrpleado por los patriotas, su in¬ 
trepidez y arrojo privaron a la fortaleza del Cerro la opor¬ 
tunidad de poder poner en evidencia su capacidad para 
cumplir la misión de protección a la Fortaleza de la Isla 
de Ratas. 

Armada la Fortaleza con 8 cañones de grueso calibre, 
intervino en el combate naval realizado frente a Monte¬ 
video, entre la Escuadra Patriota que mandaba Brown y 
la realista que defendía este Puerto. Esta última fué de¬ 
rrotada a presencia del fuerte y los patriotas llegaron a 
perseguir las embarcaciones españolas hasta la falda del 
Cerro, en la que los tripulantes de estas últimas hicieron 
abandono de ellas refugiándose en la Fortaleza. 

Finalmente el día 22 de Junio de 1814, el Oral. Ai¬ 
rear, jefe del asedio, se posesionó de la Fortaleza del Ce¬ 
rro y al día siguiente, a las 4 de la tarde entró en la ciu¬ 
dad de Montevideo. 

Al tomar posesión de la Fortaleza, Alvear, envió al 
Gobierno de Buenos Aires, el siguiente comunicado: 




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“Son las diez de la mañana y acaba de tomarse pose¬ 
sión, por las tropas de mi mando, de la Fortaleza del Fe¬ 
rro, en la que ya flamea la bandera de la Patria, y a fin 
de que con la brevedad posible llegue a noticias de V. E. 
baga despachar este pliego en alcance del Coronel don 
Domingo Frencli para que lo conduzca a manos de V. E. 
para su satisfacción, etc. etc. (4) 

Fue ésta, pues, la primer obra de fortificación espa¬ 
ñola de la Plaza de Montevideo que arrió el pabellón de 
la madre patria para dejar lugar a la bandera de las 
Provincias Unidas del Río de la Plata. 

Levantado el inventario de la Fortaleza se constató 
la existencia de una cantidad de pólvora, cartuchos para 
artillería e infantería, bombas, granadas de mano y de 
cañón y balas (5). 


11 

El 9 de Febrero de 1826, en plena guerra contra el 
Brasil, el Teniente Coronel Manuel .Oribe, Jefe de las 
fuerzas Orientales que sitiaban a Montevideo, defendido 
por armas brasileñas, batió en las inmediaciones del Ce¬ 
rro, a una fuerza de más de 300 hombres que estaban de 
guarnición en la fortaleza, ocasionándole unos 50 muer¬ 
tos, entre ellos 4 oficiales y tomándoles algunas armas (6). 

El Jefe de las fuerzas de la patria comunicó este he¬ 
cho al General Lavalleja, en los siguientes términos: 

Exmo. Señor: 

Días ha que el enemigo había contrahidose a incomo¬ 
dar las guardias del Pantanoso, aunque sin ventaja algu¬ 
na por su parte. 


(4) — Angel J. Carranza. “Campañas Navales de la República Argen¬ 
tina’’. Tomo III, Buenos Aires, 1916. 

(5) — Angel Justiniano Carranza, op. cit. 

(6) — En recuerdo de este hecho memorable en las luchas por nuestra 
independencia, el Dr. Andrés Lamas, propuso en su “Programa de nomen¬ 
clatura de las calles y Plazas de Montevideo”, aprobado el 21 de Mayo de 
1843, se le diera el nombre de “Del Cerro” a la que pasaba por el costado 
Oeste de la casa de Policía, nombre que conservó desde aquella fecha, has¬ 
ta que le fué sustituido por el de “Bartolomé Mitre” que actualmente tiene. 



106 — 


Yo omití noticiarlo a Y. E. hasta operar de una ma¬ 
nera q.e le escarmentase, y creo liaher enfrenado su au¬ 
dacia con el golpe q.e ha sufrido esta mañana. Anoche 
me embosqué con toda la fuerza de la línea de mi cargo 
en la casa del barbero Martínez, Hoi como a las 5 de la 
mañana salió la columna enemiga fuerte como de 350 
hombres, separándose de los fuegos del ('erro como a dis¬ 
tancia de media legua. Me dispuse al momento a cargar¬ 
los y fui sentido al instante. Sin embargo logré alcanzar¬ 
los a la guardia de la pólvora, y allí fueron acuchillados 
de un modo vigoroso; y lo hubieran sido más si los pique¬ 
tes de infantería no hubieran sido un obstáculo para su 
persecución. En el campo quedan según infiero unos 50 
cadáveres imperiales, entre ellos, por la forma y valor de 
las gorras, pueden (' litarse 4 oficiales. Se han recogido 
cuarenta y cinco caí'acheras, e igual número de sables 
que costara al enemigo eri.i jornada, lo que circunstan¬ 
ciaré luego <pie se hubieran reunido todos. La jiérdida 
por mi parte ha consistido en 5 heridos de la milicia de 
(’anelones no siéndome posible determinar los que de esta 
clase haya tenido el.enemigo en su retirada, pío s mis ór¬ 
denes de no hacer prisioneros fueron puntualmente obe¬ 
decidas. 

Tengo la satisfacción de notificarlo a Y. E. p.a su de¬ 
bido conocimiento. — Dios Gde. a Y. E. m. s a. s Manga y 
Feb.° 9 de 1826. — Exmo. Señor. — Manuel Oribe. — Ex- 
mo. Señor. — Brigadier Gobernador y Capitán Gral. de 
esta Provincia. (7) 


m 

Durante la Guerra Grande se libraron varios comba¬ 
tes en las inmediaciones del Cerro, interviniendo en to¬ 
dos ellos la guarnición del mismo. 

En Mayo de 1843 el Almirante Brown pidió al Go¬ 
bierno de Montevideo, que se pusiera el Cerro en mano 
de una o de las dos potencias mediadoras, Inglaterra o 

(7) — Correspondencia Militar. — Archivo Histórico del Estado* 
Mayor. — Montevideo. 



— 107 — 


Francia, basta la terminación de la guerra, obligándose 
el mismo a poner término a sus hostilidades contra la 
plaza. 

Se pedía además la neutralización del Cerro y todo 
el terreno y extensión de agua que comprendía el tiro de 
una pieza de 24, de la Fortaleza en todas direcciones. 

El interesante documento reservado que damos a co¬ 
nocer, nos ilustra ampliamente sobre estas proposiciones 
hechas por intermedio del Comodoro Purvis: 


* k 

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‘‘Montevideo, (> de Mayo de 1843. — El Señor Como¬ 
doro Purvis, lia manifestado el deseo de que el Gobier¬ 
no explique con claridad y presición la inteligencia que 
da a la proposición hecha por el Gral Guillermo Bronw 
de' que se ponga el Cerro en manos de una ó de ambas 
potencias mediadoras hasta la terminación de la gue¬ 
rra obligándose el mismo Gral Bronw a poner término 
a las hostilidades contra el Gobierno por lo que respec¬ 
ta. a la. Guerra Marítima. — Satisfacer este racional de¬ 
seo del señor Comodoro Purvis, y ponerle en estado de 
proceder con entero conocimiento de causa es el fin de 
este papel, puramente privado y muy confidencial. Por 
neutralización del Cerro y su territorio, El Gobierno 
entiende: que el Cerro y todo el terreno y extensión de 
agua que comprende el tiro de una pieza de a 24„ de 
la fortaleza del mismo Cerro en todas direcciones que¬ 
de completamente neutral como si en la realidad fuese 
territorio extrangero, que no haya de permitir el ac¬ 
ceso a dicho territorio a ninguno de los beligerantes, 
bien sea en cuerpo de tropas o por individuos ni arma¬ 
dos ni sin armas, bajo protesto ninguno por inocente 
que sea, siendo especialmente prohibido todo género 
de Comercio en dicho territorio, así como también el 
transitar por el ya sea para traer, vender, embarcar, 
comprar, desembarcar ó de cualquier otro modo tratar 
mercaderías, víveres, armas, municiones ó artículos y 
géneros de cualquier naturaleza, por inocente que sea. 
Todas estas prohibiciones y preeausiones como ocasio¬ 
nadas únicamente por la presencia de las fuerzas sitia¬ 
doras, cesarán desde que el sitio de la Plaza se levante 



— 108 — 


y los Sitiadores se retiren debiendo considerarse ter- 
minado el depósito después de enteramente evacuado el 
‘ k territorio. — Que en caso de (pie tropas de cualquiera 
“ de los beligerantes se refugiasen perseguidas o por 
“ cualquier otro motivo al territorio neutralizado de los 
“ mediadores que le ocupan prosederan a desarmarlos y 
“ a todo lo demás (pie el derecho de gentes previene pa- 
“ ra semejante caso en territorios neutrales bien enten- 
“ di'V' que semejartco tropas, así, jefes como oficiales, y 
“ soldados después de desarmados no podrán volver a 
“ tomar las armas ni hacer otro ningún servicio en la 
11 presente guerra. — El Gobierno desearía que amas del 
“ territorio comprendido bajo el tiro de cañón del Cerro, 
“ quedase también neutralizada con las mismas circuns- 
“ tancias y oondicr e ; toda la extensión de costa com- 
“ prendida entre la ! ara dpi Arroyo Seco y el Cerro, 
“ con media legua al mer..-<, de anchura desde la orilla 
“ del agua al interior. — Por terminación de las hostili- 
“ dades en la tocante a la guerra Mari L’-llUR 4 entiende el 
“ Gobierno que, el Gral Brouv se obligará a no hacer en 
k ‘ adelante hostilidad alguna contra el Gobie:. , ni con 
“ su buque ni con otro ninguno de la Escuadra de Bue- 
4Í nos Aires, chico, ni grande, en ninguna de las aguas 
“ ni Costas de la República. — Funda el Gobierno esta 
k ‘ inteligencia en que el Gral dice que quiere terminar 
“ una guerra Contrarias a las miras e instrucciones del 
“ Gobierno de S. M. B. la que ciertamente son para que 
“ termine la guerra en todos los puntos y no en uno de- 
“ terminado y también en la frase en que dice que termi- 
“ liará las hostilidades contra el Gobierno por lo que res- 
“ pecta a la guerra marítima. — Estas palabras son ge- 
“ nerales comprenden toda la guerra marítima y el Go- 
“ bierno no debe ni puede poner contra sí, ristrección que 
“ su enemigo no ha puesto. — Si el General Bronw, en 
4 ‘ el curso de la negociación, se obstinase en no reconocer 
“ una inteligencia que claramente resulta de su nota se- 
“ rá presiso que el explique su sentido cuya explicación 
“ se trasmitirá al Gobierno para considerarla”. (*) 


(*) — Archivo General de la Nación. — Caja 1318. — Año 1843. 



— 109 — 


l)e haber sido aceptadas estas proposiciones hubie¬ 
ran cambiado fundamentalmente los hechos ocurridos con 
posterioridad no sólo en la Fortaleza del Cerro y sus in¬ 
mediaciones, sino también en la bahía y Plaza de Mon¬ 
tevideo. 


IV 


El día 6 de Junio de 1843, como a las 5 de la tarde, el 
enemigo empezó a subir la cuesta del Cerro por los costa¬ 
dos Norte y Oeste, y, poco después, rompieron el fuego 
por ambos costados. A las 10 1|2 de la noche abrieron nue¬ 
vamente el fuego los sitiadores. 

Esta operación duró hasta las doce de la noche. 

Por un portugués pasado, de nombre Francisco Ló¬ 
pez Correa, supo el Comando de la Fortaleza que la Ca¬ 
ballería de los atacantes ascendía como a 1000 hombres 
y que la infantería no bajaba de 200 a 250, siendo Jefes 
de estas fuerzas el General Nuñez y el Coronel Montoro. 

El fuego de esa noche inutilizó la farola. — La guar¬ 
nición de la fortaleza, que sólo tuvo un herido grave, per¬ 
maneció muda toda la noche, porque tenía orden de no 
hacer fuego sino a quema ropa. Sólo de tarde en tarde 
largó alguna que otra metralla, para dispersar a los que 
intentaban apoderarse de la caballada encerrada en un 
corral próximo a la Fortaleza. 

Dando cuenta su Comandante de este hecho de ar¬ 
mas, decía: “el enemigo debe haberse convencido del des¬ 
precio que esta guarnición ha hecho de su fanfarrona em¬ 
presa”. (8) 

Al día siguiente los diarios de Montavideo, protesta¬ 
ban por el destrozo de la farola los que, decían, expon¬ 
drían a zozobrar a los buques que se dirigían al Puerto y 
“EL CONSTITUCIONAL”, de fecha 1 de Junio de 1843, 
expresaba: “Entendemos de que por interés de la huma- 


(8) — “Acciones de Guerra”. — Archivo Histórico del Estado Mayor. 
— Montevideo. 



— 110 — 


nielad y de su comercio respectivo, los Agentes Consula¬ 
res deben reclamar a Oribe sobre el particular”. 

El saqm-o cometido por los sitiadores en la Villa del 
Cerro dejó en la mayor miseria y consternación a sus ha¬ 
bitantes. 

El Comandante de la Fortaleza, en comunicación pa¬ 
sada al Ministerio de la Guerra el 8 de Junio del citado 
año, decía: “Hoy han venido los vecinos de esta Villa, 
tanto extranjeros como patriotas, a pedirme asilo en es¬ 
ta Fortaleza, para ellos y su familia. — Se los lie acorda¬ 
do con mucho gusto y ahora que es noche tengo la Forta¬ 
leza llena de familias de vecinos y extranjeros. Esta no¬ 
ticia está ratificada por “El Constitucional” del 13 de 
Junio citado, en el que se lee: “Las familias despavoridas 
y los extranjeros saqueados y amenazados de muerte por 
los enemigos de la República, huyendo de su ferocidad 
corren a ampararse y guarecerse de nuestra Fortaleza, 
donde encuentran abrigo y protección”. 

El 17 de Febrero de 1844, llegaron a las inmediacio¬ 
nes del Cerro, Don Venancio Flores, Jacinto Estivao y 
Centurión, los que se pusieron a órdenes del Gobierno de 
la Defensa. Este designó al Coronel Flores Jefe de todas 
las fuerzas del Cerro, formada por artillería, caballería e 
infantería. 

Al mes y días de haber asumido el mando, el Ejérci¬ 
to Sitiador de Montevideo, al mando del General Don An¬ 
gel Nuñez, inició sus operaciones contra el Cerro, cons¬ 
tante objetivo de sus actividades. 

Las fuerzas de este punto, dirijidas personalmente 
por el Ministro de Guerra Coronel Melchor Pacheco 
y Obes, repelen la agresión y secundados por Garibaldi, 
Estivao, López, Cáceres, Manuel Pacheco, Francisco Ta¬ 
jes, César Díaz, Solsona y Mesa, bajo las inmediatas ór¬ 
denes del Coronel Venancio Flores, derrotaron cerca del 
Pantanoso al General Nuñez, quien recibió en el comba¬ 
te una herida mortal. 

Otro encuentro tuvo lugar en el paso de la Boyada, 
entre las fuerzas sitiadoras, al mando del General Manuel 
Oribe, y las de la Defensa de Montevideo, a órdenes del 



— 111 


(hmandante General de Armas de la misma General Don 
José María Paz, el 24 de Abril de 1844. 

Fracasado, por diversas cansas, el plan convenido 
para batir a las fuerzas sitiadoras, el General Paz se vio 
obligado a retirarse al Cerro, hecho sobre el cual se lian 
ocupado varios historiadores, lo cpie me releva de la obli¬ 
gación de entrar en otros pormenores. 

En la situación crítica y penosa en que se encontra¬ 
ba entonces la Plaza de Montevideo, se presenta a blo¬ 
quear su puerto, el Almirante Brown, al frente de la es¬ 
cuadra con bandera Argentina. 

La Fortaleza del Cerro interviene en los combates li¬ 
brados en sus propias barbas; pero con poca eficacia co¬ 
mo en épocas anteriores, al extremo de que la escua¬ 
drilla de Garibaldi se vió obligada, a atacar embarcacio¬ 
nes de la escuadra de Brown, en las mismas costas del 
Cerro, echando a pique al buque enemigo “Oscar”. (9) 


Y 


Los hechos expuestos vienen a confirmar los juicios 
emitidos por técnicos de la época respecto a esta obra de 
fortificación. 

En la madrugada del 29 de Noviembre de 1870, como 
ya lo expresara anteriormente, fuerzas revolucionarias a 
órdenes del General Timoteo Aparicio, sitiador de Mon¬ 
tevideo en ese entonces, tomaron la Fortaleza del Cerro, 
obligando a su guarnición a entregarse a discreción. 

Sobre este suceso hay dos versiones distintas; de los 
revolucionarios y la de los gubernistas. Según los prime¬ 
ros, una fuerza compuesta de unos 200 hombres de caba¬ 
llería y unos 100 infantes se acercaron a la fortaleza la 
noche del 28 de Noviembre, armados de escaleras y demás 
útiles para el asalto. Desmontaron las caballerías y per¬ 
manecieron ocultos hasta el amanecer, — la hora de la 
alarma y de las preocupaciones en los ejércitos patrio- 


(9) — “Organización Defensiva de la Plaza de Montevideo, durante 
la Guerra Grande”, del autor. — Montevideo, 1932. 



— 112 — 


tas — v agazapándose con todas las precauciones con¬ 
venientes, marcharon sigilosamente hasta la expresada 
fortaleza, colocando las escaleras en varios jmntos y pe¬ 
netrando resueltamente en su interior. 

El Jefe de la Fortaleza, para poner a salvo su res¬ 
ponsabilidad en carta que envió al Dr. José Pedro Ra¬ 
mírez, publicada en Montevideo, al día siguiente de este 
suceso, decía que la guardia de servicio esa noche estaba 
en connivencia con el enemigo y que los centinelas habían 
permitido colocar las escaleras sin dar la voz de alarma, 
sin dejar por esto de reconocer la superioridad de la 
fuerza atacadora, el arrojo y aptitudes del Batallón de 
Catalanes para esta clase de empresas. 

Los diarios del Gobierno se hicieron eco de una ver¬ 
sión según la cual los asaltantes entraron por el portón 
que se encontraba abierto. 

Lo cierto es que la Fortaleza se tomó por sorpresa 
por primera y única vez, desde que existe, y que ella que¬ 
dó en poder de los revolucionarios hasta que se levantó el 
sitio de Montevideo. (10) 

En la noche del 27 de Enero de 1885, el Presidente 
de la República Tte. General Máximo Santos, realizó, con 
fuerzas de las tres armas que contaba Montevideo, un 
simulacro de ataque a la Fortaleza del Cerro. 

Llegadas las tropas cerca de unos 1300 metros de la 
Fortaleza se iniciaron los preparativos para el ataque. 

Recién entonces el centinela de la Fortaleza notó la 
presencia de las fuerzas, e hizo la señal de alarma, que 
consistía en un disparo de fuego. 

La Fortaleza, que estaba bajo las órdenes del Co¬ 
mandante Ginori, contaba con una dotación de 165 hom¬ 
bres y 21 piezas de artillería, se preparó para resistir la 
agresión. 

Después de una hora de intenso bombardeo por am¬ 
bas partes, las fuerzas del Cuartel General se retiraron 
en perfecto orden y comenzó la ejecución de fortifica¬ 
ciones. 


(10) — Abdón Arosteguv. — Tomo T. ‘“Historia de la Revolución 
de 1870". 




Apunte del natural del pintor Horacio Berta. 











— 113 — 


En las primeras horas de la madrugada se reinició el 
ataque, en forma violenta y decisiva, por medio de las 
fuerzas del Cuartel General, siendo contestado en igual 
forma por la fuerza de la Fortaleza, la que durante una 
tregua de varias horas había tenido tiempo de organizar 
su plan de defensa. 

El fuego se prolongó hasta el alba. Las fuerzas, des¬ 
pués de un pequeño descanso volvieron a sus cuarteles, 
siendo felicitados los Jefes, Oficiales y soldados por la 
forma en que se había efectuado el simulacro. Felizmen¬ 
te no hubo que lamentar desgracias personales, pues las 
balas empleadas por las fuerzas atacantes habían sido 
preparadas al efecto; no así las de la Fortaleza cuyas 
fuerzas, tomadas de sorpresa, creyeron se trataba de un 
ataque real. 

Dos versiones hemos recogido a propósito del simu¬ 
lacro del 85; según unos, el Comandante Ginori no tenía 
conocimiento de su realización, de ahí la causa de su sor¬ 
presa; según otros, el Jefe de la Fortaleza sabía, por bo¬ 
ca del mismo General Máximo Santos, de la próxima eje¬ 
cución del ataque simulado; pero no tenía conocimiento 
del día y hora en que había de realizarse. 

Sólo así se explica la actitud asumida por el Jefe de 
la Fortaleza en tal emergencia, la que hubiera ocasionado 
desgracias lamentables, a no haberse aclarado oportuna¬ 
mente la situación. 







CAPITULO VI 




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enda del \derro 


La tradición oral y escrita, en prosa y en verso lia 
trasmitido de generación en generación, el recuerdo de 
acontecimientos ocurridos en la Fortaleza del Cerro que la 
imaginación popular lia magnificado unas veces, desfigu¬ 
rado otras, apartándose en todos los casos de la verdad 
para dar origen a verdaderas leyendas. 

Es creencia muy generalizada que la Fortaleza fué 
construida a fines del siglo XVIII, para defender la ciu¬ 
dad de Montevideo de los portugueses; que sus cañones 
vomitaron fuego y plomo, contra los opresores de la 
Patria y derrotaron en cruentas batallas a los osados que 
se pusieron á su alcance. 

El poeta Francisco Acuña de Figueroa, autor de la 
letra de nuestro Himno Nacional, testigo ocular, a larga 
distancia, de los primeros ataques llevados contra la For¬ 
taleza del Cerro, durante los sitios de los años 1811 al 
1814, ya que él se encontraba dentro de las murallas de 
las fortificaciones de la Plaza exageró la importancia y 
capacidad activa de esta obra de arte militar, no sabemos 
si con el propósito de elogiar el poderío de los realistas 
— con quienes estaba, — o de poner en evidencia el arro¬ 
jo, denuedo y valor de los patriotas, — con quienes estu- 



— 118 — 


vo después, — para atreverse a hostilizar tan poderoso 
baluarte. (1) 

Se lia asegurado que la Fortaleza tiene una salida 
subterránea y secreta la cual, en caso de sitio, permitió 
comunicar, según unos, con el mar y, según otros, con el 
Polvorín del Estado ubicado a un kilómetro próxima¬ 
mente al Nordeste. 

No lia faltado quien ha creído encontrar las huellas de 
este subterráneo golpeando en el suelo, en la falda del 
Cerro, en lugares que sonaban a hueco, todo lo cual no 
pasa de ser fantasía. 

Hoy ya pocos creen en tan misterioso subterráneo. 

Otros, en cambio, describen los horrores de las maz 
morras de la Fortaleza; el sacrificio de infelices prisione¬ 
ros condenados al suplicio de las infectas prisiones sub¬ 
terráneas; la exhibición de hombres decapitados en los 
masteleros de la Fortaleza; de cadáveres insepultos y de 
esqueletos humanos hallados en sus mazmorras, sujetos 
aún por los grilletes y esposas de sus verdugos. .. (2). 

En todas las antiguas fortificaciones españolas había 
siempre alguna garita, situada en paraje expuesto a vien¬ 
tos fríos o que tenía otras causas de grandes molestias 
para los centinelas que la ocupaban, los que, no explicán¬ 
dose en la mayoría de los casos el origen de estos hechos, 
los atribuían a causas sobrenaturales. 

De ahí la denominación que en lenguaje vulgar se les 
dió de garitas del Diablo. 

La Fortaleza del Cerro tiene también su garita del 
diablo y ella es, si no estoy mal informado, la situada en 
el ángulo Noroeste. 

A esta garita endiablada se le atribuían además de 
los vientos, ruidos, y movimientos, otros fenómenos, 
tales como aparición de espectros, quejidos de almas en 


(1) — Véase Francisco Acuña de Figueroa, "Diario Histórico”, To¬ 
mo I, Pág. 57, Montevideo, 1890. 

(2) — La leyenda respecto de los restos humanos tiene, sin duda, ori¬ 
gen en un hecho cierto. En Mayo de 1866, las lluvias descubrieron, en el la¬ 
do Norte como a veinte varas de distancia del muro externo de la Fortaleza, 
cinco esqueletos humanos que se supuso fueran de algunas victimas de nues¬ 
tras guerras civiles. 



— 119 — 


pena, y otros que sólo el recordarlos en las noches de 
guardia llenaba de asombro y de terror no sólo a los sol¬ 
dados novicios, sino también a los veteranos que llevaban 
ya algunos años de servicio en la guarnición. 

Sería muy largo detallar en este capítulo todas las 
incidencias que se dice ocurrían noche a noche en la ga¬ 
rita del diablo. Centinelas que aparecían desarmados; 
otros relevados sin intervención de la guardia y que aban¬ 
donaban el puesto despavoridos negándose a permanecer 
un momento más en la garita. Los relatos son muchos 
y del mismo estilo que los expuestos, los que bastan para 
dar una idea de cuál habría de ser el comentario obligado 
de los soldados de guardia en las noches oscuras y frías 
de invierno, en que la Fortaleza es castigada fuertemente 
por los vientos que, a la altura en que se encuentra, pro¬ 
ducen un ruido impresionante. 

La leyenda tiene también su parte cómica derivada 
de las anécdotas y cuentos que con fundamento se atri¬ 
buyen a un Jefe que fué Comandante de la Fortaleza en 
el año 1858: Pascual Díaz Pascualón, nuestro Monchau- 
sen, que adquirió notoriedad, por sus graciosas ocurren¬ 
cias, inventivas v habilidad no igualada para referir¬ 
las. (3) 

Los hombres de otras generaciones no hablaban de 
la Fortaleza del Cerro, sin traer a colación recuerdos de 
su famoso Jefe, y las fábulas y fantasías que acerca de 
ella creara su imaginación. 


(3) — Sobre Pascual Díaz, véase la obra de Wáshington P. Bermúdez 
intitulada ‘‘Baturrillo Uruguayo”. — A manera de aportación biográfica 
transcribimos seguidamente un certificado de sus servicios expedido en 1835 
por el Gral. Manuel Oribe D.n Manuel Orive Brig.er Gral. Presid.te de 
la República Oriental del Uruguay. 

Certifico: q.e el cap.n de cab.a de línea D.n Pascual Díaz se presentó 
voluntariamente al Serv.o de las armas el día 4 de Ocbre. de 1827 proced.te 
del Ejército del Perú, y empezó sus servicios en dha clase en el Esc.n de 
Usares del Norte que se formó en el Departamento de Paisandú a la orden 
del ex coronel D.n Manuel Lavalleja p.r disposición Sup.or del Exmo Sor. 
Gral. en Gefe del Ejército Nacional, abonándosele la antigüedad desde el 
1 de Marzo del aüo 1825 p.r ser en tiempo de grra contra el Imperio del 
Brasil, y ha permanecido. hasta el presente en el servicio desempeñado va¬ 
rias comisiones a satisfacción del Gob.no y p.a constancia le doi la presente 
en Montev.o a 26 de Mzo. de 1825. — Manuel Oribe”. — (Archivo del Es¬ 
tado Mayor del Ejército, Montevideo). 




Detalle de 


una garita 


de la 


Fortaleza 


Lámina XI.— 








CAPITULO VII 



Ya liemos visto, en el capítulo referente a los prime¬ 
ros proyectos de fortificación, que sólo al Virrey del Pe¬ 
rú, se le ocurrió, en 1744, que debía levantarse una Forta¬ 
leza en la cumbre del Cerro. 

Los Ingenieros militares en todas las épocas que se 
ocuparon de la defensa del Puerto de Montevideo, pro¬ 
yectaron obras en la falda del Cerro, desechando siempre 
los casos de la posición de la cumbre por considerarla 
inconveniente. 

Fueron los Ingenieros militares del Virreinato del 
Tiío de la Plata, los que en 1795 se opusieron a que se 
levantara ninguna obra de fortificación en la cumbre del 
Cerro, porque dada la distancia a que éste se hallaba el 
fuerte que sobre él habría de levantarse no podría pres¬ 
tar ninguna utilidad para la defensa de la Plaza. 

Y todos ellos estaban conformes en que si se quería 
defender desde este punto la entrada al Puerto de Mon¬ 
tevideo, era necesario levantar una poderosa batería en 
la Costa del Cerro, en una punta que se internara en la 
bahía y desde la cual se pudieran cruzar sus fuegos con 
el Fuerte de San José. 

Luego fné la Junta de Guerra reunida en Buenos Ai- 



— 124 — 


res, <m 1810 la que consideró que la Fortaleza del Cerro 
no llenaría la finalidad para la cual fuera construida, y, 
por su parte, la otra Junta de Guerra reunida en Mon¬ 
tevideo a raíz de la Batalla de las Piedras, se opuso a 
que se reforzara la guarnición de la Fortaleza o que se 
retiraran los cañones allí existentes, por entender que 
ella no prestaría utilidad para la defensa de la Plaza. 

La Fortaleza del Cerro, técnicamente considerada 
respondió a las necesidades de la época; sus muros eran 
lo suficientemente sólidos para oponerse al poder des¬ 
tructor de la artillería lisa de a vanear; pero, de nada vale 
la fortificación desde el punto de vista técnico (acoraza¬ 
mientos, artillería, guarniciones, etc.) si no lia cumplido 
su objeto principal: cerrar el paso al enemigo en un punto 
de pasaje obligado. 

En Julio de 1793, quince años antes de empezarse la 
construcción del Fuerte del Cerro, el Brigadier de Inge¬ 
nieros Don Bernardo Lecoq, cuya capacidad técnica mi¬ 
litar fué puesta de manifiesto en sus innumerables y va¬ 
liosas obras realizadas en el Río de la Plata, proyectó para 
defender la entrada del Puerto de Montevideo, una bate¬ 
ría para 8 cañones de a 24 y 2 morteros con un fortín 
atronerado, que debía colocarse en la falda del Cerro. 

En la misma Junta realizada en 1810, se habían pre¬ 
sentado proyectos para levantar baterías en las puntas 
del Puerto, con el fin de atender su defensa, en sustitu¬ 
ción de la Fortaleza del Cerro, las que también fueron 
desestimadas por las razones ya expuestas. 

Las obras de fortificación no se colocan en el terreno 
en forma arbitraria, como se hacía en la antigüedad, sino 
que, su emplazamiento responde a necesidades tácticas y 
esta posición debe ser elegida en forma tal, que el ene¬ 
migo se vea obligado a atacar las obras de defensa antes 
de avanzar. 

Se levantan para cerrar el paso al enemigo en un 
punto conveniente de su línea de invasión, las cuales se 
confunden generalmente con las de tránsito comercial, 
(grandes caminos, carreteras, cursos de agua, etc.). 



— 125 — 


Así se justifica el emplazamiento de los fuertes ele 
!San Miguel y Santa Teresa. 

Se construyen por razones de orden político; integri¬ 
dad de las grandes capitales; sede de Gobierno; — Pa- 
tís — ciudades de alto significado histórico — Verdún — 
o de valor económico, moral fuerte de recursos, etc. A 
esas causas responden las fortificaciones de Montevideo 
v Colonia. 

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Y se levantan también para defensa de costas en lu¬ 
gares de acceso — puertos — o pasajes obligados — ca¬ 
nales. — Justifican esta necesidad las baterías levantadas 
en Punta del Este, cruzando sus fuegos con las empla¬ 
zadas en la Isla Gorriti y éstas a su vez cruzándolas con 
la otra batería construida en la costa de Maldonado 
— Playa de las Delicias — para batir la entrada de los 
dos canales de acceso al Puerto de Maldonado. 

Igual finalidad llevan en Montevideo el Fuerte de 
San José, al batir el canal de entrada al Puerto, y obsta¬ 
culizar la entrada al mismo por el cruzamiento de sus 
fuegos con la Fortaleza de la Isla de Ratas, obras cuya 
construcción se terminó antes cpie la Fortaleza del Cerro. 

Pero, como esta última fortificación no podía cum¬ 
plir ninguna de las misiones apuntadas, y contrariaba 
fundamentalmente los principios de la fortificación, su 
deficiencia de orden táctico se destaca clara y teminante- 
mente. 

Digamos por qué: los técnicos de aquella época, es¬ 
tablecían que las baterías debían colocarse en pendiente 
de un 5 ojo para evitar ángulos muertos y cpie las baterías 
emplazadas pudieran batir sus laderas; la tolerancia 
máxima permitida nunca sería mayor de un 7 o|o y las 
colocadas en el Cerro violaban principios fundamentales 
de balística, con una pendiente superior a un 10 ojo. 

La artillería de plaza más usada entre nosotros y las 
que liemos encontrado en sus distintas épocas de la For¬ 
taleza del Cerro, era de 18 y 24; es decir, cañones cpie 
arrojaban bala esférica de un peso igual a 18 o 24 libras 
francesas. 



— 126 — 


El cañón de a 24 era el que daba los mejores alcances; 
para punto en blanco tiro directo 900 varas; para 6 gra¬ 
dos de elevación máxima tiro indirecto: 2400 varas. 

Entre los principios fundamentales contenidos en las 
antiguas obras de artillería se establecía que tirando 
sobre tropa los tiros no eran sensibles sino de 1000 a 1200 
varas abajo, pues pasada esa distancia los tiros eran in¬ 
ciertos y el ojo más ejercitado no podía apreciar los efec¬ 
tos; pero, para abrir brechas, arruinar defensas o tirar 
de rebote, — caso muy usual en el agua — era necesario 
tirar a menor distancia aún para poder obtener resulta¬ 
dos satisfactorios. 

La distancia de este fuerte aislado, — ya que no po¬ 
demos considerarlo como fuerte destacado de la Plaza 
de Montevideo, porque no podía recibir el apoyo de sus 
fuegos, tropas y aprovisionamientos; — a la costa, en di¬ 
rección a la bahía, es de 1.400 metros aproximadamente 
— 1675 varas — y la distancia al centro de la bahía es, 
aproximadamente, de 2.350 metros — 2811 varas. 

Así podemos apreciar fácilmente, que la gran distan¬ 
cia a que se encontraba el fuerte de la costa y el poco al¬ 
cance de sus cañones hacía desaparecer su eficacia activa. 

¿Significa esto, acaso, que su importancia militar fué 
nula ? 

No liemos querido afirmar tal cosa. La Fortaleza 
del ('erro tuvo su relativa importancia militar; pero, eso 
sí, podemos afirmar, que ella no se aproxima a lo que pu¬ 
do haber sido, ni mucho menos la que se le atribuye a 
través de nuestra historia. 

Como castillo, situado en lugar escarpado natural del 
terreno puesto al abrigo de las máquinas de guerra, de 
la zapa v de la mina no temiendo más que un ataque cer¬ 
cano — dado que la artillería no podía arrojar sus proyec¬ 
tiles a gran altura — estaba en condiciones de defender 
con eficacia su refugio, objeto fundamental de su reducida 
misión. 

Y, a semejanza de los castillos feudales, no tuvo un 
carácter de defensa nacional, ya que perseguía solamente 
mi estrecho objetivo: defender el recinto de la Fortaleza 



— 127 — 


y servir de base para la concentración de fuerzas, como 
ocurrió durante la Guerra Grande. 

Su primera misión fue proteger la farola, de gran 
importancia para la navegación y comercio del Río de la 
Plata, admitiendo, además, convertir la Fortaleza en un 
verdadero Atalaya, que le permitía registrar, amplia¬ 
mente, toda la campaña y el mar. 

Ese Atalaya, verdadero elemento de Guerra — pues¬ 
to que facilitó el servicio de comunicaciones — empleóse 
para descubrir movimientos o la aproximación de los 
enemigos a la Plaza de Montevideo y tuvo el carácter de 
una estación de telegrafía óptica, reuniendo, además, la 
ventaja de poder construir un observatorio elevad’o en 
■terrenos cubiertos. 

La Fortaleza perdió su poca importancia militar hace 
ya mucho tiempo. En un proyecto de defensa de nuestras 
costas, estudiado por técnicos extranjeros, liará 25 años, 
se sustituía el fuerte por una cúpula de acero acorazada 
a eclípse que apenas sobresalía como un casquete en la 
cumbre del Cerro. 

La telegrafía óptica, usada por los vigías desde el 
comienzo de su instalación para trasmitir sus novedades, 
desapareció con el funcionamiento de los teléfonos. 

La última guarnición militar de la Fortaleza, com¬ 
puesta de un oficial y 10 artilleros, fué retirada a media¬ 
dos del año 1930, lo cual impidió que pudiera saludar a 
los buques de guerra extranjeros que, en ocasión de las 
fiestas de nuestro Centenario nos trajeron el saludo de 
sus respectivos países, honores que fueron hechos por la 
batería de saludos del Arsenal de Marina, construida al 
efecto para reemplazar a la que hasta entonces funciona¬ 
ba en la Fortaleza. 

La vigía también ha desaparecido; sus servicios, in¬ 
dispensables en otras épocas, los suple hoy la vigía ins¬ 
talada en el Palacio Salvo y la que se instaló con aparatos 
modernos en la torre del nuevo edificio de la Aduana. 

El mismo faro si mañana dejara de irradiar luz 
— valga la opinión de personas autorizadas — no perju¬ 
dicaría a la navegación del Río de la Plata, estando como 



— 128 — 


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tas y canales perfectamente referidos con 
por medio de boyas luminosas respectiva- 
■e de los faros-radios de reciente instalación 
Existentes en Islas y pontones de dicho Río. 

Hoy desguarnecida y deteriorada, erigida en monu¬ 
mento histórico para servir de asiento al Museo Militar, 
creado por laudable iniciativa de nuestro ilustre y pro¬ 
gresista compatriota, el Dr. Alejandro Gallinal, la vieja 
Fortaleza espera cpie los técnicos encargados de ella, 
vuelvan sus líneas rectificadas, a la realidad colonial y 
restauren sus muros, que son testigos de nuestra historia. 

Esta es, en resumen, la historia de nuestro Cerro; tal 
la ejecutoria de nobleza de nuestro centinela avanzado en 
el Plata, cuya silueta, recortada en el espacio entrevé el 
viajero que llega, a poco de navegar en el estuario, como 
el símbolo de una patria libre, y de una tierra amiga. 




LÁMINA XII 


Vista de la Fortaleza y sus alrededores 
tomadas desde avión 





Fascimil del manuscrito conservado en Sevilla, copia del autógrafo de 1520, publicadcen < Etimos de Montevideo , 1932, 

por el Dr. Buenaventura Caviglia (h) 




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Nota de los buques particulares que han varado haciendo derrota para este Puerto de Montevideo. — Año 1802 







































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JLaininas 


I._EL CERRO DE MONTEVIDEO, MAGNI¬ 
FICADO POR LA IMAGINACION DE 

LOS MISIONEROS DEL “DUFF” . 

II.— DELINEACION HORIZONTAL EN QUE 
SE MANIFIESTA LA OBRA QUE SE IN¬ 
TENTABA CONSTRUIR EN EL CERRO 

DE MíONTEVIDEO . 

III.—DELINEACION HORIZONTAL EN QUE 
SE MANIFIESTA LA DISTRIBUCION 
DEL CASTILLO QUE SE CONSTRUYO 
EN EL CERRO DE MONTEVIDEO . 


frente a la pág. 8 


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32 


IV.—DOS CORTES DE LA FORTALEZA CO¬ 
LONIAL . 


40 


V.—DOS FRENTES DE LA FORTALEZA CO¬ 
LONIAL . 


48 


VI. —LA FAROLA DE 1852 - 1907 .. 

VII. —EL ACTUAL FARO CONSTRUIDO EN 

1907 . 


64 

80 


VIII—VISTA DE LA FORTALEZA TOMADA 

HACE MEDIO SIGLO . 

IX.—VISTA TOMADA EN LA ACTUALIDAD 
DESDE EL INTERIOR DEL PORTON DE 
LA FORTALEZA . 

X.—APUNTE DEL NATURAL DEL PINTOR 
HORACIO BERTA. 1932 . 

XI. —DETALLE DE UNA GARITA DE LA FOR¬ 

TALEZA . 

XII. —VISTA DE LA FORTALEZA Y SUS AL¬ 

REDEDORES TOMADAS DESDE AVION 


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CAPITULO I 


EL CERRO.— 

Situación. — Aspecto geográfico geológico. — Descubrimiento. 
— Sus distintas denominaciones. — Etimología de Montevi¬ 
deo. —; Su significado histórico. —■ El escudo portugués escul¬ 
pido en una peña del Cerro. — La cruz en la cumbre del Cerro. 

—Fenómeno de espejismo observado en 1708 por el padre 
Louis Feulleé. — Relato de los misioneros del “Duff”. — Be¬ 
lleza y exhuberancia de la vegetación del Cerro. — Hermoso 
y dilatado panorama que se puede apreciar desde la cumbre del 
Cerro. — Cerro grande de Montevideo. — El Cerro el mejor 
punto de reconocimiento del puerto de Montevideo. — Fun¬ 
dación de la Villa del Cerro. — Proyecto de un parque público 
en la cumbre del Cerro. — El Cerro punto de atracción del 
turismo . 


CAPITULO II 


EL FUERTE. — 

Primeros proyectos de fortificación en el Cerro. — Elección de 
emplazamiento. — Ejecución de la obra. —r Modificaciones, am¬ 
pliaciones y reparaciones. — Artillería. — Saludos a la plaza 
de Montevideo, salvas, disparos de ordenanzas y honores mili¬ 
tares. — El escudo de armas de la Ciudad de Montevideo. — 
Prisión. — Lazareto. — Fortaleza “General Artigas”. — Ob¬ 
servatorio astronómico (proyecto) . 





— IV — 


CAPITULO III 

Pég. 

LA LINTERNA, FAROLA Y EL FARO. — 

El primer faro del Río de la Plata, su instalación y costo. — Cuán¬ 
do se libró al servicio público. —■ Transformaciones que sufrió 
la linterna colonial y su destrucción, durante la Guerra Grande. 

La Farola de 1852 y el Faro de 1907. — Antecedentes histó¬ 
ricos . 75 


CAPITULO IV 

VIGIAS Y TELEGRAFOS. — 

Misión de las vigías. — La primer vigía en la cumbre del Cerro. 

— Su relevo. —r Elementos e instalaciones, de que disponía. — 
Utilización de los vigías con fines militares. —■ Telegrafía óp¬ 
tica. — Su utilización por los españoles. — Funcionamiento del 
telégrafo en la Guerra Grande y en épocas posteriores. — Sus¬ 
titución de la telegrafía óptica por los teléfonos. — Las últi¬ 
mas vigías del Cerro. .... 93 


CAPITULO V 

HECHOS DE ARMAS. — 

Sus primeros fuegos fueron dirigidos contra las fuerzas patrio¬ 
tas. — Refuerzo de la guarnición del Cerro. — Hostilidades de 
los patriotas. — La misión asignada a esta fortaleza. — Inter¬ 
vención de la fortaleza en el combate naval realizado frente 
a Montevideo entre Brown y la escuadra realista. — Asalto 
y toma a la Isla de Ratas. — Posesión de la fortaleza del Ce¬ 
rro por el general Alvear. — Combate del Cerro el 6 de Fe¬ 
brero de 1826. — Pedido de neutralización del Cerro durante 
la Guerra Grande. — Asalto a la Fortaleza del Cerro y des¬ 
trucción de la farola el 6 de Junio de 1843. — Otros combates 
en las inmediaciones del Cerro. — Toma de la fortaleza por los 
revolucionarios en 1870. — Simulacro de ataque a la fortaleza 101 





— V — 


CAPITULO VI 

Páff. 


LA LEYENDA DEL CERRO. — 

La tradición oral y escrita. — Las salidas subterráneas de la for¬ 


taleza. — Las mazmorras. — La garita del diablo. — La par¬ 
te cómica de la leyenda . 117 


CAPITULO VII 

CONCLUSIONES. — 

Sobre emplazamiento de la fortaleza. — Opiniones al respecto de 
los técnicos de la época. —- Consideraciones de orden técnico 


y táctico. — f Misión de las obras de fortificación. — Defi¬ 
ciencia de la obra. — Relativa importancia militar de la for¬ 
taleza. — Destino actual del fuerte . 123- 


APENDICE 

Nota de los buques particulares que han naufragado, haciendo derrota 
para este Puerto de Montevideo desde el 14 de Abril de 1786 al 
9 de M]arzo de 1802. — Nota de los buques particulares que han 
varado haciendo derrota para este Puerto de Montevideo desde el 
11 de Agosto de 1792 al 2 de Julio de 1802. — Reproducción fas- 
cimilar del diario de Francisco de Albo — 1520. 131